miércoles, 9 de septiembre de 2020

LA MIRADA DEL HOMBRE DEL CUADRO.

Alicia se detuvo, súbitamente, delante del escaparate de la galería de arte. Pasaba todas las mañanas camino del trabajo, pero hoy había un cuadro nuevo que le había llamado la atención. Fue sólo un instante pero la mirada del hombre plasmada en el lienzo parecía decirle algo, como si telepáticamente quisiese transmitirle un mensaje. Era un hombre joven, moreno, de ojos verdosos, muy serio, que la observaba fijamente desde el otro lado del cristal.

El latido de su corazón se aceleró, y como impreso en fuego Alicia visualizó perfectamente unas palabras en su mente: "LA MALDICION DE LA DIOSA". ¿La maldición de la diosa? Alicia meneó la cabeza, qué cosas se le ocurrían, ¿cómo iba a querer decirle nada una mirada?. Pero cuando volvió a pasar por la tarde el cuadro ya no estaba.

Entró en la galería para saber quien había pintado aquel cuadro.

—No hemos puesto ningún cuadro nuevo esta mañana —le contestó la dependienta— en el escaparate está el mismo desde hace una semana, el de los girasoles. ¿quieres ver alguno en especial?

—Pero... si estaba ahí, era el retrato de un hombre joven, moreno... 

La dependienta la miró sorprendida y tras unos instantes de vacilación arguyó...

—Lo habrás imaginado, no recuerdo haber tenido nada parecido.

Alicia salió de la galería, perpleja. No era propensa a tener alucinaciones, ni a imaginar cosas que no eran reales, hasta que...

—Venga, tira el ramo...

Alicia, situada entre las ocho amigas solteras de la novia gritaba eufórica. No le gustaban las bodas, ni ver como sus amigas iban encontrando pareja mientras ella seguía soñando con el  hombre de su vida...

La novia tiró el ramo hacia atrás con fuerza, cayendo justo entre sus manos.

Pero... ¿¿qué era aquello? ¿qué había caído en sus manos?? No era el ramo de azahar, era... una manzana dorada, con una inscripción.. intentó descifrarlo:  “para... la ... más.. bella” Alicia miró atónita la manzana mientras sus amigas la rodeaban.

—Anda, qué bien, te ha tocado el ramo —celebraba Rosa— el año que viene tenemos otra boda.

Alicia levantó la mirada a su amiga y volvió la vista de nuevo a... sí, era el ramo azahar de la novia.

—Rosa... ¿no has visto la manzana?


—¿Qué manzana? ¿qué dices?

—Me estoy volviendo loca —¿¿qué le estaba pasando??— tenía... tenía una manzana dorada en las manos, no el ramo...


—Chiquilla, ¿qué dices de manzana? Ni que fueras Blancanieves...

Y de nuevo volvió a recordar la mirada del hombre del cuadro.  Cerró los ojos y volvió a ver la manzana dorada, que había tenido en sus manos... arrojada por... una mujer... era.. otra boda... y unas voces llamándola... “Eris”.

—¿Te encuentras bien? A ver si te han dado algo con la bebida —Rosa miraba preocupada a su amiga que se había puesto blanca como el papel.


—Estoy teniendo alucinaciones, Rosa, desde hace... una semana...


—¿Cómo alucinaciones??

Carmen, con su bebé,  se acercó a ellas a ver qué les pasaba con el ramo.

—Ooh, ¡qué ricura! —exclamó Alicia— ¡qué grande está ya! —por un momento se olvidó de su alucinación— ¿qué tiempo tiene?

—Seis meses. ¡¡Qué bonito ramo!! eso es que por fin vas a conocer al hombre de tu vida.

—Pues si dice que ha visto una manzana —volvió Rosa sobre el asunto— esta muchacha está flipando en colores... cuéntanos qué te ha pasado con eso de las alucinaciones...

—Es algo muy extraño, ocurrió un día después de mi cumpleaños, al ir al trabajo.... 

Rosa y Carmen escucharon con atención a su amiga, mientras el bebé palmoteaba la cara de su madre.

La novia se les acercó, con una copa de champagne en la mano. Vestía un traje blanco, ceñido a la cintura, muy vaporoso, cruzado en diagonal por una especie de túnica, con escote asimétrico. La melena, larga y rizada, sujeta con una diadema caía como una cascada dorada sobre sus hombros.

—Estás preciosa, chiquilla —admiró Rosa— pareces una diosa griega.

—¿Os estáis divirtiendo? —preguntó Elena, la novia— Está bien este recinto, ¿verdad? Han acondicionado la masía para celebrar banquetes

Alicia se la quedó mirando sin verla, sus neuronas enlazaban información de una a otra, en conexiones rápidas y aceleradas, capturando imágenes de recuerdos que no había vivido. Se acercó a Elena y tocó la fina tela de su vestido. Cogió con la mano uno de los pliegues de la falda y se lo llevó a la cara. Ese tacto, esa suavidad... ella había llevado vestidos como ese...

Sus amigas la observaron.

—Está flipando otra vez —dedujo Rosa, preocupada— ¿le habéis puesto algo a los aperitivos?

Alicia meneó la cabeza y murmuró...

—Yo he llevado vestidos como éste... —se llevó las manos a la cara y se tapó los ojos,  y... de nuevo... la mirada del hombre del cuadro, acercándose a ella, y deslizando las manos sobre sus hombros haciendo que el vestido se deslizase por ellos para caer al suelo, un vestido...  como el de la novia.

—Anda, ve al lavabo y échate agua en la cara, a ver si te despejas —Rosa tiró de su amiga hacia el interior del restaurante que estaba ubicado dentro de la masía.

Atravesaron el comedor, dispuesto en mesas redondas, con los cubiertos ya preparados para al cena, y llegaron hasta los servicios.

Alicia dejó correr el agua del grifo y se mojó la frente, pero...  al mirarse en el espejo, se vio completamente desnuda, sumergida en una bañera de piedra, mientras un  hombre...  el hombre del cuadro... le echaba agua con una esponja y le enjabonaba la espalda. Nunca había sentido nada igual, tanta ternura, tanto cariño, aquel hombre... la amaba... la miraba a los ojos, la acariciaba, enredaba los dedos en sus cabellos... se vio con las manos apoyadas en sus fuertes pectorales mientras le hacía el amor. Cómo sus brazos, protectores, la abrazaban, la envolvían, entre sabanas de finas telas, en una cama con dintel, del que colgaban lujosos cortinajes. Su imagen perlada en sudor, bajo su cuerpo desnudo...  aquel hombre era..  era... su marido...

—Muchacha, ¿has visto un fantasma? —la interrogó Rosa, al ver su cara— te has quedado pálida, tu no estás bien. Anda, vamos al restaurante que ya van a poner la cena.
 
—Rosa, he visto a mi marido —Alicia, con los ojos muy abiertos, alucinada, se apoyó en su amiga, la cogió del brazo y se dejó llevar  hasta la mesa— me he visto en otra vida, ¡¡tenía un marido!!.
 
—No, si yo también he debido de tener marido en otra vida, porque lo que es en esta... no lo cato, se me va a pasar el arroz. ¡¡Ay hija,  primero la manzana, luego el principe... ya te digo... solo te faltan los enanitos y la bruja mala...!!

Alicia se distrajo, durante la cena, charlando con los comensales con los que compartía la mesa. Rosa, a su  lado, no paraba de reír y de contar anécdotas de sus aventuras y desventuras. De vez en cuando la mirada de Alicia desconectaba de la realidad, para adentrarse en un déjà vu frenético... la algarabía, los camareros yendo y viniendo con los platos, el vestido de Elena, la novia... ¡¡el nombre de Elena, que inexplicablemente le causaba desazón, provocadora de tragedia, de muerte...!! Alicia sintió erizársele el vello, y un escalofrío la recorrió desde la cabeza hasta la última célula de sus pies.

 La luna llena iluminaba el jardín y la música invitaba a bailar, en una pequeña pista cubierta de guirnaldas de colores...

—¡¡Venga, Blancanieves, vamos a bailar!! —animó Rosa con una copa en la mano— ¡¡la noche es joven!!

Pero Alicia no se sentía muy bien, se arrellanó en uno de los cómodos sillones que bordeaban la pista, con el vaso de gin-tonic entre los dedos, y paseó la mirada por los jardines de la masía, necesitaba saber más de lo que le estaba ocurriendo, miró la palidez de la luna, buscando una respuesta y recostando la cabeza en el mullido cabecero, cerró los ojos. Como si estuviera esperando ese momento, la mirada del hombre del cuadro inundó su mente,  se marchaba, se separaba de ella, algo se rompía en su interior... Alicia sintió latir muy fuerte su corazón  y un dolor inmenso la paralizó, un dolor de muerte, de tragedia, muerte por todas partes, fuego y muerte.

Súbitamente abrió los ojos asustada. Un joven se había sentado a su lado.

—¿Te encuentras bien?
 
—Si, si, no es nada —Alicia tomó un sorbo del vaso y sonrió al muchacho.
 
—¿Eres pariente de la novia o del novio?
 
—Amiga de la novia...
 
—Ah, si, la que ha cogido el ramo. Yo soy amigo del novio. Alejandro, me llamo Alejandro —y se acercó para darle dos besos en ambas mejillas.
 
—Yo, Alicia —se presentó correspondiendo a su saludo— encantada.

Carmen se acercó a ellos con el bebé dormido en brazos.

—Aguántamelo un momento, Alicia, que voy al baño. Nos vamos a ir ya.
 
—Sí, tranquila, no te preocupes —contestó extendiendo los brazos para coger al niño.
 
—Enseguida vengo.

Alicia estrechó entre sus brazos al niño, la cabecita del bebé se removió y buscó refugio en su cuello rodeándola con el bracito. La muchacha se estremeció al sentir el corazón del bebé latir sobre su pecho. Y se vió corriendo con otro bebé en brazos... el suyo... un pasadizo secreto, húmedo, oscuro, de paredes de piedra. Corría a gran velocidad. “Escóndete”, le había dicho el hombre del cuadro, “si te cogen te harán su esclava, tienes que esconderte con nuestro hijo y las demás mujeres”

—¡¡Aliciaaaa!! —Rosa le estaba gritando— ¿¿ a dónde vas con el niño, corriendo como una loca?? ¿hay fuego?... esta mujer está peor por momentos...

 Alicia reaccionó, mirando alrededor. Sin darse cuenta se había quedado mirando embelesada al chico que estaba sentado a su lado, se había  levantado y había echado a correr con el bebé en brazos hacia la masía.

Carmen salía en ese momento del interior y casi tropieza con ella, se sorprendió al verla tan pálida con el bebé en brazos.

—¿Le pasa algo al niño?

Alicia no sabía qué contestar... miró a Carmen y a Rosa que se acercaban hasta ella.

—¿Otra vez estás con tus historias de otras vidas? Ahora, ¿quién eras? ¿Cenicienta, que salía corriendo a las doce con el zapato de cristal colgando?

—¿ Por qué no os venís a casa y nos tomamos una infusión?- propuso Carmen rescatando presurosa al bebé, de los brazos trémulos de Alicia- A ver si te relajas y nos cuentas qué te pasa.

—Si, si, es una buena idea —contestó Alicia.

—Eso, y le echas las cartas, o le lees la mano, a ver de dónde le viene todo ese tinglado que tiene montado en su mente, ¡¡la virgen!!. —Rosa se cogió del brazo de Carmen y la  interpeló— por cierto que aquello que me dijiste de que iba a aparecer el hombre de mi vida, vestido de uniforme, nada de nada... el único que ha aparecido es un guardia municipal de esos de tamaño grande para ponerme una multa... así que... ¡¡a ver si afinamos con las cartas... —con retintín— hermosa!!! 

 

Alicia se incorporó en el sofá, con la taza de té rojo entre las manos y miró interrogante a Carmen.

—Eso es que alguien quiere comunicarse contigo desde el más allá, pero... lo de la diosa... y la manzana...

—¿Cómo decías que llamaban a la que arrojó la manzana? —preguntó Rosa.

—Algo así como... Eris...

Carmen abrió el ordenador y buscó en google.

—Eris, diosa de la discordia... — continuó leyendo— aquí pone algo de una boda, que acudió sin ser invitada y, enfadada, arrojó una manzana dorada... —se vuelve a Alicia— esa debió ser la manzana que viste en tu alucinación.

—“para la más bella” ponía la manzana, —siguió Alicia, estupefacta,  no se podía creer que le estuviese pasando algo así...

—La arrojó entre las diosas Afrodita, Atenea y Hera  —prosiguió Carmen— fue Paris, príncipe de Troya, el que tuvo que elegir, ya que las tres reclamaban ser la más bella.

—¿Paris? ¿el tontaina que provocó la guerra de Troya? —preguntó Rosa—anda que... de Cenicienta y Blancanieves, nos vamos a la guerra de Troya... eso no puede ser, van a venir desde el más... pero mucho mucho más allá... pero si... ¿¿eso no era leyenda??

—No sé... sigue leyendo, Carmen.

—Sí, Afrodita tentó a Paris con Helena, la mujer de Menelao. Y Paris, al raptar a Helena provocó la guerra de Troya.

—¿Y el hombre del cuadro? ¿Quién es? ¿Paris? —Alicia negó con la cabeza— ¿quiere Paris comunicarse conmigo? Pero... ¿y el niño?

—Déjame leerte la mano.

Carmen cogió la mano derecha de Alicia y examinó su palma.

—Había mucha gente del más allá interesada en que tu nacieras, y que te protegieron cuando eras pequeña para que no te pasase nada malo.

—Eso son tonterías Carmen —repuso Rosa— no existe el más allá, sino el más acá, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, ¡¡de toda la vida!!

—Vamos a ver qué dicen las cartas.

Carmen cogió su vieja baraja del tarot y mezcló con pericia las cartas.

—Corta —ofreció a Alicia.

Alicia cortó la baraja por la mitad y Carmen volteó la carta para mirarla.

—El Juicio, significa que hay un renacer, algo nuevo va a llegar a tu vida.

Carmen continuó con la siguiente carta, debajo de la del Juicio.

—El Sol, la pareja, tenemos un renacer y la pareja, vas a encontrar a la pareja de tu vida, en un renacer... —y sacando otra carta— Los enamorados. Sí, el amor, la pareja.

—Mira qué bien —interrumpió Rosa— todas encontráis pareja menos yo, y el hombre con uniforme sin llegar..

—Vamos a ver.... —analizó Alicia— primero tenemos las alucinaciones de una vida en Troya... con una diosa, Eris..

—¿Has leído a Homero, hace poco? Tal vez tienes una imaginación desproporcionada y alucinas con lo que lees —dedujo Rosa.

—O tal vez...—profundizó Carmen— tu seas la reencarnación de alguien que vivió en Troya.

—Por eso tuve aquellas malas sensaciones cuando vi a Elena, precisamente Elena, vestida como una princesa griega, porque fue la que provocó toda la destrucción de Troya. Yo debía ser alguien de la realeza, casada, y con un bebé. Carmen, ¿y si hacemos una güija para comunicarnos con el hombre del cuadro? Para saber qué quiere decirme.

—¡¡Oh, vamos!!, sólo faltaba eso, una güija —exclamó Rosa— no juguéis con esas cosas que como se nos cuele un espíritu... verás tu, luego ya no te lo quitas de encima... eso es como Hacienda.. se te pegan...

Carmen y Alicia hicieron caso omiso a las advertencias de Rosa, prepararon la güija e invocaron al espíritu del hombre el cuadro, pero... nadie contestó, ningún espíritu se mostró.

—Qué raro, debería haber dicho algo, al menos quien es...—observó Carmen.

—Si está muerto... pero...  ¿y si está vivo? ¿ y si se ha reencarnado como yo? —conjeturó Alicia, entusiasmada.

—Y te está buscando...—siguió Carmen, pletórica— así tendrían sentido el renacer, la pareja, el amor... tu debiste ser su mujer en la otra vida, tuvisteis un bebé, y ahora él se ha reencarnado y... te está buscando, ¡¡por eso te envía señales!!

—Bueno, bueno —bromeó Rosa, sarcástica— lo que hay que escuchar, las dos flipando ya... —miró su taza de infusión— ¡¡no bebáis tanto té rojo!!  Anda, vámonos a dormir, y si tienes otra alucinación, no le hagas ni caso, ni nos despiertes.

—Quedaos a dormir aquí, tengo una habitación con dos camas, es muy tarde ya —ofreció Carmen.

 

 

 

Carlos pasó de nuevo por la galería donde la noche anterior había visto el cuadro de una mujer morena, de ojos verdes. Inexplicablemente se había colado en su mente y en sus sueños, donde había aparecido con un bebé en brazos,  “ten cuidado, Hector —le había dicho mientras le abrazaba y se despedía de él— te amo”.  Había estado toda la mañana sin poder apartarla de sus pensamientos y ahora, de pie frente al escaparate, no conseguía verlo. Entró impulsivamente, decidido, tenía que saber quién era aquella mujer, quién la había pintado.

—No, no entiendo —le dijo la galerista abriendo mucho los ojos— en el escaparate está el cuadro de los girasoles, no lo hemos cambiado en todo el mes. Es curioso que...

—¿Como que no? —la interrumpió Carlos— era un cuadro antiguo, con una mujer joven, morena, de ojos verdes...

—¿Esto es una broma? ¿una cámara oculta?

—¿Qué dice?.

—¡¡Que no es el día de los inocentes, ni el mes!! —y se alejó del mostrador malhumorada— pues estamos buenos con los cuadros invisibles...

—No entiendo...

Carlos salió de la galería desorientado y... sus ojos, alucinados, se toparon con la atónita mirada de una mujer morena que se acercaba caminando por la acera.

 

                                          FIN.

 

 

 

 

 

 

 

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domingo, 14 de enero de 2018

LA VIUDA NEGRA



                        


Elena sombreaba con el HB el dibujo de la araña, cogió el B para intensificarla, dejó el lápiz de grafito a un lado y tomó el pierre noire 3B, el más intenso para darle fuerza. A Sara le encantaría.
"¿No te da mal rollo tatuarte una viuda negra?"le había preguntado Elena.
Sara había contestado soltando una carcajada "Nooo, no me voy a quedar viuda tan pronto, mi marido está sano como un roble". ..
El tatuaje de la viuda negra destacaba en su cuello níveo, situado cerca de la yugular, por encima de la clavícula. Estaba realmente elegante con su vestido negro. pensó Elena. cuando la vio en el tanatorio.
-Ocho meses ha durado, Elena- exclamó Sara entre sollozos, al ver a su amiga.
Los mismos que patas tenía la araña, dedujo Elena. La mala suerte hizo que diagnosticaran a su marido de cáncer el mismo día que se tatuó el arácnido sobre el cuello.
Sara y Elena estaban tomando una cerveza en la cafetería de la esquina cuando llegó Laura.
-Hola chicas- saludó sentándose- ¿Os lo podéis creer? Le he planteado lo de la separación a mi marido y me ha dicho que él no se va de la casa, que si soy yo la que se quiere separar que me largue yo, y claro, con mi minisueldo a ver qué encuentro, porque dice que de vender la casa... ni de coña... -y dirigiéndose a la camarera- Otra cerveza, por favor.
-Buff- exclamó Elena- las separaciones, si son de mutuo acuerdo, bien, pero si no... búscate un buen abogado.
-¿Con mi sueldo?- Laura negó con la cabeza- imposible.
Sara lanzo a Elena una mirada interrogante, arqueó las cejas, y volviendo los ojos a Laura le preguntó.
-Y... ¿para un tatuaje?
-¿Tienes dinero para hacerte un tatuaje?- repitió Elena maliciosa.
                                     
                                               FIN


viernes, 12 de enero de 2018

"Pasión felina"



                             PASIÓN FELINA

El cabello leonado de la muchacha refulgía con el sol de la tarde. Sus pies descalzos apenas sentían ya el dolor por las pequeñas piedrecillas y las hierbas secas del suelo de la sabana. Tenía que correr, correr, correr. Sentía las zancadas del felino cada vez más cerca, más cerca.

El jeep en el que viajaba con sus compañeros había volcado ante la embestida de varios búfalos y tan sólo ella había conseguido salir de debajo antes de que se incendiara. Había perdido las botas y el vestido se había hecho jirones.

Su melena flotaba al viento, el calor era insoportable, las gotas de sudor perlaban su piel. Tenía que seguir corriendo aun sabiendo que en breve iba a ser devorada por el enorme león que la perseguía.

Estaba a punto de llegar hasta la sombra de un acacia tortilis, cuando sus fuerzas le fallaron y cayó todo lo larga que era sobre el suelo arcilloso. El corazón parecía querer salirse del pecho. El vestido blanco, sucio de polvo y rasgado, mojado por el sudor, se pegaba a su cuerpo transparentando su bronceada piel. 

Desirée se quedó quieta, exhausta. El león se detuvo al llegar hasta ella, sentía su aliento sobre sus pies, sobres sus piernas desnudas.  La muchacha cerró los ojos. La larga melena leonada le caía por los  hombros y descendía por su espalda hasta casi llegar a su cintura.  El león emitió un fuerte rugido y empezó a girar a su alrededor hasta que su cabeza estuvo frente a la de Desirée. La joven, con la cabeza apoyada en el suelo se atrevió a abrir los ojos, sin mover ni un sólo músculo de su cuerpo. No comprendía cómo no se había convertido ya en la cena del animal.

Unos ojos grandes, y claros, como la miel, la escrutaban, recorrían su cuerpo palmo a palmo. Desirée volvió a cerrarlos angustiada. "Está pensando por dónde empezar a comerme. Aunque... igual acaba de merendarse un búfalo y ya no tiene hambre"

El felino husmeó su cuerpo pasando la cabeza sobre su espalda. El pelaje de su melena fue rozando su piel. El león dio la vuelta y se colocó detrás de ella para lamerle los pies. Unos fuertes lametones.
"Ya se ha decidido, va a empezar por los pies" pensó Desirée, angustiada.
La lengua del animal continuó por sus piernas hasta llegar a sus glúteos. Empezó de nuevo a olisquearla. Desirée no sabía qué hacer, sentía el húmedo hocico del felino sobre sus muslos. Estaba temblando de pánico. Uno de los colmillos del león se enganchó en la tira de su tanga y al levantar la cabeza lo arrancó, dejando sus nalgas al aire.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó Desirée al sentir la húmeda lengua del animal deslizarse desde su vulva hasta su ano, una y otra vez— que este bicho me ha confundido con una leona en celo, joder, a ver qué hago... mejor me doy la vuelta...
Poco a poco fue girando las caderas bajo los lametones del felino que lubricaban su entrepierna levantando el vestido hasta la cintura. Por fin consiguió quedarse boca arriba y empezó a arrastrarse, reculando, para alejarse de él. El león se detuvo y alzó la cabeza para mirarla fijamente. Los ojos color arena mojada se posaron en los azules de ella.
Desirée alargó la mano hasta posarla sobre su hocico.
—Quieto, animalito, quieto —consiguió murmurar.
La fiera ladeó la cabeza y estiró la enorme zarpa hasta ella enganchando el vestido con la uña y rasgándolo. El pecho palpitante de la muchacha quedó al descubierto.
—¡Ah! —gritó asustada.
Se miró el escote, un pequeño arañazo en su piel había dejado un hilillo de sangre. Unió con ambas manos los jirones del vestido para tapar su desnudez. El león dio dos pasos colocándose a horcajadas sobre ella. La larga melena rozaba su pubis, su vientre, sus senos. De nuevo bajó la cabeza para pasar su hocico por su piel y lamerla desde la vulva hasta las aureolas de su pecho.
"Madre mía, pues no me está poniendo a cien, este bicho con sus lametones y sus roces. Esto me recuerda a la bella y la bestia, o a King Kong. ¡La virgen! Y ahora... ¿qué hago?"
Volvió a arrastrarse intentando llegar hasta el tronco de la acacia cuando de pronto, una serpiente se deslizó desde una de las ramas y zigzagueó sobre sus cabezas.

—¡Una mamba negra, joder! — exclamó Desirée que en un movimiento veloz se deslizó entre las patas del león— aquí estaré a salvo... de momento.
El felino alzó la cabeza. La serpiente abrió la boca exhibiendo la negrura de su garganta. Con una rapidez increible en dos zarpazos certeros el ofidio voló por los aires hasta aterrizar en unos matorrales lejanos.
Desirée observó boquiabierta la escena desde debajo de las fauces del león. "Uff, por los pelos" Despacito salió de debajo y consiguió incorporarse. Se arregló como pudo los jirones del polvoriento vestido y, de pronto, un rugido la obligó a agarrarse a la melena del león buscando protección. Un gran leopardo había aparecido ante ellos.
El león levantó la cabeza observándole fijamente con sus ojos color miel. El leopardo dio dos pasos lentos acercándose, parecían dos contendientes en el lejano oeste, midiendo sus fuerzas con aquella mirada color canela. La piel moteada del leopardo brillaba en tonos dorados con los últimos rayos de sol. De repente se detuvo y emitió un rugido. La muchacha se aferró con fuerza al cuello de la fiera y otro rugido descomunal, que retumbó en toda la sabana, salió de la garganta del león como respuesta.
—Eso, grita más fuerte, que tu eres el rey de la selva —animó Desirée que casi se queda sorda ante tal estruendo.
El leopardo metió el rabo entre las piernas, giró sobre si mismo reconociendo la superioridad del león y se alejó.
—¡Eres el mejor, se ha ido! —exclamó la muchacha abrazada a su melena.
Su mirada se dirigió aterrorizada al suelo. Dos escorpiones correteaban sigilosos en su dirección.
—¡Joder, joder, joder! —de un salto subió a lomos del felino— aquí una no está a salvo ni en el suelo.
Desirée se agarró fuertemente al cuello del león, sus brazos estaban casi ocultos por la melena del animal que se dejó cabalgar sin oponer resistencia. Dio un par de zancadas y enseguida se puso a correr, cada vez más deprisa. La muchacha, a horcajadas sobre él, se dejó llevar. Una sensación inefable de libertad salvaje la envolvió. Su larga melena leonada se confundía con la del felino y flotaba al viento. Escondió la cabeza en su cuello y escuchó el latido de su corazón, tan fuerte, tan vibrante. Podía sentir bajo su pecho cada milímetro de su  musculatura robusta y vigorosa moverse con precisión.  Con el vestido rasgado estaba piel con piel con el animal. El roce del pelaje con su pubis la excitaban enormemente. Su vientre cabalgaba a lomos de aquella fiera salvaje de la que escapaba hacía unos minutos y a la que ahora se aferraba para sobrevivir. Sus senos se dejaban caer sobre su espalda uniéndose a ella, notó la erección en sus pezones y le abrazó con más fuerza. Sus piernas hacían presión para no caerse. Empezaba a dolerle el roce del pelaje sobre su vulva pero era tal la excitación que sentía que no le importaba lo más mínimo. El sol se estaba poniendo en la sabana y la tierra tenía un tono anaranjado y cálido.
El león fue aminorando la marcha hasta detenerse al lado de una gruta excavada en la montaña. Agachó la cabeza y entró en ella, dio un par de vueltas y se tumbó en el suelo de piedra.

Desirée se quedó por unos momentos sin saber qué hacer, seguía a horcajadas sobre el león. Muy despacio deslizó una de sus piernas hacia el mismo lado que la otra y con un pequeño salto bajó al suelo. Sus pies desnudos notaron la humedad de la piedra. Allí dentro no hacía tanto calor. Fuera, tan solo la luna iluminaba la noche. Se acercó a la entrada de la gruta, el cielo tenía millones de estrellas pero una gran cantidad de sonidos extraños y amenazadores la hicieron volver hacia dentro. Sus ojos azules se clavaron en los de color miel del león, que emitió un débil rugido moviendo la cabeza.
La muchacha se mordió los labios. La luz de la luna iluminaba su figura, sus cabellos revueltos cayendo sobre los hombros, la curva de sus caderas casi desnudas, los senos voluptuosos entre los jirones del vestido roto, el vientre terso, el pubis rasurado y enrojecido. El león parecía contemplarla con deleite entornando los ojos. Poco a poco se acercó a él, estaba exhausta. Se acurrucó a su lado, ya no sentía miedo, necesitaba que la protegiese de tanto bicho y tantos peligros.
El león apoyó su zarpa sobre el pecho desnudo de la joven, el roce de su pelaje en su espalda y en sus nalgas la hizo vibrar de nuevo. ¿Cómo se sentiría una leona? Había visto tantos documentales sobre los leones...
El felino rozó su cabello con el hocico. Ella se giró hacia él y metió la mano en su melena.
"Ay, Dios, cuando cuente esto en la oficina no se lo van a creer, van a flipar en colores" pensó Desirée mientras estiraba los brazos hacia atrás, mostrando al león la turgencia y exuberancia de sus pechos. La zarpa del león bajó hasta sus caderas y su lengua empezó a lamerla tiernamente, despacio, una y otra vez. Sus pezones se erizaron de nuevo con la tibieza de su humedad, su vientre se arqueó. El león fue bajando hasta su vulva, su clítoris, endureciéndolo hasta límites insospechados, subiendo a raudales la pasión sexual en un torrente de flujo que se derramó en la entrepierna de la muchacha, llevando el éxtasis hasta su culminación. Un fuerte orgasmo la sacudió de los pies a la cabeza.
Desirée abrió los ojos arrobada y sonrío. Se incorporó quedando sentada y tomó entre sus manos la cabeza del león para mirarle a los ojos.
—¡Qué bello eres! Sólo me faltaba enamorarme de ti, a ver cómo hago para mandarte whatsapps o agregarte al facebook...
El león levantó las patas delanteras y bostezó abriendo tanto las fauces que la cabeza de la muchacha podría haber desaparecido de un sólo mordisco.
—Yo también tengo sueño —añadió la joven, tumbándose en el suelo y apoyando la cabeza en uno de sus brazos— lástima que... sin almohada, bueno una de tus zarpas tan mulliditas me servirá.
Pero el felino no parecía tener sueño, se levantó del suelo y rodeó a la muchacha, el aire de la cueva estaba impregnado de olor a sexo, de olor a hembra.
Desirée contuvo la respiración al sentir el cuerpo del león sobre ella rozando con el pelaje su espalda, las patas delanteras estiradas, colocadas a la altura de su cintura. Lo había visto muchas veces en los documentales cuando se apareaban. ¡Pero ahora la leona era ella!
Las fauces de la fiera agarraron entre sus colmillos la melena de la muchacha, mientras sus patas traseras se pegaban a sus nalgas. El corazón de la muchacha latía aceleradamente. Los penes de los felinos tienen unos pequeñas espinas de un milímetro que rozan al vagina de la hembra.
"¡Ay Dios, me va a hacer daño!" pensó rápidamente notando el falo del felino buscando y restregándose por su vulva "Esto si que no se lo van a creer mis amigas, pero... bueno... una experiencia más. A ver cómo se lo explico a  mi ginecólgo"
—¡Oooh, joder, joder, joder! — exclamó la muchacha al sentir la verga del macho penetrando en su vagina. Un placer brutal la envolvió abandonando su cuerpo al empuje de la bestia que se adentraba una vez, dos, con movimientos contundentes y fuertes. Estaba totalmente aprisionada entre sus patas, con la cabeza del felino sobre la suya agarrando y tirando de sus cabellos con las fauces y su vientre pegado a las nalgas transmitiendo los movimientos compulsivos del apareamiento, apretando y friccionando sus glúteos. El dolor que producían las pequeñas espinas de su pene presionando sobre las paredes de la vagina exacerbaban aún más la excitación, el placer bestial. Los testículos de la fiera golpeaban su clítoris inflamándolo.
El felino paró unos instantes para seguir con tres fuertes embestidas y soltar sus cabellos para rugir. El cuerpo de Desirée se contorsionó con un fuerte espasmo. Un sollozo de dolor y placer escapó de su garganta. Un orgasmo feroz y salvaje explotó en cada célula de su piel. El león empujó de nuevo y una sucesión de espasmos convulsionaron el cuerpo de la muchacha agitándolo en contracciones sin control hasta dejarla inconsciente.








Unos besos en el cuello y en la boca la hicieron volver en si.
—Me encanta llegar del trabajo y encontrarte echando la siesta en el sofá —escuchó susurrándole al oído.
Desirée entreabrió los ojos y ,asombrada, miró a Pablo, su novio, que estaba sobre ella.
—¿Y el león?
Pablo giró la cabeza hacia la tele y se echó a reír.
—Ja ja, ahí lo tienes. Siempre te quedas dormida con los documentales de la dos.
La muchacha volvió los ojos y... allí estaba su león, apareándose con una leona. Su mano se deslizó hasta su tanga, estaba totalmente empapada.
La mirada de Pablo se desvió hacia le entrepierna de la muchacha.
—¡Vaya , vaya! ¿qué escondes por aquí? —dijo metiendo la mano bajo el tanga y palpando la humedad— bueno, bueno, esto está diciendo ¡Cómeme!
La boca de Pablo se perdió entre los voluptuosos senos de la joven que asomaban por la blusa. La acabó de desabrochar y bajó con sus labios por su vientre, arrastrando el tanga piernas abajo con los dientes. Desirée se estiró en el sofá .
—Mmmm. —murmuró excitada,  metiendo los dedos en los mechones negros de su novio, mientras él succionaba sus erizados pezones.
Pablo se levantó, se quitó la ropa  y la dejó sobre la mesa, al lado de dos billetes de avión para Tanzania. Se tumbó sobre su novia y la penetró con pasión y vehemencia.
Desirée cerró los ojos. Allí estaba la mirada cálida, color miel de su león, escrutándola,  embistiéndola con su miembro de espinas, haciéndola estallar de placer. y ahora podía escuchar su voz.

—Me enloquece poseerte, princesa, siempre eres mía.