viernes, 19 de diciembre de 2008

YOLANDA


Yolanda miraba extasiada la corpulenta espalda del entrenador de fútbol del pequeño Noa; ella, y todas las madres que se congregaban en las gradas del colegio mientras sus peques pasaban la hora correteando tras la pelota.
- ¡Qué bueno está!- comentaba elevando las arqueadas cejas para abrir más los vivarachos ojos.
- Ya te digo- afirmó Estela a su derecha- y que voz tiene.
- Ufff, a mi me tiene loquita- aseguró Alejandra a su izquierda.
Iván seguía ajeno a sus miradas dirigiendo a los pequeños emuladores de Raúl y Ronaldiño.
- Noa, marcando, tienes que marcar a Alex. ¡A ver, esa defensa!
Su voz grave, rota, excitaba hasta la última célula de las mamis treinteañeras que no se perdían ni uno solo de los entrenamientos de su prole.
- ¡Noa, los cordones!. Átatelos.- el partido se interrumpió un momento. El pequeño miró a su madre, pidiendo socorro.
- ¡Mamáaaa!
Yolanda acudió presurosa en su ayuda y se agachó a atarle los cordones a su hijo bajo la mirada atenta de Iván. Se miró el escote. Desde donde él estaba seguro que podía verle hasta el ombligo. Elevó la vista un momento y... corroboró su sospecha, los profundos ojos negros del entrenador estaban fijos en su voluptuoso canalillo. Una sonrisa pícara y un: “ya están atados, Noa” mientras la sonrisa le era devuelta por los gruesos labios de Iván.
“Ay Dios, se me van a mojar las bragas de gusto”- pensó Yolanda, mientras sentía la mirada del entrenador recorriendo su espalda, se giró antes de sentarse con sus amigas y se encontró con aquella semisonrisa y aquella mirada profunda que recorría sus nalgas y sus piernas.
- Anda que, menudo repaso te ha echado con la mirada, nena- comentó Estela.
- ¡¡Me muero!!- dijo Yolanda.
- Está para comérselo.
Durante el partido Alex resbaló y cayó al suelo, haciéndose un rasguño en la rodilla. Alejandra, su madre, se levantó de la grada, pero Iván fue hacia él y con mucho cuidado lo tomó en brazos y lo llevó hasta la fuente para curarle la heridita. Las tres amigas se quedaron embobadas...
- ¡Qué tiernooo!!- susurró Alejandra- yo quiero que me coja en brazos.
- Pues... como no te caigas...- dedujo Yolanda.
Por fin acabó el improvisado partido y con él la hora de entreno de los niños. Estaban a mediados de Mayo y el calor era ya veraniego. Iván se quitó la camiseta y se dirigió a los vestuarios. Las tres amigas pudieron admirar la perfección de sus pectorales, ligeramente brillantes por el sudor, sus abdominales bien marcados... Al pasar al lado del grupo de madres que estaban recogiendo a los pequeños no pudo menos que sonreír y dedicarles un: “bueno, hasta el sábado- y dirigiéndose a Alex- ya no te duele ¿verdad campeón?”
- Pues.. no sé si podré jugar Ivan, creo que me he lesionado- argumentó muy serio el pequeño.
- Por supuesto que iremos- intervino rápida Alejandra- eso no es nada Alex, mañana ya estará curado.
- ¿Dónde jugamos el sábado, Ivan?- preguntó Yolanda.
- Pues contra el colegio del Mar, en Salou. Bueno, os dejo que me voy a pegar una ducha antes de irme.
Y con la camiseta sobre el hombro y los mechones de pelo ligeramente revueltos a lo “garçon terrible”, desapareció dentro de las instalaciones seguido atentamente por la mirada de las mamás que recorrían su amplia y musculosa espalda intentando grabarla en su mente.
- Mmmm como me gustaría ver como se ducha. – Yolanda imaginó ese cuerpo, enjabonado, el agua cayendo sobre su pecho, sus glúteos... - ¡¡Uff, de vicio nena, de vicio!!.
- Anda que se te cae la baba.
- Venga Noa, coge la mochilla que nos vamos- ordenó Yolanda sin dejar de mirar hacia los vestuarios del colegio.
- Jo, mami, déjame jugar un ratito más... ¡¡Porfa!!
- No, que es tarde, además me estoy haciendo pis.
- Pues ahí dentro hay water mami.- dijo Noa señalando los vestuarios.
- Pero Noa, ¿cómo voy a entrar ahí?
Sin embargo, una mirada picara se dibujó en su semblante. De todos modos, los lavabos del colegio ya estaban cerrados, tan sólo podía utilizar los de los vestuarios de los chavales. Alejandra y Estela la miraron, sus niños ya se habían ido a jugar también.
- ¿No te atreverás?- dedujo Estela.
- Jajaja, sí que se atreverá- observó Alejandra.- Anda entra a ver si le ves y luego nos lo cuentas.
Yolanda miró hacia ambos lados, los niños jugaban con la pelota ajenos a su indecisión. Y dando media vuelta se dirigió hacia los vestuarios.
- Es que... me estoy meando...- se excusó abriendo los brazos y elevando los hombros.
- Jajaja, anda, anda, que te esperamos.

El ruido del agua de una de las duchas, le hizo saber exactamente dónde se estaba duchando el joven entrenador. Yolanda entró en uno de los servicios para desahogar su vejiga. Luego se levantó, se bajó la falda... y salió sigilosa... Las duchas estaban al final del pasillo, despacio, siguiendo el sonido del agua se fue acercando... y se quedó parada, medio escondida tras la puerta que daba a las duchas, desde allí podía ver perfectamente la espalda y las nalgas de Iván, mientras el agua recorría aquellos músculos perfectos y bronceados. El joven se acariciaba el cuerpo con una esponja mientras el agua caía sobre él, se dio la vuelta mostrando un falo enorme y... en ese momento en erección, pasó su mano por él una y otra vez. Yolanda giró sobre si misma rápidamente, para que no la viese, tan rápidamente que resbaló con el agua mojada que había en el suelo y cayó de culo.
- ¡Ah!.
El joven sobresaltado salió de la ducha y abrió la puerta. Yolanda creyó morirse al verle allí, mirándola, desnudo, mientras ella seguía como petrificada en el suelo, con la falda levantada y... el tacón del zapato roto.
- ¿Qué haces aquí? ¿te has hecho daño?. – indiferente a su desnudez el muchacho se afanó por ayudarla a levantarse.
- Es que me estaba haciendo pis y como la polla que da a los lavabos del... digo.. la puerta del colegio de los baños..., perdona.
Iván se echó a reír ante la atónita mirada de Yolanda que no podía apartarla de su miembro. Pasó su mano por el tobillo de la muchacha.
- ¿Te duele?
- Un poco- murmuró Yolanda, excitadísima con el contacto de la piel del joven sobre su pierna.
Iván subió la mano despacio por su pantorrilla y la miró a los ojos.
- Y ¿ahora?- preguntó sin dejar de mirarla.
Yolanda abrió las piernas y echó la cabeza hacia atrás exhalando un suspiro y arqueó la espalda.
- Ahhh, un poco menos.
La mano de Iván se deslizaba ahora por sus muslos calientes.
- Y.. ¿ahora?- sus dedos rozaban ya el diminuto tanga de Yolanda y lo arrastraban dejando al descubierto su vulva húmeda, inflamada...
Iván le pasó un brazo por debajo de los hombros, la levantó del suelo y casi en volandas la llevó a las duchas cerrando la puerta tras él. Yolanda enlazó sus piernas en la cintura del muchacho y su boca buscó la de él, aquellos labios gruesos y calientes con los que tanto había fantaseado. Le mordió la barbilla, el cuello, la boca, ardiendo en deseo. Iván la apoyó contra la fría pared de azulejos y bajó por su escote para liberar los pechos, voluptuosos, exuberantes, pasó su lengua de uno a otro, succionó sus pezones erizados, vibrantes, hasta hacerla gemir de placer. Yolanda enlazó sus brazos alrededor de su cuello para morder sus hombros al sentir el falo enorme del muchacho buscando adentrarse en su gruta húmeda, rebosante de flujo. Yolanda sintió la fuerza de toda la pasión del muchacho, sobre su clítoris, una vez, otra vez, resbalando sobre su vientre, bajando, hasta su vulva sin decidirse a entrar.
- Sigue... sigue...- murmuró.
Y su enorme verga la penetró violentamente, irrumpiendo una y otra vez, con fuerza, empujándola contra la fría pared de azulejos. Luego la bajó al suelo y levantándole la falda la volteó colocándola contra la pared. Sus manos agarraron sus caderas y volvió a penetrarla desde detrás, sus labios apartaron su cabello hacia un lado y la mordió en el cuello, mientras sus manos apretaban sus pechos y pellizcaban sus pezones.
Una mano bajó por su vientre hasta su clítoris para estimularlo con ligeros circulitos. Yolanda jadeaba, se pegaba a él, a su pecho mojado, se deshacía de placer entre sus fuertes brazos, hasta que un intenso orgasmo la hizo gritar y arquearse hasta casi desvanecerse. Iván la siguió acariciando ahora lentamente moviendo su pene más despacio, para deslizarlo entre sus glúteos y eyacular entre ellos. La besó en el cuello. Yolanda se dio la vuelta, él la tomó por la cintura y la siguió besando en los labios, en el cuello, en el pecho, en los pezones... La miró y apartándole el pelo le murmuró al oido...
- Creo que... te he mojado un poco...
- No importa- contestó Yolanda sonriendo- ya se secará...
Emitido por radio en el programa Calents y contents, en ona cat fm el 29 de enero de 2009:http://www.ona-fm.cat/calents.asp : Blocaire calenta: Rebeca 29.1.09)

martes, 16 de diciembre de 2008

28 de octubre


En el silencio de la oscuridad de la noche, interrumpido apenas por el sonido lánguido del maullar de un gato, resuena sobre la acera mojada el taconeo de unos pasos que caminan deprisa. De vez en cuando se detienen y escuchan... parece como si esperasen, o temiesen algo o a alguien. Luego continúan, indecisos, vuelven a pararse y escuchan de nuevo. Apenas puede percibirlo pero está ahí, el sonido de otros pasos que la siguen. Rápidamente gira en una esquina y se esconde en la entrada de un viejo edificio cuya puerta está entreabierta.
Su corazón late con fuerza, deprisa, desbocado. Se queda quieta tras el portalón, completamente a oscuras, callada, intentando casi no respirar. Escucha. La lluvia ha empezado a caer de nuevo, sigilosa, tenue. Un chapoteo en un charco delata la presencia de alguien. Contiene la respiración, tapándose la mano con la boca. Escucha de nuevo atentamente, sí, unas pisadas, tal vez con zapatos de suela de goma, que no hacen ruido, pero al pisar el agua sobre la acera emiten un chasquido audible. Está ahí, tras la puerta. Se detiene. Reanuda la marcha. Se aleja.
Selina se apoya en la pared y respira profundamente, un sudor frío recorre su cuerpo, despacio se desliza hasta el suelo, se agacha, cogiéndose las piernas con los brazos y escondiendo la cabeza entre ellas. Se queda así, incapaz de salir de su escondite, acurrucada sobre el frío suelo. Tal vez sea mejor esperar a que pasen las pocas horas que quedan hasta que amanezca. Sus pupilas se han dilatado y ahora, con el débil haz de la luz de las farolas que entra por el resquicio de la puerta, puede vislumbrar una escalinata de mármol tras ella. Mira hacia la puerta y duda entre volver a salir o quedarse allí. De repente la puerta se abre y un hombre penetra en la estancia, enciende la luz y se dirige hacia las escaleras. Selina ni se mueve, pero... como intuyendo su presencia el hombre mira hacia atrás y la ve allí, acurrucada en el suelo, mirándole con aquellos ojos amedrentados y violáceos. El hombre se detiene y queda por unos momentos sin saber qué hacer ni qué decir.
- ¿Qué hace ahí? ¿Se ha dejado las llaves? ¿Vive aquí?- se dirige hacia ella y le extiende la mano- Ande, levántese que va a coger frío.
Selina se incorpora y mira al hombre de constitución fuerte que retiene su mano, intrigado por su presencia.
- Sí, me he dejado las llaves- miente -, vivo en el último piso.
- No la había visto nunca.
- Me he mudado hace poco. Cuando amanezca iré a casa de una amiga que tiene una copia de mis llaves.
- Bueno, pues, si quiere puedo ofrecerle una taza de café en mi casa.- Fran se pasa la mano por los cabellos y la mira, es una mujer elegante, esbelta y parece tan frágil y asustada... ¿De dónde vendrá a estas horas? Probablemente de alguna fiesta. Su mirada la recorre, lleva un vestido violeta, a juego con el color de sus ojos, de escote en pico, entallado hasta la rodilla, zapatos de tacón negros, medias, y el pelo rubio recogido en un moño a lo Grace Kelly. Ciertamente es muy atractiva. Seguramente debe tener su misma edad, treinta y tantos. Selina duda mirándole, no parece mala persona pero nunca se fía de los desconocidos. Sin embargo su mirada transmite confianza y seguridad.
- Me llamo Fran... Francisco de la Torre, y vivo en el primer piso.- estrecha su mano que todavía sigue entre las suyas, intentando tranquilizarla.
- Yo Selina... Selina Guzmán, encantada. Sí, bueno, acepto ese café.
Fran sonríe y empieza a subir las escaleras seguido por ella. No suele invitar a casa a desconocidas pero... ¡se la ve tan desvalida! Selina le observa en silencio, pantalón azul marino, camisa azul celeste, cabello castaño...
- Adelante - invita pasando directamente a tutearla, al tiempo que enciende la luz y se hace a un lado.
Selina duda todavía, ¿qué hace ella entrando en casa de un desconocido?. Inesperadamente retrocede y corre escaleras abajo, sin detenerse, escuchando la voz del hombre a su espalda.
- Oye, no tengas miedo, no te vayas.
Pero sale a la calle y vuelve a caminar por la acera desierta, cubierta por la lluvia que cae ahora con más fuerza. Dos manzanas más y estará en casa. A salvo. Tendría que haber tomado un taxi, pero el incidente en la fiesta ha sido tan inesperado que ha optado por marcharse a casa y desaparecer de allí lo más rápido posible. De todos modos tal vez él sepa dónde vive y la esté esperando. Alguno de los asistentes a la fiesta puede habérselo dicho. Se para al llegar a su calle. No hay nadie fuera. Camina ahora más despacio y saca las llaves del bolso para abrir el portal. El corazón le vuelve a latir deprisa. Sube los peldaños. Una mano la sujeta del brazo cuando está a punto de abrir la puerta del ascensor. Se gira y le ve allí, el periodista que la ha increpado en la fiesta de la presentación de su libro.
- ¿Qué es lo que quiere?- le pregunta mirándole a los ojos, mostrando un valor que no tiene y zafándose de su mano.
- Ya se lo he dicho, no tenía ningún derecho a escribir sobre cuestiones políticas que no le conciernen. Hay todo un complot detrás de todo eso. Se va a meter en un lío.
- Ese es mi problema y no el suyo.
- Si la he seguido es para decirle que corre peligro. ¿Podemos hablar en su casa?- habla en voz baja, y vuelve a acercarse a ella que da un paso hacia atrás.
- Pues me ha dado un susto de muerte, cómo se le ocurre seguirme sin decirme nada.
- No quería que nadie supiera que había hablado con usted. Ya le digo que hay gente muy importante detrás de todo ese asunto que usted ha tocado en su novela, no sé de dónde ha sacado tanta información, pero...
- Todo ha sido imaginado, suposiciones, nadie me ha contado nada.
- Pues ha acertado de pleno. Sólo le falta poner el verdadero nombre a los protagonistas. Aunque probablemente piensen que usted lo sabe o que tiene más información de la que relata en su libro.
Selina duda unos instantes pero acepta que el periodista la acompañe a su casa, tiene el presentimiento de que no le esta mintiendo y tal vez se lleve una desagradable sorpresa al entrar.
Al meter la llave en la cerradura se da cuenta enseguida de que algo falla, cuesta de encajarla.
- ¿Qué pasa?- pregunta Sergio-, la han forzado ¿verdad?.
- Eso parece- afirma mirándole.
- Déjeme a mí.
Sergio toma la llave y la introduce en la cerradura, encajándola con un golpe seco hasta hacerla girar. Empuja la puerta lentamente. Con la mano busca el interruptor y enciende la luz. Al iluminar la estancia se dan cuenta de que, efectivamente, alguien ha entrado allí. Todo está revuelto, los libros y documentos de la estantería tirados sobre el sofá, los cajones abiertos y volcados sobre el suelo, la cama deshecha...
-¡Por Dios!. ¿Qué han hecho con mi casa?.- exclama Selina dirigiéndose al teléfono- Hay que llamar a la policía.
Sergio la mira, cierra la puerta y la coge del brazo impidiendo que llegue a marcar.
- A ver, ¿qué vas a hacer? ¿no ves que la policía también está detrás de todo este asunto?
Selina se da cuenta de su cambio de actitud, ha pasado directamente a tutearla y a tratarla con aire protector. Apartando los libros, se sienta en el sofá y respira profundamente. Abatida y desconcertada no acierta a comprender qué está pasando. Es sólo una novela, sus deducciones sobre el atentado. No tiene ninguna de las pruebas a las que hace alusión en su relato.
- Deberías irte a casa de algún amigo, un familiar, no sé, no puedes quedarte aquí.- aconseja Sergio - Si piensan que tienes pruebas las buscarán, y si no las encuentran...
- ¿Crees que corro peligro?- Selina le mira asustada.
- Sí, lo creo ¿no tienes dónde ir?.
- Hace sólo dos meses que estoy en la capital, el piso es alquilado. No tengo amigos aquí, ni familiares. Tan sólo los compañeros del trabajo pero apenas los conozco para pedirles que me acojan en su casa. Y no puedo marcharme, tengo que ir al instituto el lunes, ésta es mi segunda novela, yo no me dedico a esto, tengo mi trabajo de profesora.
Sergio la mira y le coge la mano.
- Mira, todo lo que cuentas en la novela de manera imaginaria, sobre ese atentado que tiene lugar en esa ciudad y todo lo que has escrito sobre la vinculación y el complot que se cierne contra el presidente para que pierda las elecciones, todo eso ha sucedido y es cierto, y si dices que tienes las grabaciones de las conversaciones entre los terroristas y el actual presidente pues... está claro que tu vida corre peligro, el servicio de inteligencia seguramente estará detrás de todo esto, incluso el presidente y, contra eso, no sé qué puedes hacer.
- Nadie puede tomar en serio una novela- Selina intenta no darle importancia al asunto.
- Entonces ¿quién ha entrado aquí, y qué buscaban? Mira a ver si se han llevado las joyas o el dinero.
Selina se levanta y va al dormitorio. Claro que ella no tiene joyas, algún juego de pendientes, un collar de perlas, un colgante con un buhito de oro que le regaló Alejandro y... poco más. Se dirige al armario y se cambia de ropa. Los tacones la están matando.
- ¿Cómo se te ocurrió escribir sobre ese asunto del atentado?- pregunta Sergio desde la sala- ¿Cómo llegaste a esas conclusiones?
- Verás- Selina aparece de nuevo vestida con unas zapatillas de deporte, unos vaqueros desgastados y un jersey azul eléctrico. Con el cabello suelto tiene un aire de colegiala en su último curso. Se sienta a su lado- yo tenía un profesor que decía que si queremos saber quien es el autor de unos hechos tenemos que buscar la persona que se beneficia de los mismos. Y entonces empecé a imaginar, a deducir y... bueno, ya has leído la novela.
- Pues diste en el clavo. En mi periódico estamos al tanto de todo, lo que pasa es que si no hay pruebas no se puede incriminar a nadie, no podemos publicar algo así basándolo en suposiciones.
- Mira, me voy a quedar en casa, no creo que vuelvan, si no han encontrado pruebas igual se dan por vencidos y no vuelven.
- No sé, no me quedo tranquilo. Podrías venir a mi casa
- No, no te preocupes.
Sergio se levanta y va hacia la puerta. Le da su tarjeta.
- No dudes en llamarme si pasa algo.
- De acuerdo- Selina le mira sonriendo y coge la tarjeta.
Ha pasado todo el domingo ordenando la casa. ¡Qué cosas le pasan!. A pesar de lo aconsejado por el periodista, sigue pensando que debería haber llamado a la policía.
Después de pasar una noche en vela, sobresaltada con cualquier pequeño ruido, es de nuevo lunes, un lunes cualquiera, sin embargo cuando sale a la calle todo a su alrededor es como una amenaza. Ha cerrado dos veces con llave y ha quedado con el cerrajero por la tarde para que le ponga una nueva cerradura. Baja las escaleras del metro con prisa, mirando a su alrededor. Se siente observada. Piensa que es mejor tranquilizarse y no volverse paranoica.
Puertas que se abren. Gente que baja. Gente que sube. A esta hora no hay manera de encontrar un sitio libre. Se coge a la barra para no perder el equilibrio. Un hombre la mira, está delante. Ella desvía la vista hacia la derecha. Otro hombre la observa desde un asiento contiguo. Una parada. Puertas que se abren de nuevo. Más gente que entra. Empieza a sentir calor. Le cuesta respirar. Los dos hombres siguen observándola fijamente. Mira hacia la ventanilla y ve sus miradas reflejadas en el cristal. Su corazón empieza a latir aceleradamente. Está acorralada. Se gira hacia atrás y ve a otro hombre detrás, a su espalda, que fija sus ojos en los suyos. Cuatro paradas más y habrá llegado. Otra parada. Más gente, más apretujones, el hombre que estaba frente a ella se ha ido desplazando y está situado ahora a pocos pasos. Otra parada. Más gente. Más apretujones. El hombre se sigue acercando y la sigue mirando. Sonríe. Está frente a ella y se coge a la barra poniendo su mano al lado de la suya. Las puertas se abren, se cierran. Más apretujones. El hombre está pegado a ella. No puede separarse de él. Hay demasiada gente, imposible evitar el contacto. Siente su calor.
Un sudor frío la recorre. Alza los ojos y ve los de él.
- ¿No me recuerdas?- le pregunta el hombre, sonriendo, poniendo su mano sobre la de ella- ¿recuperaste la llave?. ¿No te acuerdas? La noche del sábado, estabas en la escalera...
- Sí, es cierto No le había reconocido- Selina respira profundamente.
- Por favor, tutéame.- Desvía la vista hacia el exterior- Me bajo en la siguiente parada.
- Yo también.
Las puertas se abren de nuevo. Selina baja, detrás de Fran. Mira hacia atrás, la mirada de los otros dos hombres la siguen; uno de ellos, el que estaba sentado a su derecha, ha bajado también.
- ¿Tienes mucha prisa? Te invito a un café.
Selina mira el reloj. Tiene tiempo, justo media hora antes de la primera clase. Por lo menos no está sola. Con un hombre a su lado se siente, de alguna manera, protegida.
- De acuerdo. Gracias.
Al salir de nuevo a la calle, el aire fresco de principios de otoño le da en la cara. Respira más tranquila. Le resulta agradable ese hombre que la trata con familiaridad. Por primera vez le sonríe. Mira hacia atrás. Ni rastro del otro hombre.
- ¿De verdad vives en el último piso? No te he visto nunca- Fran interrumpe sus pensamientos mientras la guía hacia una bulliciosa cafetería.
Selina recapacita. ¿Le cuenta la verdad?
- No, no vivo en tu edificio. La verdad es que estaba asustada porque pensé que alguien me seguía. Se me ocurrió decir que sí, que vivía allí.
- Ya me parecía.
Buscan un sitio en la barra. Fran le sigue hablando de dónde trabaja, mientras pide dos cafés con leche. Selina no le escucha, acaba de ver al hombre del tren, el que ha bajado tras ellos, reflejado en el espejo que hay tras el mostrador. Está a la derecha, al final de la barra. Sus ojos se encuentran con los de él, que desvía la mirada hacia el periódico que descansa sobre el mármol. No quiere quedarse sola.
- ¿Podemos quedar luego para comer? Te invito.
Fran parece desconcertado ante la inesperada proposición de aquella mujer tan tímida y reservada. Sin embargo acepta.
Selina, sólo intenta ganar tiempo para pensar. ¿Quién será ese hombre que la mira de reojo al final de la barra? Fran está pagando las consumiciones y la toma por la cintura al salir.
- Yo trabajo para las televisiones autonómicas, en ese edificio de enfrente. A las dos te paso a buscar.
Entre clase y clase Selina llama a Sergio y le cuenta lo sucedido, describiéndole al hombre que la ha seguido: De mediana edad, cuarenta y tantos, pelo castaño claro, barba recortada, ojos verdes, sobre metro ochenta, atlético... El periodista toma nota de las características del individuo para buscarlo en sus ficheros.
Durante la comida Selina le cuenta a Fran el lió en el que se ha metido, el argumento de su novela, todo lo que le ha sucedido desde la fiesta de su presentación. Fran, asombrado, la escucha en silencio.
- Tengo los vídeos de las noticias de las diferentes cadenas de televisión el día ese del atentado en los grandes almacenes, el 28 de octubre. Quizás podamos encontrar algo. Si no tienes nada que hacer esta tarde podemos verlos en mi casa.
- Sí, de acuerdo.
Tras los cristales del restaurante, la gente pasa caminando deprisa. El corazón de Selina da un vuelco. El hombre de la barba está allí, en uno de los coches aparcados en batería. Está intentando disimular leyendo el periódico. Se lo muestra a Fran y deciden marcharse apresuradamente por la puerta de atrás del restaurante.
Mientras ven los vídeos, grabados por las cámaras de seguridad, sentados en el sofá, Selina vuelve a llamar a Sergio para saber si tiene alguna novedad.
- No tengo nada- le contesta el periodista- probablemente sea alguien del servicio secreto, que te está vigilando. Dime dónde estás que voy para allá.
Le da la dirección y vuelve a sentarse con Fran.
- Le he dicho que estamos viendo los vídeos de las cámaras de seguridad, enseguida viene, nos puede ser de gran ayuda.
- Mira ese hombre- apunta Fran después de un rato de ver imágenes tras imágenes de gente asustada, huyendo despavorida - no corre cogiéndose a la barandilla de las escaleras mecánicas como los demás, lleva algo en las manos, como un mando a distancia...podría ser un detonador. Espera que paro la imagen.
- ¡Es Sergio!- exclama Selina levantándose del sofá.
- ¿Sergio? ¿El periodista?.- Fran amplía la imagen.- No, ese no es periodista, si no me equivoco es un terrorista.
- ¿Un terrorista?- Selina siente un sudor frío recorrerle el cuerpo.- ¡Dios le he dado esta dirección! Tenemos que marcharnos.
Fran se asoma a la ventana. Un coche acaba de aparcar frente al edificio. Selina, tras él, ve al hombre que sale del mismo.
- Es Sergio. Tenemos que irnos.
Fran la toma de la mano y va hacia la terraza. Una escalera de caracol les conduce a la azotea.
- Estamos rodeados de edificios. Podremos saltar a los tejados de los edificios colindantes.- aclara mientras sigue corriendo por la terraza sin soltarla.
Selina no pregunta nada. El miedo la hace obedecer ciegamente a ese hombre que parece que sabe lo que tiene que hacer y a dónde va. Han llegado al final, un salto y estarán en el tejado del otro edificio. Fran la suelta, salta. Sólo medio metro. Selina le sigue. El la ayuda cogiéndola por las caderas. Vuelven a correr por la terraza buscando la puerta de acceso. Está cerrada.
- Vamos al otro bloque de pisos. Ya encontraremos alguna puerta abierta.
Otro salto, esta vez más alto, al edificio de al lado. Escuchan un ruido y se detienen. Una mujer está tendiendo la ropa. Probablemente haya dejado la puerta abierta. Sigilosamente, aprovechando que la mujer les da la espalda y tapada por las sábanas que está tendiendo, llegan a la puerta y bajan por la escalera. Toman el ascensor. Selina está jadeando, su corazón late cada vez más deprisa. Mira a Fran que está pulsando el botón del ascensor, a la planta baja.
- ¿Y ahora qué hacemos?.- le pregunta con un hilo de voz- No podemos volver a mi casa, ni a la tuya. Tampoco podemos ir a la policía. ¿Qué hacemos?
- Ya encontraremos una salida. No te preocupes.
Salen del edificio. Fran mira hacia los lados. No parece haber nadie. La toma de la mano. Selina camina asustada, como una niña, de la mano de su padre. Ha oscurecido, y todavía no se han encendido las luces de las farolas. Una voz a sus espaldas les hace detenerse.
- ¡Quietos!. ¡No os mováis!.
Selina se gira, el hombre de la barba está ahí detrás, amenazándoles con una pistola. ¡Están perdidos!. Otra voz conocida a su derecha.
- Está bien Fran,- es Sergio- creo que la toma valdrá. ¡Corten!
Y dos hombres con pequeñas cámaras aparecen de entre la oscuridad de la noche.