lunes, 29 de diciembre de 2014

Inocencia

Inocencia llegó al mundo un 1 de Febrero, probablemente a mediodía, a las doce y cuarto, le dijo su madre; será por eso que nunca le gustó madrugar.
No fue una niña buscada, sus padres ya tenían la parejita, ella fue algo así como... un accidente, un accidente con ojos azules, ricitos dorados y con mirada de pena. Como no se esforzaron mucho en elegir su nombre, le pusieron como su madre, Inocencia.
Fue una niña muy torpe, cuando jugaba siempre se caía, nunca se supo si era debido a su miopía de la que no se dieron cuenta sus padres hasta que cumplió los catorce años o a qué extraña circunstancia pero cuando jugaba a la cuerda con las amigas salía disparada y se daba contra la pared del colegio, cuando saltaba las escaleras aterrizaba con la cabeza en el suelo, cuando jugaba al escondite y salía corriendo para que no la pillaran, también solía caerse o estrellarse contra las paredes de la calle. Su madre tenía ya el pañuelo preparado con la moneda de cincuenta pesetas para tapar el chichón que casi siempre llevaba en la frente.

Inocencia subió corriendo, agitando las trencitas, y llorando desconsolada, las escaleras de su casa.
- ¡¡¡Mamá, el Sultán se ha comido mi tortilla!!!
Su madre se asomó a la escalera, ya sabía que era su llorona hija pequeña. Sultán era un gran pastor alemán, la mascota de una de las niñas que vivían al final de la calle. Y la pequeña le tenía pánico.
- ¿Qué ha pasado?
- Pues... estaba jugando a la comba y- contestó Inocencia entre hipidos- se ha salido la tortilla y se ha caído al suelo, y el Sultán se la ha comido!!!
- Bueno, no pasa nada, ya te hago otra.
En los años 60 las madres siempre estaban en casa y los padres solo trabajaban, casi siempre en dos empleos para llegar a fin de mes. Cuando Sultán aparecía por la calle, Inocencia ya no volvía a bajar. Se sentaba en el balcón, con las piernecitas colgando entre los barrotes y allí se sentía a salvo del perro, al que miraba desde arriba. Cogía los tebeos, o los cuentos y se comía tranquila el bocadillo de tortilla que le había vuelto a hacer su madre.
Cuando llegó a la adolescencia, de los tebeos de Mortadelo y Filemón y los cuentos de hadas y princesas (de donde sacó la conclusión de que si no te casabas no podrías ser feliz) pasó a las novelas de Corin Tellado, donde se seguía afianzando la errónea idea de que venías al mundo para enamorarte, casarte y ser feliz. Claro que, cuando veía a su madre pasarse los fines de semana planchando o cosiendo y a su padre arreglando relojes, toda la tarde, y casi sin hablarse... ¿qué tenía que ver eso con las princesas y el “se casaron y fueron felices”?
Aparte de una charla que les dieron en el colegio sobre educación sexual: la regla y cómo nacen los niños, de la que dedujo que ya lo sabía “todo”, nunca le interesó ese tema, ni indagar nada sobre el desarrollo de su anatomía.

A los quince años tuvo su primer amor platónico, el profesor de matemáticas del instituto. Como buena romántica se enamoraba de todo aquel amor imposible, inalcanzable. Estaba tan enamorada de su profesor que no sólo hacía los problemas de los deberes, sino que se inventaba problemas para enseñárselos al final de la clase y comentarlos con él.
Era extremadamente tímida. Sus primeros contactos con el género masculino tuvieron lugar en la discoteca, ella era de las que apoyaban los antebrazos contra las clavículas del chico para que no se acercara demasiado.. Su madre y su abuela le decían que… no había que “dejarse”.
Su primer beso en los labios no tuvo lugar hasta los diecinueve años, ya antes un chico le había pedido para salir, en el instituto, pero, como era muy responsable, le dijo que tenía que estudiar, que en todo caso a la hora del recreo. Pero a la hora del recreo le dio tal corte que se escondió… y el chico ya no volvió a insistir. Era tan buena nena que los chicos de la clase no le pedían para salir, precisamente por eso, por ser muy “buena nena”.
El caso es que sin darse cuenta se encontró saliendo con Valentín, un niño de quince años, cuatro menos que Inocencia, con el que iba a clase de teatro. La besó una vez, dos, pero a la tercera Inocencia pensó que aquello debía ser pecado mortal y fue a la iglesia a confesarse. El cura le dijo que tenía que guardarse para su marido, y... ¿cómo sabría ella si Valentín iba a ser su marido?
También fue la primera vez que vio los órganos genitales de un hombre (los de Valentín) totalmente en erección cuando se los enseñaba. Quedó estupefacta, ¡cuantas cosas y tan grandes se guardaban los hombres debajo del pantalón! Hasta ahora los que había visto eran los de algún niño pequeño o algún bebé de los que cuidaba cuando trabajaba esporádicamente de canguro. ¡¡¡Pero aquellas cosas eran enormes!!!
Una tarde que se quedaron solos en casa de Valentín, la convenció para que se desnudaran y hablasen desnudos pero lo que hizo ¡¡no fue hablar!! comprobó nerviosa, Inocencia, sino que se puso sobre ella, presionando con su pene su clítoris. Tan sólo repetía: ¿Te gusta? ¿te gusta? Inocencia miraba el reloj y pensaba que se le iba a hacer más tarde de las diez para volver a casa, y le iban a echar la bronca.
Valentín se detuvo y se la quedó mirando: “¿cómo puedes ser tan fría?” le dijo.
¿Fría? pensó Inocencia, tenía la temperatura normal, era invierno... Por fin consiguió quitárselo de encima, aunque llegó algo más tarde de las diez de la noche a casa.
Inocencia se quedó muy preocupada, ¿se habría quedado embarazada? ¿había hecho el amor por primera vez?. Una compañera de clase que ya lo había hecho le dijo que le dolió, que le rompió el himen. Ella no había sentido ningún dolor ni rotura de nada, cuando Valentín se puso sobre ella, así que… no debía ser eso. No entendió lo que le dijo su amiga de un… orgasmo, pero... por no preguntar... ¿qué sería eso? Pero después de aquel susto no quiso volver a salir con Valentín.

Después del instituto decidió estudiar Magisterio. Como la Escuela Universitaria estaba en la ciudad, el primer día fue con el autobús, con sus compañeras del instituto, pero el segundo día le dijo su padre que cogiera el tren, que era más barato. Su hermano le hizo un plano de cómo llegar hasta la escuela, pero... claro... ella era negada para los mapas, tenía un sentido nulo de la orientación, así que tomó el mapita al revés y... se perdió. La casualidad hizo que viera por la calle a un chico cuyo rostro le era familiar. Recordaba haberle visto el día anterior, en clase, en la presentación. Se acercó a él.
- Perdona, vas a la Normal, ¿verdad?
- Si - le contestó mirándola sorprendido, con aire interrogativo.
- Es que... me he perdido, ¿puedo ir contigo?
- Si, si, claro.
Jorge la miró, no era una pregunta muy común si no te la decía una niñita sino una preciosa chica de veinte años. Cuando llegaron se unió a sus amigos. Inocencia, ya en clase, se sentó con ellos, mientras sus amigas se quedaban alucinadas al ver qué pronto había hecho amistad con el género masculino.
Así llegó la época en que empezó a tener éxito con los chicos, porque dos de ese grupo le pidieron para salir, y aceptó a uno de ellos. Era un chico guapo, alto, pero sumamente cariñoso, la agobiaba, le cogía la mano en clase, cuando paseaban por la calle la abrazaba y se sentía sumamente “espachurrada”. Una mañana, en clase, Inocencia le pasó una notita: “creo que será mejor que lo dejemos”. Y así acabó la historia. “Con esa carita de ángel que tienes, eres un demonio” , le dijo el muchacho.
Unos meses más tarde se enamoró de Fernando, otro compañero de clase, vasco, que tenía unos preciosos ojos verdes y llevaba barba. A él le gustaba estar con aquella muchacha, era tan ingenua que despertaba su lado más protector, le hablaba de las experiencias sexuales y de lo placenteras que eran. Inocencia seguía sin encontrar la gracia a aquello del sexo. Después de su mala experiencia con Valentín, nunca había vuelto a dejar que un chico se “acercase tanto”. Fernando le dio unos besos dulces y cálidos. Pero cuando acabó el curso se fue al país vasco.
Y llegó el verano y con él la necesidad de buscarse un trabajo temporal en la costa. Lo encontró de dependienta en una tienda de ropa, con su amiga Paloma. A mediodía se comían un bocadillo en la playa, y como Paloma era hija de un coronel de la base aérea, se quedaban en la caseta que la aviación tenía en la playa y que estaba al lado de la caseta de la Cruz Roja. Se hicieron amigas de los soldados del bar de la caseta y de los socorristas. Pero Paloma aguantó poco y al mes ya quiso marcharse, pero Inocencia se quedó y siguió frecuentando las casetas. Se comía el bocadillo y se echaba la siesta en la playa hasta las cinco que entraba por la tarde. Un día le dijo uno de los socorristas.
- ¿Por qué no te vienes a mi caseta? Ahí tenemos una cama y podrías dormir mejor que en la arena.
- Ya, pero... a mi no me van a dejar entrar.
- Si vienes conmigo, si.
Y tanto insistió un día y otro que al final Inocencia se animó y le dijo que si, deseosa de echar una cabezadita, porque se levantaba muy pronto para coger el bus y se acostaba muy tarde.
Entraron en una pequeña habitación que había en la caseta. ¡Qué bien!, Inocencia se tumbó en una pequeña cama boca abajo y cerró los ojos. El joven se sentó en una silla.
- Puedes irte ya - le dijo abriendo los ojos y mirándole.
El se levantó y se sentó en la cama junto a ella, la miró y empezó a acariciarle el pelo.
- En esta cama cabríamos los dos, ¿no crees?
A Inocencia se le encendió una bombillita y… empezó a ver clara la situación... ¡¡no iba a dejarla dormir... igual quería hacer otras cosas en aquella cama!!
Pegó un salto de la cama y se dirigió a la puerta. Él la sujetó por el brazo.
- ¿No me das ni un beso?
La muchacha se soltó, abrió la puerta, pasó por delante de la otra caseta, cogió la toalla y siguió corriendo por la arena hasta alejarse de allí. ¡¡¡Qué vergüenza!! Ella y su falta de perspicacia para ver las segundas intenciones, seguro que el de la caseta de la aviación también había pensado que ella quería acostarse con el socorrista, y ella, tan pava como siempre... va y piensa que quiere dejarla dormir.
Al día siguiente se lo contó todo al soldado de la caseta y cuando vino el socorrista no quiso ni hablar con él. Al final fueron ellos los que se pusieron a discutir uno diciendo que ya sabía a lo que iba y el otro defendiéndola.

Un hermoso día de verano apareció Fernando en la tienda, no se lo podía creer. Había venido de vacaciones. Se fueron a la playa a comer y luego se perdieron por las rocas. A Inocencia le gustaban sus besos y sus caricias, sobre su piel, tapada tan solo por un pequeño bikini negro.
- Eres como un fruto prohibido- le dijo Fernando- tengo miedo de tocarte.
- No tengas miedo.
Y una tarde se fueron a su apartamento.
- ¿Por qué no nos duchamos juntos?- le dijo.
Inocencia dudó unos instantes, le daba vergüenza pero… ¿¿por qué no??
- Pero no me toques- le dijo bajo la ducha.
- No, no te toco - él sonreía mirando el cuerpo bronceado de Inocencia, donde justamente quedaban en blanco los cuadraditos del bikini.
Ella bajó la vista a sus genitales bajo el chorro del agua ¡¡¡Vaya, qué cosa más rara!!!. Lo que ella recordaba es que eran enormes y lo que él tenía estaban... arrugados. Ni se le ocurrió pensar que aquello podía agrandarse y encogerse. Se secó y se vistió deprisa con una falda blanca y un polo. El se puso un boxer y se tumbó en la cama. Inocencia se tumbó junto a él. Empezó a besarla y acariciarla. Pero su respiración se hacía rápida, empezó a jadear y ella se asustó y abrió los ojos desmesuradamente.
- ¿Qué te pasa? ¿estás bien?
El se detuvo y sonrió. La mirada de Inocencia se posó en el boxer entreabierto por el que asomaba algo que se movía.
- ¿Qué miras?
- Nada, nada. ¿Nos vamos?

En unas vacaciones de invierno fue con María, su mejor amiga, a su pueblo, en Teruel. Inocencia tuvo mucho éxito, con los chicos del pueblo, su simpatía innata, su larga melena leonada y sus preciosos ojos azules hechizaban a más de uno. María, sabiendo lo ingenua que era, la puso sobre aviso.
- Mira, si un chico te dice que vayas con él a la fuente, o detrás de la Iglesia, ya sabes a lo que vas, ¿entiendes?
- Sí, ya sé. No te preocupes, me acordaré.
Se estaba bien en aquel pueblo, aunque solo había dos bares, pero hacia un frío intenso y un aire gélido y cortante aquella noche.
Arturo la llevaba cogida por la cintura al salir de uno de los bares.
- ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta?
- ¿Por dónde?- preguntó recelosa.
- ¿Vamos hasta la iglesia?
- No, a la iglesia no. – menos mal que la había advertido Maria.
- Pues hasta la fuente, y bebemos agua.
- No tengo sed.
- ¿Y al coche?- le preguntó separándose de ella y abriendo los brazos, impaciente- ¿te vienes conmigo al coche o también te da miedo?
¿Al coche? Maria no había dicho nada del coche.
- Sí, si, al coche si, por supuesto, con el frío que hace. Vamos al coche.
Hacia muchísimo viento y en el coche se estaba bien. Arturo empezó a acariciarle el pelo.
-Tienes un pelo precioso.
Pero al pasar su mano por la cara de la muchacha, le saltó la lentilla. (Inocencia llevaba lentillas desde los quince años pero como eran duras, de las primeras que se hicieron, a veces saltaban)
- ¡Espera, espera!, me ha saltado la lentilla, no te muevas. Enciende la luz.
- ¿La lentilla?- Arturo encendió la luz del coche- A ver, ¿ por dónde ha caído? Si es que... vaya noche me estás dando..
- Mira a ver si brilla algo, que yo no veo bien sin la lentilla.
Maria, que estaba aparcada en otro coche, algo más atrás, con otro chico, se quedó perpleja.
- Pero si es mi amiga, y ¿qué hacen encendiendo la luz, es que no atinan?
Dentro del coche Arturo no paraba de quejarse, mirando entre los asientos. Al final consiguieron encontrar la lentilla. María vino con su chico a ver qué les pasaba, muerta de risa, y volvieron juntas a casa.

Ernesto, uno de sus amigos le pidió que saliesen juntos. Inocencia se sentía bien con él, se le veía fuerte, protector y le daba siempre buenos consejos. Ya tenía veintitrés años y casi todas sus amigas tenían novio. Iba siendo hora de sentar la cabeza. Era sumamente cariñoso, y tierno y daba los besos más dulces que jamás le habían dado.
- Salimos; pero a mi eso del sexo no me interesa- le dijo.
- Bueno- contestó él- no tengo prisa, ya te interesará.
En una de aquellas tardes de caricias y besos, tuvo Inocencia su primer orgasmo. ¿Qué era aquella sensación? le pareció algo maravilloso.
Poco después, Ernesto, intentó hacerle el amor pero, recordando su experiencia sexual con Valentín le dijo:
- Por ahí no es.
El quedó unos instantes perplejo.
- ¿Cómo que por ahí no es?
- Por ahí no hay nada, es ahí delante.
- Claro que es por ahí.
- Que no, que ahí no hay nada.
Le costó un tiempo convencerla y explicarle que si, que era por ahí (no es preciso aclarar que Inocencia no usaba tampones, sino compresas, y que nunca se le había ocurrido masturbarse)
Varios meses más tarde y tras muchos intentos de acercamiento y retirada, llegó a tener su primera relación sexual, y, aunque no le pareció gran cosa, por fin, a sus veintitrés años, consiguió perder... su inocencia.
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Inocencia descuelga el teléfono, amodorrada
- ¿Si?
- ¿Inocencia? ¿eres tu?
- Si.
- No me lo puedo creer, ¿eres tu la autora de "Rashia", el best seller de novela erótica de este año? Soy Fernando, de magisterio ¿te acuerdas?
- Si, si, claro...- murmura asombrada- Fernando, cuanto tiempo... ¿cómo... cómo has sabido mi número?
- Me encontré con Isidoro, y me lo contó. Estoy aquí, pasando el verano, ¿por qué no nos vemos? Me encantaría... de verdad...
- Bueno, pues si... yo te llamo... miraré mi agenda.
- No dejes de hacerlo- y en un susurro- no he podido olvidarte...
Inocencia sonríe maliciosa y cuelga el teléfono, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿veinte años? Ella tampoco ha olvidado aquellos ojos verdes mirándola en la playa...tal vez no sea demasiado tarde para que, Fernando, saboree el fruto prohibido que tenía miedo de tocar. 

miércoles, 16 de junio de 2010

miércoles, 13 de mayo de 2009

ALEJANDRA






Como todas las mañanas...
- ¡Buenos dias!. Un café.
Como cada mañana Alejandra, con su mirada altiva, le sirve un café detrás de la barra de la cafetería de la estación. La ve deslizarse entre las mesas con la elegancia de una princesa; fijar la vista en un punto lejano elevando la cabeza. Con la gracia de Grace Kelly, gira su estilizado cuello para mirar a los clientes que llegan presurosos a tomar algo, antes de iniciar su viaje.
“ Tiene aire de princesa egipcia”- piensa Pablo, mientras apura su café antes de tomar el tren de las siete de la mañana.
Alejandra desvía la mirada hacia el horizonte donde el sol se despierta sobre el mar. Cada mañana la misma rutina, devuelve el cambio al viajero que acaba de tomarse el café y sus pupilas se encuentran por un momento con aquel mar agitado que son sus ojos verdes. La misma sonrisa en los gruesos labios del hombre que se despide con un: ¡Hasta mañana!.
Alejandra le sigue con la mirada hasta la puerta que da al andén, tiene una amplia espalda y es muy alto. El se gira entonces y ella aparta la vista.

Pero es varias horas más tarde cuando Pablo vuelve a verla en un ambiente totalmente diferente, casi no la reconoce. Ha empezado hace una semana a ir a un nuevo gimnasio, está corriendo en la cinta, y le resbala el sudor por la frente y el pecho. De pronto, la ve llegar y entrar en la clase de danza del vientre. ¡Vaya, que casualidad!! Viste un top negro muy cortito, que deja ver un vientre terso y firme adornado por un piercing en el ombligo, una especie de diamante de color esmeralda, y en las piernas unas mallas negras hasta el tobillo. Entra en la clase y se coloca un pañuelo de flecos con medallitas doradas alrededor de las caderas.
Pablo se queda hechizado por aquella cintura que empieza a cimbrear elástica y flexible. Observa un precioso tatuaje en su bronceada espalda. Las caderas se balancean voluptuosamente y el pecho parece tener vida propia, ni Sakira se mueve tan bien. Sigue corriendo en la cinta notando la excitación en su miembro, sube la velocidad a medida que va subiendo el ritmo vibrante de la música en la clase del otro lado del cristal.
“Se mueve como una serpiente” piensa Pablo mientras la imagina desnuda moviéndose sobre él, marcando el ritmo de la música con el vientre sobre su pelvis.
La clase acaba con una vibración de todo el cuerpo, que aturde a Pablo, no puede dejar de correr, el bulto que marca su miembro no pasará desapercibido si baja de la cinta. “A buenas horas se me ocurrió comprarme un pantalón elástico”
Unos minutos de relajación y la clase finaliza. Las muchachas empiezan a salir. Pablo para la cinta y se seca el sudor con la toalla. Para disimular su excitación la coloca, como al descuido sobre la protuberancia de su bajo vientre, y se dirige a ella, para saludarla.
- ¡Hola, qué casualidad, tú por aquí!!
Alejandra le mira intentando reconocerle.
- Me suenas, pero... no sé de qué...
- En la cafetería, por las mañanas...
- Ahh, si- unos ojos muy abiertos y una sonrisa- ahora caigo.
- Soy Pablo- se presenta alargando la mano que tiene libre.
Alejandra se la estrecha y sonríe entornando sus profundos ojos negros.
- Hola Pablo.
- Hola Alejandra, bueno, tu nombre ya lo sabía, lo pone en la chapita que lleváis.
- Si, si- contesta Alejandra intentando rescatar su mano que ha quedado atrapada entre los fuertes dedos de Pablo.
Los ojos del joven se desvían hacia su escote donde unos senos firmes y turgentes, aprisionados por el top, brillan incitantes mojados por el sudor.
- Bueno pues... –interrumpe Alejandra, azorada por la inquietante mirada.
- Ehhhh, si, ¿te vas ya? hace un ademán involuntario con la toalla, y... esta vez son los ojos de Alejandra los que se desvían hacia el enorme bulto de su pantalón.
Pablo se da cuenta y, nervioso, vuelve a ocultar su excitación con la toalla.
- Voy... voy a ducharme ahora- murmura Alejandra.
- Sí, si, yo también voy a pegarme una ducha... Venga, hasta... hasta mañana.- “Una ducha fría” piensa Pablo mientras la ve alejarse.


Al día siguiente, por la mañana Alejandra le ve aparecer. No puede evitar sentir un cosquilleo bajo su vientre, ha pasado toda la noche soñando con aquella enorme protuberancia de su pantalón. Se acostó inquieta y los brazos de Morfeo se encargaron de transportarla a los fuertes brazos de Pablo.
- Buenos días Alejandra- una sonrisa y unos apasionados ojos verdes que se clavan en los suyos.
- Hola Pablo. ¿Un café?.
- Si, gracias.
Pablo se queda ensimismado agitando el azúcar con la cucharilla, sus ojos se detienen en la guinda verde de una de las ensaimadas que hay tras el cristal, en la vitrina de las pastas. Y... de repente... la guinda se transforma en la piedra esmeralda que decora el ombligo de Alejandra, su vientre está allí sobre la barra de la cafetería moviéndose como una serpiente, culebreando, al ritmo de la música, su pelvis se eleva con una cadencia sensual, baja y sube, sube y baja, baja y se pega a la barra, sube y su espalda se arquea, una y otra vez, rítmicamente, su pubis sube y baja tapado únicamente por el fino pañuelo verde de flecos y un diminuto tanga de encaje blanco que destaca sobre su bronceada piel. Sube y baja, arquea la espalda, sube el pubis. Pablo alarga el brazo y... recorre con los dedos aquella tersa llanura que forma su vientre, la piel de Alejandra se estremece con el contacto. Los dedos del joven empiezan a bajar y retiran el pañuelo para rozar el suave encaje del tanga, acaricia la parte interna de los muslos, los remonta hasta llegar a las rodillas, baja por la pierna, acaricia los pies desnudos que descansan sobre el frío mármol. Inicia de nuevo el camino de retorno hacia su pubis, despacio, casi sin tocar su piel. La muchacha sigue moviendo su vientre, al ritmo de la música sobre la barra de la cafetería. Están solos, no hay nadie más, tan sólo la suave brisa de la mañana y la música oriental, inundan la estancia.
Pablo detiene sus dedos en el monte de venus. Alejandra gira la cabeza y le mira.
Los labios de Pablo rozan su boca, deleitándose con aquella suavidad, le acaricia los cabellos negros que caen en desorden sobre la barra, la huele, huele... a diosa. Su mano asciende por el pecho, y sus dedos recorren el borde del sujetador y se adentran para acariciar sus pezones, duros y erizados. Un pecho que sigue moviéndose, arrebatadoramente sensual...
Alza la mirada y....
- Vas a perder el tren.
La voz de Alejandra le hace volver a la realidad, mira hacia el andén, su tren ya está estacionado.
- Gracias, hasta..., hasta luego.
Apura el café y sale corriendo.
Alejandra apoya la espalda en la pared, la mirada de Pablo la ha hecho estremecerse hasta la última célula de su piel, siente su sexo húmedo, excitado. Se seca las manos en el delantal, mientras su vista se pierde tras el último vagón del regional expres. Por unos momentos la cafetería se ha quedado vacía. Sale de detrás de la barra y empieza a recoger las mesas, deja los vasos sobre el mármol y... se detiene un momento, cierra los ojos. Las manos de Pablo están allí sujetándola por las caderas, siente la dureza de su miembro entre sus glúteos. Su boca la besa en el cuello, la muerde.
- Te deseo- le dice al oído.
En un impulso apasionado sus dedos desgarran su blusa, rompiendo los botones y aprietan sus pechos. Alejandra echa la cabeza hacia atrás y se deja hacer. Las manos hábiles de Pablo bajan por su cintura y se deslizan por su vientre, en unos momentos los pantalones de Alejandra caen hasta sus tobillos. El joven la voltea y la besa agarrándola por los cabellos y la cintura, devorando sus labios. Como si fuera una pluma la levanta del suelo para sentarla en la barra. Acaba de quitarle los pantalones, los zapatos. Le acaricia los pies desnudos, los pone sobre su pecho mientras sus manos van subiendo por sus tobillos, sus piernas, las abre y se coloca entre ellas, se acerca a su ombligo, donde centellea aquella piedra esmeralda, Alejandra enreda sus dedos en los cabellos negros de Pablo mientras la canción de Better in Time de Leona Lewis, suena en el hilo musical. La lengua del muchacho acaricia su vientre en círculos alrededor del piercing y va subiendo hasta su pecho. Con destreza desabrocha el sujetador y se deshace de él y de la blusa. Su cabeza queda atrapada entre los senos de Alejandra, que sigue extasiada, abrazada a él mientras Pablo le lame los pezones, las aureolas y sus manos aprietan sus caderas, atrapan su tanga, la muchacha eleva los glúteos y ayudándose de la boca, Pablo consigue dejarla completamente desnuda. Sus manos acarician ahora sus muslos y se deleita saboreando el flujo que moja la entrepierna de la muchacha, que cierra los ojos y arquea la espalda para sentir su lengua en sus labios mayores, menores, adentrándose en su vulva. Con rápidos movimientos, Pablo, se va quitando la ropa. La enlaza por la cintura y la baja al suelo. Alejandra queda alucinada al ver su pene enorme, grande y rígido acercándose a su vulva, empujando sobre su clítoris, mojándose en su flujo, sus manos se enlazan tras el cuello de Pablo, y sus piernas se elevan de nuevo, de un salto se coloca a horcajadas sobres sus caderas, un grito escapa de su boca al sentir su enorme verga penetrándola con decisión, sus brazos la levantan y la sujetan por las caderas como si fuese una muñeca, mientras la embiste una y otra vez con fuertes golpes de pelvis. Un intenso orgasmo la hace estremecerse. Pablo la tumba sobre una de las mesas y la sigue penetrando mientras acaricia sus pies, los lame, los mordisquea, una intensa sacudida de todo su cuerpo, seguida de otro orgasmo que la deja sin aliento. El joven la levanta de nuevo y la voltea dejándola apoyada en la barra, para penetrarla desde detrás, una y otra vez, hundiendo su falo en su vagina, cogiéndola del cabello, mordiéndole los hombros, apretándole el pecho. Alejandra siente la frialdad del suelo en sus pies y el calor de la pasión del pecho de Pablo en su espalda, la fuerza de su manos apretando sus pezones, pellizcándolos, su dedos agarrando sus cabellos para devorar su cuello, su falo eyaculando dentro de su vagina, recorriendo con su semen sus rincones más secretos, arrancándole un orgasmo bestial que la hace sollozar de placer.
Pablo recorre ahora con ternura su pecho, acaricia su vientre, continúa moviéndose dentro de ella, que sigue apoyada en la barra, con las piernas temblando. La besa en los hombros, en el cuello, aferrado a su cintura. Alejandra abre los ojos al escuchar abrirse la puerta de la cafetería que da al andén.
- He perdido el tren. ¿Me pones otro café?.

Emitido por radio en el programa Calents y contents, en ona cat fm el 8 de Mayo de 2009:http://www.ona-fm.cat/calents.asp : Blocaire calenta: Rebeca 8.5.09)

viernes, 19 de diciembre de 2008

YOLANDA


Yolanda miraba extasiada la corpulenta espalda del entrenador de fútbol del pequeño Noa; ella, y todas las madres que se congregaban en las gradas del colegio mientras sus peques pasaban la hora correteando tras la pelota.
- ¡Qué bueno está!- comentaba elevando las arqueadas cejas para abrir más los vivarachos ojos.
- Ya te digo- afirmó Estela a su derecha- y que voz tiene.
- Ufff, a mi me tiene loquita- aseguró Alejandra a su izquierda.
Iván seguía ajeno a sus miradas dirigiendo a los pequeños emuladores de Raúl y Ronaldiño.
- Noa, marcando, tienes que marcar a Alex. ¡A ver, esa defensa!
Su voz grave, rota, excitaba hasta la última célula de las mamis treinteañeras que no se perdían ni uno solo de los entrenamientos de su prole.
- ¡Noa, los cordones!. Átatelos.- el partido se interrumpió un momento. El pequeño miró a su madre, pidiendo socorro.
- ¡Mamáaaa!
Yolanda acudió presurosa en su ayuda y se agachó a atarle los cordones a su hijo bajo la mirada atenta de Iván. Se miró el escote. Desde donde él estaba seguro que podía verle hasta el ombligo. Elevó la vista un momento y... corroboró su sospecha, los profundos ojos negros del entrenador estaban fijos en su voluptuoso canalillo. Una sonrisa pícara y un: “ya están atados, Noa” mientras la sonrisa le era devuelta por los gruesos labios de Iván.
“Ay Dios, se me van a mojar las bragas de gusto”- pensó Yolanda, mientras sentía la mirada del entrenador recorriendo su espalda, se giró antes de sentarse con sus amigas y se encontró con aquella semisonrisa y aquella mirada profunda que recorría sus nalgas y sus piernas.
- Anda que, menudo repaso te ha echado con la mirada, nena- comentó Estela.
- ¡¡Me muero!!- dijo Yolanda.
- Está para comérselo.
Durante el partido Alex resbaló y cayó al suelo, haciéndose un rasguño en la rodilla. Alejandra, su madre, se levantó de la grada, pero Iván fue hacia él y con mucho cuidado lo tomó en brazos y lo llevó hasta la fuente para curarle la heridita. Las tres amigas se quedaron embobadas...
- ¡Qué tiernooo!!- susurró Alejandra- yo quiero que me coja en brazos.
- Pues... como no te caigas...- dedujo Yolanda.
Por fin acabó el improvisado partido y con él la hora de entreno de los niños. Estaban a mediados de Mayo y el calor era ya veraniego. Iván se quitó la camiseta y se dirigió a los vestuarios. Las tres amigas pudieron admirar la perfección de sus pectorales, ligeramente brillantes por el sudor, sus abdominales bien marcados... Al pasar al lado del grupo de madres que estaban recogiendo a los pequeños no pudo menos que sonreír y dedicarles un: “bueno, hasta el sábado- y dirigiéndose a Alex- ya no te duele ¿verdad campeón?”
- Pues.. no sé si podré jugar Ivan, creo que me he lesionado- argumentó muy serio el pequeño.
- Por supuesto que iremos- intervino rápida Alejandra- eso no es nada Alex, mañana ya estará curado.
- ¿Dónde jugamos el sábado, Ivan?- preguntó Yolanda.
- Pues contra el colegio del Mar, en Salou. Bueno, os dejo que me voy a pegar una ducha antes de irme.
Y con la camiseta sobre el hombro y los mechones de pelo ligeramente revueltos a lo “garçon terrible”, desapareció dentro de las instalaciones seguido atentamente por la mirada de las mamás que recorrían su amplia y musculosa espalda intentando grabarla en su mente.
- Mmmm como me gustaría ver como se ducha. – Yolanda imaginó ese cuerpo, enjabonado, el agua cayendo sobre su pecho, sus glúteos... - ¡¡Uff, de vicio nena, de vicio!!.
- Anda que se te cae la baba.
- Venga Noa, coge la mochilla que nos vamos- ordenó Yolanda sin dejar de mirar hacia los vestuarios del colegio.
- Jo, mami, déjame jugar un ratito más... ¡¡Porfa!!
- No, que es tarde, además me estoy haciendo pis.
- Pues ahí dentro hay water mami.- dijo Noa señalando los vestuarios.
- Pero Noa, ¿cómo voy a entrar ahí?
Sin embargo, una mirada picara se dibujó en su semblante. De todos modos, los lavabos del colegio ya estaban cerrados, tan sólo podía utilizar los de los vestuarios de los chavales. Alejandra y Estela la miraron, sus niños ya se habían ido a jugar también.
- ¿No te atreverás?- dedujo Estela.
- Jajaja, sí que se atreverá- observó Alejandra.- Anda entra a ver si le ves y luego nos lo cuentas.
Yolanda miró hacia ambos lados, los niños jugaban con la pelota ajenos a su indecisión. Y dando media vuelta se dirigió hacia los vestuarios.
- Es que... me estoy meando...- se excusó abriendo los brazos y elevando los hombros.
- Jajaja, anda, anda, que te esperamos.

El ruido del agua de una de las duchas, le hizo saber exactamente dónde se estaba duchando el joven entrenador. Yolanda entró en uno de los servicios para desahogar su vejiga. Luego se levantó, se bajó la falda... y salió sigilosa... Las duchas estaban al final del pasillo, despacio, siguiendo el sonido del agua se fue acercando... y se quedó parada, medio escondida tras la puerta que daba a las duchas, desde allí podía ver perfectamente la espalda y las nalgas de Iván, mientras el agua recorría aquellos músculos perfectos y bronceados. El joven se acariciaba el cuerpo con una esponja mientras el agua caía sobre él, se dio la vuelta mostrando un falo enorme y... en ese momento en erección, pasó su mano por él una y otra vez. Yolanda giró sobre si misma rápidamente, para que no la viese, tan rápidamente que resbaló con el agua mojada que había en el suelo y cayó de culo.
- ¡Ah!.
El joven sobresaltado salió de la ducha y abrió la puerta. Yolanda creyó morirse al verle allí, mirándola, desnudo, mientras ella seguía como petrificada en el suelo, con la falda levantada y... el tacón del zapato roto.
- ¿Qué haces aquí? ¿te has hecho daño?. – indiferente a su desnudez el muchacho se afanó por ayudarla a levantarse.
- Es que me estaba haciendo pis y como la polla que da a los lavabos del... digo.. la puerta del colegio de los baños..., perdona.
Iván se echó a reír ante la atónita mirada de Yolanda que no podía apartarla de su miembro. Pasó su mano por el tobillo de la muchacha.
- ¿Te duele?
- Un poco- murmuró Yolanda, excitadísima con el contacto de la piel del joven sobre su pierna.
Iván subió la mano despacio por su pantorrilla y la miró a los ojos.
- Y ¿ahora?- preguntó sin dejar de mirarla.
Yolanda abrió las piernas y echó la cabeza hacia atrás exhalando un suspiro y arqueó la espalda.
- Ahhh, un poco menos.
La mano de Iván se deslizaba ahora por sus muslos calientes.
- Y.. ¿ahora?- sus dedos rozaban ya el diminuto tanga de Yolanda y lo arrastraban dejando al descubierto su vulva húmeda, inflamada...
Iván le pasó un brazo por debajo de los hombros, la levantó del suelo y casi en volandas la llevó a las duchas cerrando la puerta tras él. Yolanda enlazó sus piernas en la cintura del muchacho y su boca buscó la de él, aquellos labios gruesos y calientes con los que tanto había fantaseado. Le mordió la barbilla, el cuello, la boca, ardiendo en deseo. Iván la apoyó contra la fría pared de azulejos y bajó por su escote para liberar los pechos, voluptuosos, exuberantes, pasó su lengua de uno a otro, succionó sus pezones erizados, vibrantes, hasta hacerla gemir de placer. Yolanda enlazó sus brazos alrededor de su cuello para morder sus hombros al sentir el falo enorme del muchacho buscando adentrarse en su gruta húmeda, rebosante de flujo. Yolanda sintió la fuerza de toda la pasión del muchacho, sobre su clítoris, una vez, otra vez, resbalando sobre su vientre, bajando, hasta su vulva sin decidirse a entrar.
- Sigue... sigue...- murmuró.
Y su enorme verga la penetró violentamente, irrumpiendo una y otra vez, con fuerza, empujándola contra la fría pared de azulejos. Luego la bajó al suelo y levantándole la falda la volteó colocándola contra la pared. Sus manos agarraron sus caderas y volvió a penetrarla desde detrás, sus labios apartaron su cabello hacia un lado y la mordió en el cuello, mientras sus manos apretaban sus pechos y pellizcaban sus pezones.
Una mano bajó por su vientre hasta su clítoris para estimularlo con ligeros circulitos. Yolanda jadeaba, se pegaba a él, a su pecho mojado, se deshacía de placer entre sus fuertes brazos, hasta que un intenso orgasmo la hizo gritar y arquearse hasta casi desvanecerse. Iván la siguió acariciando ahora lentamente moviendo su pene más despacio, para deslizarlo entre sus glúteos y eyacular entre ellos. La besó en el cuello. Yolanda se dio la vuelta, él la tomó por la cintura y la siguió besando en los labios, en el cuello, en el pecho, en los pezones... La miró y apartándole el pelo le murmuró al oido...
- Creo que... te he mojado un poco...
- No importa- contestó Yolanda sonriendo- ya se secará...
Emitido por radio en el programa Calents y contents, en ona cat fm el 29 de enero de 2009:http://www.ona-fm.cat/calents.asp : Blocaire calenta: Rebeca 29.1.09)

martes, 16 de diciembre de 2008

28 de octubre


En el silencio de la oscuridad de la noche, interrumpido apenas por el sonido lánguido del maullar de un gato, resuena sobre la acera mojada el taconeo de unos pasos que caminan deprisa. De vez en cuando se detienen y escuchan... parece como si esperasen, o temiesen algo o a alguien. Luego continúan, indecisos, vuelven a pararse y escuchan de nuevo. Apenas puede percibirlo pero está ahí, el sonido de otros pasos que la siguen. Rápidamente gira en una esquina y se esconde en la entrada de un viejo edificio cuya puerta está entreabierta.
Su corazón late con fuerza, deprisa, desbocado. Se queda quieta tras el portalón, completamente a oscuras, callada, intentando casi no respirar. Escucha. La lluvia ha empezado a caer de nuevo, sigilosa, tenue. Un chapoteo en un charco delata la presencia de alguien. Contiene la respiración, tapándose la mano con la boca. Escucha de nuevo atentamente, sí, unas pisadas, tal vez con zapatos de suela de goma, que no hacen ruido, pero al pisar el agua sobre la acera emiten un chasquido audible. Está ahí, tras la puerta. Se detiene. Reanuda la marcha. Se aleja.
Selina se apoya en la pared y respira profundamente, un sudor frío recorre su cuerpo, despacio se desliza hasta el suelo, se agacha, cogiéndose las piernas con los brazos y escondiendo la cabeza entre ellas. Se queda así, incapaz de salir de su escondite, acurrucada sobre el frío suelo. Tal vez sea mejor esperar a que pasen las pocas horas que quedan hasta que amanezca. Sus pupilas se han dilatado y ahora, con el débil haz de la luz de las farolas que entra por el resquicio de la puerta, puede vislumbrar una escalinata de mármol tras ella. Mira hacia la puerta y duda entre volver a salir o quedarse allí. De repente la puerta se abre y un hombre penetra en la estancia, enciende la luz y se dirige hacia las escaleras. Selina ni se mueve, pero... como intuyendo su presencia el hombre mira hacia atrás y la ve allí, acurrucada en el suelo, mirándole con aquellos ojos amedrentados y violáceos. El hombre se detiene y queda por unos momentos sin saber qué hacer ni qué decir.
- ¿Qué hace ahí? ¿Se ha dejado las llaves? ¿Vive aquí?- se dirige hacia ella y le extiende la mano- Ande, levántese que va a coger frío.
Selina se incorpora y mira al hombre de constitución fuerte que retiene su mano, intrigado por su presencia.
- Sí, me he dejado las llaves- miente -, vivo en el último piso.
- No la había visto nunca.
- Me he mudado hace poco. Cuando amanezca iré a casa de una amiga que tiene una copia de mis llaves.
- Bueno, pues, si quiere puedo ofrecerle una taza de café en mi casa.- Fran se pasa la mano por los cabellos y la mira, es una mujer elegante, esbelta y parece tan frágil y asustada... ¿De dónde vendrá a estas horas? Probablemente de alguna fiesta. Su mirada la recorre, lleva un vestido violeta, a juego con el color de sus ojos, de escote en pico, entallado hasta la rodilla, zapatos de tacón negros, medias, y el pelo rubio recogido en un moño a lo Grace Kelly. Ciertamente es muy atractiva. Seguramente debe tener su misma edad, treinta y tantos. Selina duda mirándole, no parece mala persona pero nunca se fía de los desconocidos. Sin embargo su mirada transmite confianza y seguridad.
- Me llamo Fran... Francisco de la Torre, y vivo en el primer piso.- estrecha su mano que todavía sigue entre las suyas, intentando tranquilizarla.
- Yo Selina... Selina Guzmán, encantada. Sí, bueno, acepto ese café.
Fran sonríe y empieza a subir las escaleras seguido por ella. No suele invitar a casa a desconocidas pero... ¡se la ve tan desvalida! Selina le observa en silencio, pantalón azul marino, camisa azul celeste, cabello castaño...
- Adelante - invita pasando directamente a tutearla, al tiempo que enciende la luz y se hace a un lado.
Selina duda todavía, ¿qué hace ella entrando en casa de un desconocido?. Inesperadamente retrocede y corre escaleras abajo, sin detenerse, escuchando la voz del hombre a su espalda.
- Oye, no tengas miedo, no te vayas.
Pero sale a la calle y vuelve a caminar por la acera desierta, cubierta por la lluvia que cae ahora con más fuerza. Dos manzanas más y estará en casa. A salvo. Tendría que haber tomado un taxi, pero el incidente en la fiesta ha sido tan inesperado que ha optado por marcharse a casa y desaparecer de allí lo más rápido posible. De todos modos tal vez él sepa dónde vive y la esté esperando. Alguno de los asistentes a la fiesta puede habérselo dicho. Se para al llegar a su calle. No hay nadie fuera. Camina ahora más despacio y saca las llaves del bolso para abrir el portal. El corazón le vuelve a latir deprisa. Sube los peldaños. Una mano la sujeta del brazo cuando está a punto de abrir la puerta del ascensor. Se gira y le ve allí, el periodista que la ha increpado en la fiesta de la presentación de su libro.
- ¿Qué es lo que quiere?- le pregunta mirándole a los ojos, mostrando un valor que no tiene y zafándose de su mano.
- Ya se lo he dicho, no tenía ningún derecho a escribir sobre cuestiones políticas que no le conciernen. Hay todo un complot detrás de todo eso. Se va a meter en un lío.
- Ese es mi problema y no el suyo.
- Si la he seguido es para decirle que corre peligro. ¿Podemos hablar en su casa?- habla en voz baja, y vuelve a acercarse a ella que da un paso hacia atrás.
- Pues me ha dado un susto de muerte, cómo se le ocurre seguirme sin decirme nada.
- No quería que nadie supiera que había hablado con usted. Ya le digo que hay gente muy importante detrás de todo ese asunto que usted ha tocado en su novela, no sé de dónde ha sacado tanta información, pero...
- Todo ha sido imaginado, suposiciones, nadie me ha contado nada.
- Pues ha acertado de pleno. Sólo le falta poner el verdadero nombre a los protagonistas. Aunque probablemente piensen que usted lo sabe o que tiene más información de la que relata en su libro.
Selina duda unos instantes pero acepta que el periodista la acompañe a su casa, tiene el presentimiento de que no le esta mintiendo y tal vez se lleve una desagradable sorpresa al entrar.
Al meter la llave en la cerradura se da cuenta enseguida de que algo falla, cuesta de encajarla.
- ¿Qué pasa?- pregunta Sergio-, la han forzado ¿verdad?.
- Eso parece- afirma mirándole.
- Déjeme a mí.
Sergio toma la llave y la introduce en la cerradura, encajándola con un golpe seco hasta hacerla girar. Empuja la puerta lentamente. Con la mano busca el interruptor y enciende la luz. Al iluminar la estancia se dan cuenta de que, efectivamente, alguien ha entrado allí. Todo está revuelto, los libros y documentos de la estantería tirados sobre el sofá, los cajones abiertos y volcados sobre el suelo, la cama deshecha...
-¡Por Dios!. ¿Qué han hecho con mi casa?.- exclama Selina dirigiéndose al teléfono- Hay que llamar a la policía.
Sergio la mira, cierra la puerta y la coge del brazo impidiendo que llegue a marcar.
- A ver, ¿qué vas a hacer? ¿no ves que la policía también está detrás de todo este asunto?
Selina se da cuenta de su cambio de actitud, ha pasado directamente a tutearla y a tratarla con aire protector. Apartando los libros, se sienta en el sofá y respira profundamente. Abatida y desconcertada no acierta a comprender qué está pasando. Es sólo una novela, sus deducciones sobre el atentado. No tiene ninguna de las pruebas a las que hace alusión en su relato.
- Deberías irte a casa de algún amigo, un familiar, no sé, no puedes quedarte aquí.- aconseja Sergio - Si piensan que tienes pruebas las buscarán, y si no las encuentran...
- ¿Crees que corro peligro?- Selina le mira asustada.
- Sí, lo creo ¿no tienes dónde ir?.
- Hace sólo dos meses que estoy en la capital, el piso es alquilado. No tengo amigos aquí, ni familiares. Tan sólo los compañeros del trabajo pero apenas los conozco para pedirles que me acojan en su casa. Y no puedo marcharme, tengo que ir al instituto el lunes, ésta es mi segunda novela, yo no me dedico a esto, tengo mi trabajo de profesora.
Sergio la mira y le coge la mano.
- Mira, todo lo que cuentas en la novela de manera imaginaria, sobre ese atentado que tiene lugar en esa ciudad y todo lo que has escrito sobre la vinculación y el complot que se cierne contra el presidente para que pierda las elecciones, todo eso ha sucedido y es cierto, y si dices que tienes las grabaciones de las conversaciones entre los terroristas y el actual presidente pues... está claro que tu vida corre peligro, el servicio de inteligencia seguramente estará detrás de todo esto, incluso el presidente y, contra eso, no sé qué puedes hacer.
- Nadie puede tomar en serio una novela- Selina intenta no darle importancia al asunto.
- Entonces ¿quién ha entrado aquí, y qué buscaban? Mira a ver si se han llevado las joyas o el dinero.
Selina se levanta y va al dormitorio. Claro que ella no tiene joyas, algún juego de pendientes, un collar de perlas, un colgante con un buhito de oro que le regaló Alejandro y... poco más. Se dirige al armario y se cambia de ropa. Los tacones la están matando.
- ¿Cómo se te ocurrió escribir sobre ese asunto del atentado?- pregunta Sergio desde la sala- ¿Cómo llegaste a esas conclusiones?
- Verás- Selina aparece de nuevo vestida con unas zapatillas de deporte, unos vaqueros desgastados y un jersey azul eléctrico. Con el cabello suelto tiene un aire de colegiala en su último curso. Se sienta a su lado- yo tenía un profesor que decía que si queremos saber quien es el autor de unos hechos tenemos que buscar la persona que se beneficia de los mismos. Y entonces empecé a imaginar, a deducir y... bueno, ya has leído la novela.
- Pues diste en el clavo. En mi periódico estamos al tanto de todo, lo que pasa es que si no hay pruebas no se puede incriminar a nadie, no podemos publicar algo así basándolo en suposiciones.
- Mira, me voy a quedar en casa, no creo que vuelvan, si no han encontrado pruebas igual se dan por vencidos y no vuelven.
- No sé, no me quedo tranquilo. Podrías venir a mi casa
- No, no te preocupes.
Sergio se levanta y va hacia la puerta. Le da su tarjeta.
- No dudes en llamarme si pasa algo.
- De acuerdo- Selina le mira sonriendo y coge la tarjeta.
Ha pasado todo el domingo ordenando la casa. ¡Qué cosas le pasan!. A pesar de lo aconsejado por el periodista, sigue pensando que debería haber llamado a la policía.
Después de pasar una noche en vela, sobresaltada con cualquier pequeño ruido, es de nuevo lunes, un lunes cualquiera, sin embargo cuando sale a la calle todo a su alrededor es como una amenaza. Ha cerrado dos veces con llave y ha quedado con el cerrajero por la tarde para que le ponga una nueva cerradura. Baja las escaleras del metro con prisa, mirando a su alrededor. Se siente observada. Piensa que es mejor tranquilizarse y no volverse paranoica.
Puertas que se abren. Gente que baja. Gente que sube. A esta hora no hay manera de encontrar un sitio libre. Se coge a la barra para no perder el equilibrio. Un hombre la mira, está delante. Ella desvía la vista hacia la derecha. Otro hombre la observa desde un asiento contiguo. Una parada. Puertas que se abren de nuevo. Más gente que entra. Empieza a sentir calor. Le cuesta respirar. Los dos hombres siguen observándola fijamente. Mira hacia la ventanilla y ve sus miradas reflejadas en el cristal. Su corazón empieza a latir aceleradamente. Está acorralada. Se gira hacia atrás y ve a otro hombre detrás, a su espalda, que fija sus ojos en los suyos. Cuatro paradas más y habrá llegado. Otra parada. Más gente, más apretujones, el hombre que estaba frente a ella se ha ido desplazando y está situado ahora a pocos pasos. Otra parada. Más gente. Más apretujones. El hombre se sigue acercando y la sigue mirando. Sonríe. Está frente a ella y se coge a la barra poniendo su mano al lado de la suya. Las puertas se abren, se cierran. Más apretujones. El hombre está pegado a ella. No puede separarse de él. Hay demasiada gente, imposible evitar el contacto. Siente su calor.
Un sudor frío la recorre. Alza los ojos y ve los de él.
- ¿No me recuerdas?- le pregunta el hombre, sonriendo, poniendo su mano sobre la de ella- ¿recuperaste la llave?. ¿No te acuerdas? La noche del sábado, estabas en la escalera...
- Sí, es cierto No le había reconocido- Selina respira profundamente.
- Por favor, tutéame.- Desvía la vista hacia el exterior- Me bajo en la siguiente parada.
- Yo también.
Las puertas se abren de nuevo. Selina baja, detrás de Fran. Mira hacia atrás, la mirada de los otros dos hombres la siguen; uno de ellos, el que estaba sentado a su derecha, ha bajado también.
- ¿Tienes mucha prisa? Te invito a un café.
Selina mira el reloj. Tiene tiempo, justo media hora antes de la primera clase. Por lo menos no está sola. Con un hombre a su lado se siente, de alguna manera, protegida.
- De acuerdo. Gracias.
Al salir de nuevo a la calle, el aire fresco de principios de otoño le da en la cara. Respira más tranquila. Le resulta agradable ese hombre que la trata con familiaridad. Por primera vez le sonríe. Mira hacia atrás. Ni rastro del otro hombre.
- ¿De verdad vives en el último piso? No te he visto nunca- Fran interrumpe sus pensamientos mientras la guía hacia una bulliciosa cafetería.
Selina recapacita. ¿Le cuenta la verdad?
- No, no vivo en tu edificio. La verdad es que estaba asustada porque pensé que alguien me seguía. Se me ocurrió decir que sí, que vivía allí.
- Ya me parecía.
Buscan un sitio en la barra. Fran le sigue hablando de dónde trabaja, mientras pide dos cafés con leche. Selina no le escucha, acaba de ver al hombre del tren, el que ha bajado tras ellos, reflejado en el espejo que hay tras el mostrador. Está a la derecha, al final de la barra. Sus ojos se encuentran con los de él, que desvía la mirada hacia el periódico que descansa sobre el mármol. No quiere quedarse sola.
- ¿Podemos quedar luego para comer? Te invito.
Fran parece desconcertado ante la inesperada proposición de aquella mujer tan tímida y reservada. Sin embargo acepta.
Selina, sólo intenta ganar tiempo para pensar. ¿Quién será ese hombre que la mira de reojo al final de la barra? Fran está pagando las consumiciones y la toma por la cintura al salir.
- Yo trabajo para las televisiones autonómicas, en ese edificio de enfrente. A las dos te paso a buscar.
Entre clase y clase Selina llama a Sergio y le cuenta lo sucedido, describiéndole al hombre que la ha seguido: De mediana edad, cuarenta y tantos, pelo castaño claro, barba recortada, ojos verdes, sobre metro ochenta, atlético... El periodista toma nota de las características del individuo para buscarlo en sus ficheros.
Durante la comida Selina le cuenta a Fran el lió en el que se ha metido, el argumento de su novela, todo lo que le ha sucedido desde la fiesta de su presentación. Fran, asombrado, la escucha en silencio.
- Tengo los vídeos de las noticias de las diferentes cadenas de televisión el día ese del atentado en los grandes almacenes, el 28 de octubre. Quizás podamos encontrar algo. Si no tienes nada que hacer esta tarde podemos verlos en mi casa.
- Sí, de acuerdo.
Tras los cristales del restaurante, la gente pasa caminando deprisa. El corazón de Selina da un vuelco. El hombre de la barba está allí, en uno de los coches aparcados en batería. Está intentando disimular leyendo el periódico. Se lo muestra a Fran y deciden marcharse apresuradamente por la puerta de atrás del restaurante.
Mientras ven los vídeos, grabados por las cámaras de seguridad, sentados en el sofá, Selina vuelve a llamar a Sergio para saber si tiene alguna novedad.
- No tengo nada- le contesta el periodista- probablemente sea alguien del servicio secreto, que te está vigilando. Dime dónde estás que voy para allá.
Le da la dirección y vuelve a sentarse con Fran.
- Le he dicho que estamos viendo los vídeos de las cámaras de seguridad, enseguida viene, nos puede ser de gran ayuda.
- Mira ese hombre- apunta Fran después de un rato de ver imágenes tras imágenes de gente asustada, huyendo despavorida - no corre cogiéndose a la barandilla de las escaleras mecánicas como los demás, lleva algo en las manos, como un mando a distancia...podría ser un detonador. Espera que paro la imagen.
- ¡Es Sergio!- exclama Selina levantándose del sofá.
- ¿Sergio? ¿El periodista?.- Fran amplía la imagen.- No, ese no es periodista, si no me equivoco es un terrorista.
- ¿Un terrorista?- Selina siente un sudor frío recorrerle el cuerpo.- ¡Dios le he dado esta dirección! Tenemos que marcharnos.
Fran se asoma a la ventana. Un coche acaba de aparcar frente al edificio. Selina, tras él, ve al hombre que sale del mismo.
- Es Sergio. Tenemos que irnos.
Fran la toma de la mano y va hacia la terraza. Una escalera de caracol les conduce a la azotea.
- Estamos rodeados de edificios. Podremos saltar a los tejados de los edificios colindantes.- aclara mientras sigue corriendo por la terraza sin soltarla.
Selina no pregunta nada. El miedo la hace obedecer ciegamente a ese hombre que parece que sabe lo que tiene que hacer y a dónde va. Han llegado al final, un salto y estarán en el tejado del otro edificio. Fran la suelta, salta. Sólo medio metro. Selina le sigue. El la ayuda cogiéndola por las caderas. Vuelven a correr por la terraza buscando la puerta de acceso. Está cerrada.
- Vamos al otro bloque de pisos. Ya encontraremos alguna puerta abierta.
Otro salto, esta vez más alto, al edificio de al lado. Escuchan un ruido y se detienen. Una mujer está tendiendo la ropa. Probablemente haya dejado la puerta abierta. Sigilosamente, aprovechando que la mujer les da la espalda y tapada por las sábanas que está tendiendo, llegan a la puerta y bajan por la escalera. Toman el ascensor. Selina está jadeando, su corazón late cada vez más deprisa. Mira a Fran que está pulsando el botón del ascensor, a la planta baja.
- ¿Y ahora qué hacemos?.- le pregunta con un hilo de voz- No podemos volver a mi casa, ni a la tuya. Tampoco podemos ir a la policía. ¿Qué hacemos?
- Ya encontraremos una salida. No te preocupes.
Salen del edificio. Fran mira hacia los lados. No parece haber nadie. La toma de la mano. Selina camina asustada, como una niña, de la mano de su padre. Ha oscurecido, y todavía no se han encendido las luces de las farolas. Una voz a sus espaldas les hace detenerse.
- ¡Quietos!. ¡No os mováis!.
Selina se gira, el hombre de la barba está ahí detrás, amenazándoles con una pistola. ¡Están perdidos!. Otra voz conocida a su derecha.
- Está bien Fran,- es Sergio- creo que la toma valdrá. ¡Corten!
Y dos hombres con pequeñas cámaras aparecen de entre la oscuridad de la noche.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

"BUENOS DIAS, PRECIOSA"




“¡Buenos días, preciosa!”
La lluvia cae incesante y monótona sobre los raíles que se unen en la lejanía. Andenes que se cubren de un manto plateado y resbaladizo. El tren aparece como un puntito haciéndose cada vez mayor al acercarse, hasta detenerse. En orden, uno tras otro, los viajeros, vamos subiendo. Se cierran las puertas. Nadie saluda a nadie, nadie habla con nadie. Tan sólo el sonido discordante de los móviles perturba el silencio. Conversaciones unilaterales: Preguntas sin respuestas. Respuestas sin preguntas.
El aparece, me mira, nos miramos, se sienta frente a mi. Desde hace casi tres meses compartimos quince minutos de nuestra vida, de lunes a viernes, a la misma hora. Me gusta ver el reflejo de sus ojos en el cristal, mirándome. Tiene unos ojos negros, grandes y profundos, como un abismo. Nunca me ha hablado, pero tiene una voz preciosa: grave, varonil. Alguien le llama a veces al móvil. Tal vez sea su novia, o su mujer, o su compañera, o tal vez sea solo una chica a la que ha conocido por Internet y no sabe, como yo sé, que cuando se acerca y su espacio invade mi espacio, huele a colonia fresca, a loción, huele... a hombre seguro de si mismo.
La lluvia ha cesado y un sol radiante y somnoliento intenta abrirse paso entre nubes púrpuras, rasgándolas en jirones dorados. Abre el periódico que ha comprado en el quiosco del vestíbulo. Tiene unas manos grandes y cuidadas. ¿Qué profesión tendrá? Todos los días cogemos el mismo tren, y cuando yo me bajo él continúa. Pero no coincidimos a la vuelta. ¿Dónde se bajará?
Hace años, cuando no había móviles, ni portátiles, ni PDAs, ni mp3, ya nos habríamos saludado, me habría pedido fuego para encender un cigarro y me habría mirado a los ojos mientras acercaba su mano para que no se apagase la llama... pero... hoy no se puede fumar, aunque la llama siga ardiendo en los corazones. Hace unos años habríamos conversado sobre el tiempo, sobre nosotros... y no nos habría interrumpido el sonido estridente de un móvil.
Pero... estamos en plena era de la comunicación a distancia y... hay miles de interferencias en la comunicación bis a bis. ¡Cuánta lejanía en la cercanía!
Hace años yo era una estudiante y tenía toda la vida por delante, miles de caminos por recorrer; hoy solo tengo uno, el mismo camino cada mañana, la misma rutina día tras día.
He llegado a mi destino, me levanto y mi rodilla roza la tela de su pantalón al hacerlo. Me mira, le miro. Creo que debería saludarle, decirle adiós, por lo menos... Pero no lo hago, le doy la espalda. Dudo, me giro...
- Adiós.
- Adiós- contesta él.
Sonrío, sonríe. ¡Vaya! ¡Tiene una sonrisa preciosa!.
Avanzo hasta la mitad del pasillo a esperar que se abran las puertas. Le miro. Me mira. Se abren. Desciendo. Tal vez mañana me atreva a decirle algo más. Sí, tal vez mañana...

Miércoles por la mañana. Siete horas cincuenta minutos. El tren acaba de estacionarse pero... no le he visto ni en el andén ni en el vestíbulo de la estación comprando el periódico en el quiosco, como todas las mañanas.
Miro hacia ambos lados. Dentro de dos semanas se me acaba el contrato y no volveré a tomar este tren, ni volveré a verle. Todo acabará, las conversaciones que no tuvimos, las sonrisas que no volvimos a intercambiar, la historia de amor de Meryl Streep y Robert de Niro en “Enamorarse”... La idea de no volver a verle perturba de repente mi mente, despertando mi ansiedad. Y... entonces aparece corriendo por el andén y sube en el último momento justo antes de que arranque. Un suspiro de alivio se escapa de mi pecho. Se sienta a mi lado, porque el asiento de enfrente está ocupado. Me mira, le miro. Sonríe.
- ¡Hola!
- Casi lo pierdes- sonrío.
- Si.
Ahora debería decirle algo más, hoy no lleva el periódico, no le ha dado tiempo de comprarlo. Pero... suena su móvil. ¿Quién le llamará a estas horas?
- ¡Buenos días, preciosa, qué madrugadora!.- la saluda con un tono muy cariñoso.
Seguramente no vive con ella. A nadie se le ocurre llamar a su pareja a estas horas, si ha estado durmiendo a tu lado. ¿Será su amante? ¿Estará casado? Bueno, ¡qué mas da!, yo también lo estoy.
- Cuando llegue a la consulta te llamo. No seas ansiosa. Ahora estoy en el tren. Sí, yo también te echo de menos. Lo que tienes que hacer es levantarte y aprovechar el día. Bueno, todavía es temprano, pero no te quedes en la cama hasta las tantas, que te conozco. Quiero que te arregles, que salgas, que te vayas de compras, que quedes con alguna amiga y comas fuera de casa, no te encierres. Venga, verás como todo va a ir bien. Piensa en positivo. No te preocupes por los problemas antes de que aparezcan. Afróntalos cuando lleguen. Vive el presente. No, mañana no puedo ir a verte, tengo el día muy ocupado, tal vez el viernes por la tarde. Sí, en cuanto tenga un rato la leo.
Le estoy escuchando dando consejos a aquella mujer y me parece que me los esté dando a mi misma. ¿Será psicólogo?, ¿psiquiatra? Seguramente ¿Tendrá la consulta en Vilanova? ¿en Barcelona? ¿dónde se bajará? El sigue hablando con ella mientras su brazo derecho, pegado a mi brazo izquierdo me va transmitiendo todo el calor de su cuerpo a través de la fina tela de su camisa, me quedaría así, pegada a su brazo, amodorrada y protegida, pero ... ya he llegado a mi destino. Me levanto y le sonrío.
- Adiós.
Me sonríe sin dejar de hablar por el móvil y... eso es todo. Bajo del tren totalmente desanimada. El aire primaveral de la mañana me da en la cara despejando mi mente de pensamientos amorosos. Es absurdo imaginar que mi enigmático compañero de viaje podría convertirse en un Robert de Niro.


Jueves por la mañana, hoy voy a Barcelona. Tengo una entrevista de trabajo. He pedido fiesta en mi empresa, que pronto dejará de serlo, y aunque la cita es a las diez, voy a tomar el tren a la misma hora. Así sabré donde se baja. Se va a extrañar de que continúe. Hoy tendremos más tiempo, el cuarto de hora será media hora... o una hora... Pero cuando llego a la estación el andén está a rebosar, el tren anterior viene con retraso y toda la gente está allí todavía. Vamos a ir apretujados. ¡También es mala suerte!. Le veo entre la gente, esperando. Acaban de anunciar el regional expres. Intento acercarme lo más posible sorteando a los viajeros que se interponen en mi camino. Ya estoy casi detrás de él cuando el tren se estaciona. Subimos. Hoy va a ser imposible sentarse. El tren ya viene casi lleno.
Me mira. Le miro. Nos sonreímos.
- Buenos días ¡Cuanta gente hoy!.- le digo.
- Sí. Toda la del tren anterior.
Estamos situados cerca de una de las puertas, muy juntos, cogidos a la barra. Su mano está al lado de mi mano. Al final me alegro de que el tren vaya tan lleno, tiene más morbo, puedo estar casi pegada a él. Me invade el aroma de su cuerpo, podría reconocerle con los ojos cerrados, sólo con olerle. Me gustaría preguntarle tantas cosas, pero... de nuevo el silencio, no sé qué decirle. Es bastante más alto que yo, miro hacia arriba y me encuentro con sus ojos. Sonreímos. Miramos hacia las puertas. Se ve la playa a través de los cristales. Pronto llegará el verano. Me observa al llegar a San Vicente.
- No, hoy no me bajo aquí- le digo adivinando sus pensamientos- sigo hasta Barcelona.
- Ah, bien.
- Una entrevista de trabajo...
El sonido de su móvil interrumpe nuestra incipiente conversación.
- ¡Buenos días, preciosa! ¿Cómo estás hoy?
¡Dichosa inoportuna!, ahora que me había animado a hablar..., ¡Cómo me gustaría que me dijese: “¡Buenos días, preciosa!”, con ese tono de voz, tan varonil y tan tierno a la vez..! El rostro de él se ensombrece de repente.
- Estela, ¿qué te he dicho siempre? No vuelvas a pensar en tomar pastillas, aparca el prozac y el lexatín, tira todos los comprimidos que tengas. Te he dicho mil veces que lo que tienes que hacer es enfrentarte a los problemas y solucionarlos, de uno en uno. El tomar pastillas lo que hace es atontarte para que pases el día como un zombi. No, no llores. Luego te llamo. No te oigo bien.
Estamos llegando a Vilanova.
- Bueno, yo me bajo aquí. Adiós.- me dice.
Se abren las puertas. Se guarda el móvil en el bolsillo y al apearse y poner el periódico bajo el brazo un libro que debía llevar dentro cae sin que se de cuenta. Lo recojo.
- Eh, se te ha caído...- pero, con el bullicio de la gente, no me oye. Se cierran la puertas y el tren reemprende la marcha.
Miro el libro, parece una novela: “Entre la niebla” por Estela Sandoval. ¿Estela? ¿La misma Estela con la que estaba hablando? Me siento en uno de los sitios que han quedado libres. Me intriga conocer la historia que ha escrito esa mujer. Abro el libro. En la portada una dedicatoria: “Para ti, que me has hecho salir de la niebla, mi psicólogo, mi amigo... mi amante... con todo mi amor: Estela”.
¡Vayaaa!! En esta dedicatoria está la respuesta. Deben haberse conocido en la consulta de él, ella sería su paciente y ha acabado convirtiéndose en su amante... pero... eso no es muy ortodoxo. No creo que esté bien visto que un psicólogo se haga amante de su paciente. Y... si son amantes, es que uno de los dos, o los dos, están casados. Durante el trayecto que me queda empiezo a leer... Es la historia triste y melancólica de una pintora que pinta cuadros de niebla. Me suena algo el nombre: Estela Sandoval... creo haber visto anunciada alguna exposición de ella, algo así como: “la pintora de las nieblas”.
Probablemente sea una especie de autobiografía.
La entrevista ha resultado bastante positiva, creo que me cogerán y a partir del mes que viene, voy a trabajar a Barcelona. Perderé más tiempo en el viaje, pero el sueldo está mucho mejor. Además, podré verle durante más tiempo. ¿Estará casado? ¿será el típico marido adúltero que se enreda con cualquier falda? No lo parece. En el viaje de vuelta acabo de leer la novela. Se percibe que, mientras la escribió, la pintora pasó de un estado depresivo a una etapa de esperanza e ilusión “creo que voy a dejar de pintar nieblas”; así acababa la novela, como preludio de una etapa de color, desterrando definitivamente todo lo gris y ceniciento. Claro, él la ha ayudado a salir de la depresión. Pero... en su última conversación... parecía que ella tuviese de nuevo un bajón. Bueno, y ¿quién no lo tiene? Yo misma, cuando estoy con el síndrome premenstrual. ¡Esto de ser mujer...! En fin, mañana le doy la novela y a ver si podemos hablar un poco más. Le pediré algún consejo. Se nota que es un buen psicólogo, y... si además te alegra el cuerpo...

Se ha quedado muy asombrado al ver la novela, esta mañana. En cuanto le he visto en el andén me he dirigido a él y se la he dado.
- Se te cayó ayer, con las prisas, y la aglomeración de gente...
- Muchísimas gracias.
Me mira con cierto nerviosismo. Estará pensando que probablemente la he leído, sobre todo la dedicatoria. Pero... no me lo pregunta. Esta vez guarda el libro en el maletín, y me sonríe. Subimos al tren y se sienta frente a mi. Es viernes.
- ¿Qué tal la entrevista en Barcelona?
- Bien, muy bien, genial.
- Me alegro.
- Gracias.
Y volvemos a quedarnos en silencio. Miro a través del cristal la playa de la Rabasada. Me encanta la playa en esta época del año, cuando todavía no hay turistas y el agua está limpia y cristalina. Veo el reflejo de sus ojos en el cristal, mirando mis piernas. Las cruzo nerviosa, aunque reconozco que me he puesto falda para él, tiene una mirada penetrante y con un magnetismo.... le veo que saca el móvil, y ... llama....¡qué fastidio el móvil de las narices!.
- ¡Buenos días, preciosa! ¿cómo estás hoy? Ayer me dejaste muy preocupado. ¿Qué te pasa en la voz? ¿Estabas dormida? ¿y... esa lengua de trapo? Estela- su voz se altera- Estela ¿qué has hecho? No, no te duermas, sigue hablando. Por Dios, te dije que tiraras las pastillas, ¡¡todas!! ¿qué te has tomado? ¡Que no has tomado nada...! No me engañes. Llama inmediatamente a una ambulancia. ¿Hay alguien contigo? ¿No? ¡¡Estela, sigue hablando, contéstame!!
Todo el coche está pendiente de su conversación. Estamos llegando a San Vicente. Se levanta asustado, blanco como el papel.
- Tengo que bajarme.
Y vuelve a marcar mientras se apea del tren. Está llamando a una ambulancia. Bajo tras él. Me quedo unos momentos a su lado sin saber qué hace ni como ayudarle. Debe estar pasándolo fatal. Al final la pintora parece que se ha querido suicidar. Por Dios que la ambulancia llegue a tiempo. Sin despedirse, totalmente desorientado y desesperado, toma un taxi y le pierdo de vista.
Durante toda la mañana en la oficina no puedo dejar de pensar en el misterioso viajero y la pintora. ¿Qué habrá pasado? ¿Le habrán hecho un lavado de estómago? Creo que es algo muy desagradable.
Es a mediodía viendo el telediario cuando me quedo atónita, no puedo creer lo que el presentador está diciendo:
“Esta mañana ha aparecido muerta en su domicilio la pintora Estela Sandoval, más conocida como “la pintora de las nieblas” Aunque se espera el resultado de la autopsia, hay indicios de suicidio. Su marido el empresario Javier Guillén ha acusado al psicólogo Germán Hidalgo de negligencia, ya que la artista estaba en tratamiento debido a que padecía psicosis maniaco depresiva. Se decreta el secreto de sumario”.
Pobre hombre, encima el marido lo acusa. Debería ir a la policía y decirles que yo estaba presente cuando él le dijo que tirara todas las pastillas. Pero... ¿por qué iba a suicidarse? Si cuando acabó la novela estaba tan feliz, parecía que lo había superado. Tengo que hablar con el psicólogo. Germán, han dicho que se llama, Germán Hidalgo. Si supiera dónde encontrarle... Tal vez en las páginas amarillas... en psicólogos..
Mi marido se queda mirándome mientras acaba su taza de café.
- ¿Qué te pasa?
- Que conozco a ese psicólogo del que están hablando, que tengo que ir a la policía.- Me levanto como una autómata, es mejor actuar cuanto antes.
- Vamos, Rebeca, tu no vas a ir a ningún lado. Si no han acusado a nadie.
- Ya, pero negligencia... cuando el pobre hombre estaba cada día hablando con la pintora esa por el móvil, aconsejándola... ¡¡que era más plasta...!!
- Y tu ¿por qué escuchas las conversaciones de los demás?.
- Mira, yo voy a ir. Te pongas como te pongas- y cogiendo el bolso salgo para la comisaría. Para una cosa interesante que me pasa, no voy a dejarla escapar...

El inspector Latorre me toma declaración. Le cuento todo lo que oí, las conversaciones con la pintora, que el psicólogo estaba conmigo en el tren y que seguro que todos los que iban en el vagón podrían corroborar lo que estaban escuchando.
- Mire señora, a la hora de dejar constancia por escrito y de hacer declaraciones mucha gente se lava las manos. Es de agradecer que usted haya venido aquí a colaborar con la justicia, pero no todo el mundo lo hace.
- Pobre chica, si él estaba hablando con ella para que le hablase y no se durmiera. Mira que suicidarse...
- No estamos hablando de suicidio.
- ¿No? Pero.. ¿¿entonces??- me quedo atónita.- Las noticias han dicho...
- Sí, que había indicios de suicidio. La autopsia ha desvelado que ingirió gran cantidad de lexatin: tranquilizantes, pero... resulta que también los tomó el gato. Lo hemos encontrado muerto.
- ¿Al gato?
- Efectivamente. El gato no se habrá suicidado ¿verdad?
- No, claro, el gato no... pero... ¿dónde quiere ir a parar?
- Mi querida señora, su testimonio nos es más valioso de lo que cree. Estamos hablando de asesinato.
- ¡Dios, asesinato! ¿quién querría matarla?.
Yo metida en la investigación de un asesinato, ¡¡esto si que es fuerte!! No me lo acabo de creer.
- Quien la mató se tomó muchas molestias para que pareciese un suicidio. Vació los comprimidos de lexatin en la leche, pero no contó con que el gato también bebía leche. Y esta mañana hemos encontrado muertos a los dos.
- Pues el psicólogo estaba hablando con ella, incluso llamó a una ambulancia...
- Evidentemente no llegó a tiempo de hacerle un lavado de estómago. Hemos detenido al marido como sospechoso. Parece ser que estaban en trámites de separación. Aunque él se declara inocente, lógicamente. En fin, la investigación sigue abierta. ¿Podemos contar con su colaboración en el juicio?
-Por supuesto. – lo digo, no muy convencida. Cuando mi marido se entere de que tengo que testificar en un juicio le da algo. Con lo poco que le gustan los líos. Pero... yo tengo que hacerlo. ¡Pobre... Germán!.

A mi marido no le hizo ninguna gracia, pero me acompañó a testificar en la vista preliminar del juicio. Podría haber hablado de la dedicatoria de la novela, que desvelaba que eran amantes, pero no dije nada, ni... nadie me lo preguntó. Germán, no merecía que se ensuciase su reputación ni su prestigio. El empresario fue acusado de asesinato. Según parece eran conocidas sus continuas discusiones y desavenencias. Se dijo que el trastorno psicológico de Estela se debía a su nefasta relación conyugal y a un maltrato psicológico. Se calificó como un caso más de violencia de género, pero había muchas lagunas que todavía quedaban por aclarar en la investigación. Gracias a mi declaración Germán quedaba libre de cualquier acusación, aunque era amigo y psicólogo de la paciente tenía una coartada. De todos modos, el abogado del empresario quiso culparle, dijo que él también era sospechoso pues era el que más se beneficiaba de la muerte de la pintora, que le había legado todos sus cuadros de niebla valorados en más de un millón de euros. Supongo que lo haría en agradecimiento al interés que él siempre tuvo por ella, y... por amor.


Han pasado casi dos años, ahora trabajo en Barcelona. Me va bien en mi nuevo puesto, he ascendido, pero... no he vuelto a verle. Probablemente dejaría su consulta en Vilanova y se establecería por su cuenta, o tal vez haya dejado de trabajar.
Sólo me queda el recuerdo de su profunda mirada, cuando acabó el juicio y se dirigió a mi. Con aquella semisonrisa encantadora, me dijo: “Gracias, Rebeca”.
El ave está a punto de salir del Camp de Tarragona, me acomodo y miro por la ventanilla, tengo que estar en Madrid a mediodía, mi jefe me ha pedido que arregle unos asuntos con los madrileños, confía en mi plenamente. Es un encanto. De pronto... una voz conocida llega hasta mis oídos. Está justo en el asiento de delante. ¡¡Es él!! Reconocería su voz entre miles, su aroma entre un sin fin de aromas. Me levanto del asiento para ir a saludarle pero... me quedo helada.... al escucharle hablando por el móvil.
- ¡Buenos días, preciosa!. Si, yo también te echo de menos. No te preocupes que todo se arreglará. Tienes que solucionar tus problemas uno a uno. Tienes que pensar en positivo... Si, Alejandra, no te preocupes, mañana nos vemos.
Y... a su lado, una mujer... De repente me doy cuenta, lo veo todo claro... Me derrumbo en mi asiento como fulminada por un rayo.
El abogado del empresario tenía razón... y yo piqué como una pardilla. Podía haber fingido perfectamente su última conversación por el móvil. Había sido él el que había puesto los tranquilizantes en la leche. Debía saber que el marido no estaba en casa. Podía haber estado con ella el jueves por la noche, ya que, como psicólogo y amigo, la estaba ayudando, y vaciar las cápsulas de lexatin en la leche. Luego solo quedaba esperar. Tal vez ni siquiera habló con Estela aquella mañana... Y... ¡me había llamado Rebeca!. Cuando hice la declaración en la comisaría, firmé como Carmen R. Vázquez y en el juicio, se me llamó en todo momento Sra. Vázquez, no Rebeca. Sólo mis amigos y conocidos me llaman así. ¿Había estado investigando sobre mi?. ¿Me había manipulado para que me sintiese obligada a intervenir en su defensa...? Me arrellané en el asiento y cerré los ojos aturdida, recordando el magnetismo de sus ojos negros, su mirada profunda y su semisonrisa cuando me dijo:
“Gracias Rebeca”... me llamó... Rebeca.

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martes, 4 de noviembre de 2008

RASHIA... y otros relatos...

Rashia (Rashia I parte)
Sandra (Rashia II parte)
Germán (Rashia III parte)

Mi amiga la infiel.

Ángel o diábolo.







Rashia



Germán se desperezó en el sofá, se había quedado dormido viendo aquel programa tan aburrido. Sus manos buscaron el pelaje sedoso de Rashia y hundió los dedos en el calor de su lomo. La gata se arrellanó y ronroneó con aquel sonido gutural que tanto le gustaba, todo su cuerpo vibraba con él. En un giro gracioso se volteó dejándose acariciar la barriguita blanca y aterciopelada, le cogió la mano con sus patas y se la llevó a la boca para morderle en un jugueteo mimoso. Luego le pasó la lengua por los dedos, aquella lengua áspera, rugosa y fuerte que no cesaba nunca de limpiar su pelaje dorado dejándolo brillante y reluciente como los rayos del sol.
Germán le cogió la cabecita entre las manos y la miró a los ojos, aquellos ojos verdes, claros, como un mar abierto en una cálida tarde de verano. Le gustaba estar así, sintiendo el calor de su cuerpecito y su ronroneo mimoso. Rashia era su mascota desde hacía casi un mes, se la había regalado su novia para que le hiciera compañía mientras ella estaba ausente durante un curso de especialización en Inglaterra. Aunque al principio le había costado acostumbrarse a sus brincos sobre la encimera de la cocina, a la invasión de sus pelos por todo el piso, ahora no podría vivir sin contemplar su andar sigiloso y elegante por toda la casa, sin el calorcito de su cuerpo mientras veían la tele en el sofá, sin aquella mirada ausente y enigmática con que contestaba a todos sus reproches. Ahora ya no podría estar sin el roce de su lomo entre sus piernas cuando tenía ganas de que la cogiera y la mimara.
Rashia se levantó de su regazo y dio un salto. Así era ella, se dejaba acariciar hasta que otra cosa le interesaba más. Y en este caso sus sensibles oídos habían percibido el maullido ardiente y quejoso de un gato en celo en aquella noche fría del mes de febrero. Se paseó impaciente por la puerta de cristal que daba a la terraza, contestando a aquellos sonidos con otros más fuertes que salían desde el centro de su garganta, desde el fondo de sus entrañas gatunas que deseaban una noche de amor salvaje. Una vuelta, otra vuelta, se paró y volvió los ojos a Germán.
“Debería llevarla al veterinario para que la esterilice, ya me lo dijo Sandra: tendrás que hacerlo o cualquier noche se te escapará y volverá preñada, en Febrero empieza la época de celo, es el mes de los gatos. Sí debería hacerlo pero... me gusta tanto verla así”
Rashia se movió impaciente, mirando a la luna llena que la iluminaba vibrante a través de los cristales, como vibraba su cuerpo y su garganta. Bajó el lomo y agachó la cabeza poniéndola entre las patas delanteras mientras las traseras se estiraban y en una contorsionada lordosis, su espalda se arqueaba elevando la grupa, levantando el rabito y mostrando su sexo inflamado y dispuesto, mientras un movimiento acompasado de vaivén de sus patas acompañaba una danza sensual y excitante.
Germán sintió que, inexplicablemente, su miembro se endurecía observando la cálida escena, escuchándola exhalar aquellos quejidos largos y profundos que suplicaban la satisfacción de sus instintos.
-Ven aquí Rashia, ven. No vas a salir, no sigas que no vas a salir, anda ven.- le susurró mimoso.
Ella se volvió hacia él y estirando sus estilizadas patas se dirigió hacia el sofá con aquellos movimientos gráciles y elegantes como si de una modelo de pasarela se tratase. Saltó sobre su regazo y le miró a los ojos mientras su cuerpecito y su cabeza se rozaba y rozaba contra su pijama. El la acarició en la frente y ella cerró aquellos grandes ojos cuyas pupilas se estrechaban cada vez más.
-Lo siento Rashia, no puedes salir. A mi también me gustaría pasar una noche loca con una mujer pero...¡¡¡ hay que fastidiarse!!!! Así que, a dormir. Anda te dejo que te vengas a mi cama- añadió levantándose y dirigiéndose a su dormitorio- Aunque luego me cabree por ser tan blando contigo y me encuentre pelos tuyos entre las sábanas.
-Ojalá fueses una mujer Rashia, o yo fuese un gato. ¡¡¡Ojalá!!!
Y acariciando su lomo se quedó dormido mientras Rashia con los ojos cerrados y en penumbra masajeaba su pecho con sus patas delanteras una y otra vez.
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Un rayo de luna se filtró entre las cortinas azules de la habitación para tocar el pelaje suave y dorado de Rashia, envolviéndola en una aureola blanca y mágica. Germán no pudo observar como poco a poco el pelo de la gata fue desapareciendo y creciendo solamente en su cabeza formando una cabellera larga y ondulada, como sus garras blancas y sus uñas retráctiles se convirtieron en finos dedos, como sus patas se estiraron hasta formar unas deliciosas piernas estilizadas y arqueadas. Como su lomo se ensanchó, convirtiéndose en una espalda que se pegó a su pecho para buscar su calor y como sus nalgas calientes y excitadas se acoplaron a su sexo que se endureció con la presión. Y maullando quedamente, pegada al hombre que era su amo, sin darse cuenta de su mágica transformación se quedó profundamente dormida.
Germán entreabrió los ojos y volvió a cerrarlos, pasó su mano por la cintura desnuda de Rashia y murmuró.
- Mmmm, Sandra.- su mano se detuvo justo en el ombligo de la muchacha, hasta que su mente enlazó una neurona con otra para dar un salto e incorporarse en la cama mirando boquiabierto a la mujer rubia que dormía desnuda a su lado.
“Estoy soñando- pensó. Abrió la luz de la mesita de noche, se dio un tortazo en la cara y se levantó de la cama.- Estoy soñando”- se repitió.
Fue hacia el cuarto de baño, se lavó la cara, se mojó los negros cabellos, echándolos hacia atrás, se restregó los ojos y, miró hacia la terraza, todavía era de noche, sábado por la noche. La luna llena, espléndida y blanca parecía burlarse de él. La noche era clara. Tímidamente, casi con miedo volvió a la habitación. Sí, ahí estaba. ¿Quién era esa mujer? ¿Había bebido y no recordaba haber pasado la noche con ella? No, estaba sólo en casa con Rashia.
- Rashia- susurró buscándola, con miedo de despertar a la bella desconocida.- Rashia- repitió.
Fue hasta su camastro pero no estaba, ni rastro de su gata. Volvió a la habitación y miró por debajo de la cama.
- Rashia- murmuró.
La muchacha que estaba durmiendo se estiró entre las sábanas. Germán se levantó despacio y se quedó observándola. Iluminada con la tenue luz de la mesilla de noche pudo apreciar su rostro de facciones redondeadas, sus pómulos sonrosados, su nariz pequeña y graciosa, sus cejas doradas, como su pelo, la piel sonrosada, los labios finos y pequeños. Se dio la vuelta girando sobre si misma y dejó al descubierto su espalda firme y musculosa que acababan en unas nalgas pequeñas y unas caderas redondeadas formando una curva voluptuosa.
-Señorita- intentó despertarla sigilosamente. Igual era una sonámbula que se había colado en su dormitorio, pero, ¿por dónde había entrado? La ventana estaba entreabierta pero... estaban en un séptimo piso. - Señorita, despierte- repitió tocándola en el hombro, pensando que quizás así, si estaba soñando, su sueño se desvanecería y despertaría.
La muchacha se giró y abrió los ojos, unos ojos verdes, claros, que le miraban como si le conociesen de siempre, sin mostrar ningún temor.
-Señorita, ¿qué hace aquí? ¿Es sonámbula? ¿Cómo va por ahí desnuda con el frío que hace? Menos mal que tengo la calefacción puesta- añadió tapándola. Ella atrapó velozmente la mano entre las suyas y empezó a lamerla.
Germán se quedó boquiabierto. Sin poder mover ni un solo músculo. Abrió los ojos desmesuradamente y encendió la otra luz de la habitación. Ella se detuvo, dejó de lamer y clavó sus ojos en los suyos, unos ojos grandes e inocentes, rasgados, con unas pupilas...¡¡¡Dios mío!!! ¡¡¡No podía ser!!! ¿¿¿Cómo era posible???
- ¿¿¿Ra... shia???- preguntó vocalizando despacio.
Ella se dio la vuelta y echó las sabanas a un lado mostrando toda la belleza de un cuerpo elegante, estilizado... Germán no daba crédito a lo que sus ojos estaban viendo.
-Rashia, ¿eres tú?- repitió despacio con miedo a romper el hechizo que debía haber transformado a su gata en la mujer que siempre había visto en ella.
Poniéndose a cuatro patas sobre la cama se estiró como solía hacer siempre que despertaba, primero las patas delanteras, es decir, los brazos, estirando la cabeza y el cuello entre ellos, muyyyy estiradassss, luego la espalda seguida de las piernas. Muyyyyy estiradassss. Sólo después de esta gimnasia vespertina le miró. Él se había sentado en la cama, boquiabierto, con el pijama semidesabrochado y el pelo mojado. Algunas gotas quedaban todavía sobre su cara. Rashia puso su mano sobre la cabeza del estupefacto muchacho y acercándose le lamió la cara, el cuello... y empezó a ronronear, rozándole, rozándole, una y otra vez.
-rrrrrrrrrr- con un sonido excitante, muy muy excitante.
Germán acabó de desabrocharse la prenda superior del pijama y quitándosela se tendió en la cama creyendo desmayarse de un momento a otro. Ella se deslizó sobre él mimosa, restregando su cabeza bajo su mentón, una vez y otra vez, sus manos sobre su pecho empezaron a masajearle, como había estado haciendo antes, primero una mano abierta presionando su pecho, luego la otra abierta y cálida, muy cálida. Un calor sofocante, le abrasaba, su sexo se endurecía por momentos levantando su pantalón. Germán se deshizo de él con un movimiento de sus manos. Tenía miedo de tocarla, se dejaba hacer expectante, deseándola. Dios como deseaba a esa hembra gatuna fruto de la magia de la noche.
Rashia empezó a lamerle mientras no cesaba de masajearle con sus manos, Germán le acarició el pelo enredando sus dedos, con cuidado, con mucho cuidado. Tomó su cara y la sujetó con ambas manos.
- Rashia. Dios, ¡¡¡qué hechizo te ha transformado en mujer!!! ¿Estoy soñando?
La miró a los ojos, tan sólo aquellos ojos felinos con las pupilas estrechas y alargadas como dos espadas quedaban de su naturaleza animal. Ella le miró y siguió maullando.
- No sabes hablar, claro.
Sus manos se deslizaron por los brazos delgados que seguían sobre él, a cuatro patas, mirándole, mimosa, bajando de vez en cuando su pecho sobre él para restregarse, una y otra vez, con suavidad, con ternura, con sensualidad, masajeando con sus manos su pecho, su estómago, transmitiéndole una excitación jamás experimentada con ninguna mujer. Germán se deslizó bajo su cuerpo y acarició sus pechos, redondos, turgentes, firmes, y atrayéndola hacia él por la cintura lamió las aureolas sonrosadas y rosadas, con cuidado, con miedo a que se desvaneciese, ella arqueó la espalda y se pegó a él. Su corazón latía aceleradamente, como un caballo desbocado y su respiración se agitaba. Germán rodó sobre ella y la enlazó con las piernas para estrecharla con pasión, succionando sus pezones, amasando sus glúteos. Nunca había deseado tanto a una mujer, una felina mujer. Ella se contorsionaba y forcejeaba intentando salir del abrazo, pero su lucha le excitaba aún más, era como domar a una fierecilla salvaje, a una pantera. Sus uñas se clavaron en su espalda desgarrándola.
- Rashia no, estate quieta.
Recordó que no podía poseer a la gata contra su voluntad, ella era así, era Rashia, su gata. Sintió el estremecimiento de su vientre junto a su piel, su respiración jadeante, sus contorsiones para liberarse de la presa de sus piernas y poco a poco fue deshaciendo el abrazo hasta soltarla. Ella saltó de la cama y se agazapó tras las cortinas, mirándole fijamente, abriendo la boca y exhalando un maullido de advertencia.
- Fffffffffffff.
Estaba a cuatro patas en el suelo, con la espalda arqueada y la melena cubriéndole la cara, en actitud amenazante, terriblemente salvaje y preciosa.
- No te asustes Rashia, vuelve.- murmuró él desde la cama.- soy yo. Perdóname, no te asustes. Sólo quiero acariciarte.
Bajó de la cama lentamente y se acercó a ella. La muchacha retrocedió sin dejar de mirarle ni darle la espalda. ¿Qué podía hacer? ¿Y si le daba de comer? Pero... era una mujer, no podía darle comida de gatos. Un poco de leche, eso iría bien.
Como si no la viese se acercó a la puerta y fue hacia la cocina. De soslayo vio que la muchacha, semioculta tras la cortina, le seguía con la mirada. Había dejado de maullar y la tensión de su espalda estaba desapareciendo.
Ya en la cocina la llamó.
- ¡¡Rashia, ven!!, ¿¿quieres un poco de leche?? – le escocía la espalda. Sería mejor echarse un poco de alcohol. Dejó el plato con leche en el suelo y se dirigió al cuarto de baño.
Abrió el armario y cogió el frasco, escanció una buena cantidad sobre su espalda y se miró en el espejo. ¡¡Dios cómo escocía!! ¡¡Vaya arañazos!!! Menos mal que cuando viese a Sandra el mes que viene ya se habrían curado si no, ¿¿¿cómo explicárselo??? Salió del cuarto de baño y volvió a la cocina, casi esperando que fuese su gata y no aquella muchacha salida de la nada la que se estuviese bebiendo la leche. Pero... no, allí estaba de rodillas y con la cabeza agachada, con la melena cubriendo su espalda, bebiendo a pequeños sorbos la leche. Su pene, que había vuelto a su estado de reposo, adquirió de nuevo una erección al ver las nalgas de la muchacha en esa postura y su sexo ofreciéndose delicioso. Curiosamente no tenía vello, se mostraba tal cual con unos pequeños labios sonrosados y apetitosos.
Ajena a su mirada Rashia seguía lamiendo el plato, con las manos apoyadas en el suelo y sentada sobre sus muslos, parecía más tranquila. ¿¿Y si...??? Sabía que le encantaba la leche condensada, a veces le ponía un poquito en el plato y se entusiasmaba hasta acabársela toda, disfrutaba y siempre pedía más. Fue hacia el armario y buscó la lata. Allí estaba, todavía quedaba un poco.
Se acercó a ella y se puso de rodillas, al lado del plato y frente a ella.
- Mira Rashia, ¿te gusta verdad?.
Ella levantó la cabeza y olisqueó el bote. Germán tenía su miembro a la altura de su cabeza y escanció el azucarado elemento sobre él. Ella siguió olfateando y sacando la lengua la pasó una y otra vez recorriendo toda la longitud de su pene con movimientos rápidos. Afortunadamente su lengua no tenía la aspereza de la de una gata sino la suavidad de la de una mujer.
-Sigue así Rashia.
La muchacha estaba disfrutando de aquel manjar dulce y denso y no cesaba de pasar la lengua una y otra vez sobre su falo que estaba adquiriendo una dureza extraordinaria. El le acarició la cabeza. Ella colocó sus manos en las caderas de él para tener más controlado su manjar.¡¡Dios, qué delicia!!!. De pronto un sonido la hizo detenerse y volver la cabeza hacia la terraza.
-No Rashia, no pares ahora.
Pero ella había bajado las manos y se dirigía hacia la terraza, el maullido del gato en celo se escuchaba de nuevo resquebrajando el silencio de la noche. Y levantando las manos, apoyándolas en el cristal, se puso de pie. Miró hacia fuera y respondió a la llamada con un grito quejoso, un lamento cadencioso largo y profundo. Estaba preciosa así erguida, desnuda, con las piernas separadas, como dos columnas, culminadas por unas nalgas ligeramente levantadas, incitantes, hacia atrás, que mostraban y agitaban su sexo. Tenía un cuerpo de locura, Germán la siguió y se colocó tras ella. Sus manos acariciaron su pecho y pellizcaron sus pezones, duros y erizados, como botones de nacar. La besó en el cuello, con miedo a que se asustara como antes, muy despacio, ella echó la cabeza hacia atrás y movió sus caderas, se arqueó para rozar las nalgas con su miembro. El le abrió los glúteos para cobijarlo entre ellos. Eran duros y fuertes y su calor le excitó hasta querer poseerla urgentemente. ¡¡Dios qué delicia!!! La apretó contra él cogiéndola por las caderas.
- Rashia, mi dulce gatita.- la siguió besando en los hombros, mientras sus manos recorrían su cuerpo, hambriento de ella, le apartó la larga melena dorada y le lamió la nuca. La mordió suavemente. Ella se quedó paralizada por unos momentos al sentir la presión de sus dientes. Germán deslizó los dedos por su vientre y se adentró en su pubis. ¡¡Qué piel tan delicada!! Siguió bajando hasta llegar a la hendidura de su vulva, con cuidado separó los pequeños labios e introdujo un dedo, dos dedos, en la humedad de aquella gruta misteriosa.
Eran unos labios que se movían, rítmicamente, su interior se abría y se cerraba espasmódicamente. Ella seguía quieta, bajo la presión de aquella boca en su cuello.
La tomó en brazos aprovechando su inusitada docilidad. Intentó maullar, imitando el sonido del gato nocturno que la había seducido. No parecía difícil, era un sonido que provenía de la garganta. Ella le miró y contestó a su reclamo pasando la lengua por su cara. El hizo lo mismo, engarzando aquella lengua suave y dulce con la suya. La llevó hasta la cama sin dejar de maullar como un gato en celo. Era su lenguaje. No había otro. Ella se colocó tal y como la había visto antes, cuando era una gata, con la cabeza baja, entre los brazos y arqueando la espalda en una lordosis increíble, elevando los muslos, para mostrar un sexo inflamado y lubricado entre unos glúteos fuertes y redondos, sonrosados.
Germán quedó hechizado ante ese fruto que se abría como una flor, que emanaba un fuerte aroma de sexo salvaje. La tenue luz de la luna iluminaba el cuerpo de la muchacha que empezó un baile lento y acompasado de sus caderas, y sus muslos, moviéndose muy despacio. El se colocó tras ella y pasó la lengua por aquellos labios pequeños y prietos, inflamados de deseo. Ella gemía. El flujo mojaba su entrepierna, sus muslos. El siguió con su lengua, apoyando las manos en sus caderas, adentrándose en aquella hembra gatuna que le estaba volviendo loco de deseo, que se agitaba voluptuosamente. Hasta que, sin poder controlarse más la tomó por las nalgas y penetró con su falo, duro, palpitante, en aquella cueva desconocida que formaba su vulva, en aquella cavidad desbordante de rocío que daba paso al interior de sus entrañas. Ella levantó la cabeza y volvió a bajarla empujando a la vez contra su pelvis para sentirle más adentro, más profundamente. Germán sintió las paredes de su vagina apretando su pene, se movían, se estrechaban y se agrandaban, se abrían y cerraban, una y otra la vez. La siguió penetrando, entrando y saliendo en un movimiento salvaje, sintiéndola acoplarse a su verga como ninguna otra mujer. Eran sólo un cuerpo, en una canción de sonidos, sudando, jadeando, dominándola, totalmente entregada a él. Germán echó el cuerpo hacia delante y le abarcó los pechos con las manos. Ella se retorció al sentir el peso del hombre sobre ella, al sentirse aprisionada. La mordió en la nuca, dominándola, clavando sus dientes en ella, montando a la hembra, que cedió a su imposición, dócilmente. Germán exhaló un profundo gemido al sentir la eyaculación más bestial de toda su vida. Y tras unos instantes se relajó totalmente sobre ella. ¿Cómo sentirán las gatas? ¿Se habría quedado satisfecha?
Le dio la vuelta y la miró a los ojos, aquellos lindos ojos, claros, inocentes que parecían centellear.
- Rashia, eres tan bella, eres tan mujer...
Y tomando su cara entre las manos la besó, una y otra vez, dulcemente primero, con pasión después. Su boca fue bajando por su cuerpo, lamiéndolo, el cuello, el pecho, la delicada piel de su vientre, hasta llegar a adentrarse en la fina tibieza de su pubis. Giró y cogiéndola por las caderas volvió a lamer aquellos delicados labios de su vulva, que continuaba inflamada y palpitante. Ella hizo lo mismo con su sexo, sujetándole por las nalgas y pasando su lengüecita con movimientos rápidos por toda su entrepierna, sus testículos, su perineo, su pene, su vientre. Su falo tomó de nuevo la erección intensa y extrema. ¿Y si la tomaba por delante? ¿Se dejaría?. ¿O se asustaría y lucharía como antes?
Se colocó sobre ella, la miró a los ojos y sintió su vientre estremecerse. Le apartó el cabello, la mordió en el cuello y rápidamente la poseyó de nuevo. El aroma que desprendía era tan excitante, tan afrodisíaco que la embistió salvajemente sin que ella ofreciera la más mínima resistencia, sintiéndose el macho dominante que monta a la hembra en celo.
- Rashia, mi gatita, mi princesa.
Su pelvis se movía rápida y profundamente hundiéndose en sus entrañas, su vagina le acogía de nuevo y su vientre se pegaba a él, moviéndose como una mujer apasionada y ardiente. El aflojó la presión de sus dientes para sentirla enloquecer bajo su pecho, jadear, gemir, retorcerse, ¡¡¡gritarrr!!!! En un intenso grito que estremeció la noche, gritó...¡¡¡como una mujer!!! Alcanzando un orgasmo que la hizo agitarse en fuertes convulsiones, él siguió bombeando fuerte sobre ella, quería oírla de nuevo. La besó en la boca, le mordió los labios con frenesí. Era Rashia, su mujer, su princesa felina. La siguió penetrando una y otra vez sintiendo su cuerpo agitarse y enloquecer con aquella cópula salvaje. Y de nuevo volvió a gritar, arañando su espalda y mordiéndole el cuello, bramando al alcanzar un profundo éxtasis. Germán se derramó dentro de su cuerpo y quedó extenuado, relajado, sobre la ardiente muchacha, que había quedado sudorosa y trémula bajo su pecho. Y así abrazados uno junto al otro, se quedaron s profundamente dormidos.


Un fuerte rayo de sol incidió en sus párpados obligándole a abrirlos.
“¿Qué hora es?, ¡¡debe ser muy tarde!!” Una sonrisa feliz se dibujó en sus labios recordando de repente la noche pasada. Se pasó la mano por el cabello. ¿Lo había soñado?
Miró a su alrededor y buscó a su gata, o... a la mujer.
-¿¿¿Rashia???’
Todavía estaba adormilado. Seguramente fue un sueño. Su gata dio un brinco y se acercó a él. Germán sonrió.
- Estás aquí, ja ja ja- le acarició el lomo- ¡¡si supieras lo que he soñado esta noche...!!
Se levantó y se dirigió al cuarto de baño. Se lavó la cara y se miró al espejo, su sorpresa fue mayúscula cuando se dio cuenta de una pequeña herida en el cuello, de... ¿un mordisco? Se giró y... su espalda estaba totalmente marcada con profundos arañazos. ¡¡Dios mío, no ha sido un sueño!!
- Rashia- se dirigió hacia la gata que estaba en la cocina esperando su ración de leche. Se agachó y le cogió la cabeza con las manos, allí estaban sus ojos verdes. Inspeccionó su cuello, sí, efectivamente, tenía marcadas la huella de sus dientes, en una pequeña herida entre el pelaje dorado.
Tremendamente aturdido se sentó en el sofá. La gata saltó sobre su regazo y ronroneó mimosa. Le pasó una mano por el lomo sedoso y acarició su cabecita.
- ¡¡Ay, Rashia, mi mujer felina, mi princesa...!!!- suspiró- Tal vez haya que esperar otra noche de luna llena.



(Emitido por radio en el programa Calents y contents, en ona cat fm el 14 de noviembre de 2008:
http://www.ona-fm.cat/calents.asp : Blocaire calenta: Rebeca 14.11.08)
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Sandra (Rashia II)

Sandra se apoyó en el porche de su casa de campo, había llegado hacía tres días, escapando de la atmósfera tensa y turbia de la ciudad. Hacía calor, estaban en pleno mes de julio. Rashia se paseó inquieta entre sus piernas. No entendía el interés que su novio, Germán, le había cogido a su mascota. Desde que la dejó con él aquel invierno, no quería separarse de ella y había puesto muchas excusas antes de devolvérsela. Sobre todo esta semana había insistido mucho en que la dejase con él. Al final había quedado en reunirse con ella para pasar juntos el fin de semana.
Sandra se desabrochó la blusa y pasó su mano por el escote sudado y húmedo, tal vez una ducha antes de dormir la refrescaría. Entró en la casa y se dirigió al cuarto de baño, Rashia la siguió rozando sus piernas, mimosa. Ella había insistido, pero Germán no había consentido en llevarla al veterinario para esterilizarla, así que, aunque le daban pastillas anticonceptivas, había que tener cuidado de que no se escapase cuando estaba en celo. De momento... parecía que el peligro había pasado, últimamente se la veía tranquila.
El agua de la ducha se expandió por su cuerpo sudoroso. Enjabonó sus cabellos y masajeo su cabeza. ¡¡¡Mmmm, qué delicia!!! Echaba de menos a Germán. Le gustaba sentir sus manos cálidas y apacibles recorriendo su piel, rozándola casi sin tocarla, excitándola hasta hacerla sufrir. Menos mal que sólo faltaban dos días para que llegase.
Recorrió con el guante de crin sus piernas, la curva de sus caderas, los muslos..., lo dejó sobre la bañera y empezó a acariciarse los senos, el vientre, el pubis, enredando sus dedos en el suave vello que apenas poblaba el monte de venus, dejando que el agua corriese libre por los recovecos de su cuerpo...
Unos minutos más y salió secándose el pelo y cubriendo su cuerpo con una toalla. Se sentó en el sofá, Rashia estaba mirando hacia fuera, con las patas delanteras apoyadas en el quicio de la ventana de la sala. Se había hecho de noche y la luna brillaba esplendorosa y plena, grande y fascinante, como nunca lograba verla en la ciudad. La gata empezó a moverse inquieta, y un maullido hondo y lastimero recorrió todo su ser felino. Sandra se levantó y fue hacia ella.
-Vaya, Rashia, vuelves a estar en celo. No debí traerte, tenía razón Germán, aquí no voy a poder dejarte encerrada.
Se apoyó en el dintel de la ventana abierta. Hasta ella llegaba el olor de la dama de noche que había en el jardín. Acarició con la mano la cabecita de la gata que volvió la mirada hacia ella. En sus ojos había destellos, destellos de luna llena y sus pupilas se fueron haciendo delgadas, estrechándose, cada vez más. Abrió la boca y emitió un maullido que estremeció a Sandra. Sus ojos negros se quedaron hipnotizados por los verdes de la gata, no podía apartar la vista de sus pupilas, de su reflejo, otro maullido largo, sensuallll y todo su ser se estremeció de nuevo, la toalla cayó al suelo, y un rayo de luna iluminó su cuerpo desnudo.
“¿Qué me está pasando?”, algo muy extraño empezó a sucederle, Rashia seguía sin dejar de mirarla y ronroneaba con ese maullido gutural e hipnotizante. Sandra sintió como su cuerpo empequeñecía y de pronto se vio en el suelo a cuatro patas, mirando a la gata. La luna seguía brillando grande, blanca, inmensa y un haz de luz se posó sobre sus cabezas para transformarlas en una sola, Sandra, sin saber cómo ni con qué hechizo se adentró en el cuerpo de Rashia, sus pupilas se estrecharon y su mirada se volvió hacia el jardín; su vista había adquirido la profundidad de un lince, podía ver cualquier pequeño detalle, las hojas de la dama de noche, las pequeñas gotas de rocío, multitud de alimañas moviéndose entre el follaje... y... su olfato... podía captar el más mínimo olor, que llegaba hasta ella intenso, fuerte, olor a madreselva, a tomillo, a malva... olores mezclados que llegaban a embriagarla. Se miró las manos y vio unas patas doradas y peludas. ¡¡¡Vayaaa!!! podía controlar sus uñas, se asomaban y retraían según su voluntad. Estaba fascinada. Asombrada. ¿Cómo era posible toda aquella metamorfosis? Miró alrededor. No, Rashia no estaba, ¡¡¡ella era Rashia!!!!. Quiso hablar y sólo pudo articular un maullido hondo, profundo, que salía de su garganta. Estiró las piernas, con una flexibilidad desconocida para ella, y su espalda se arqueó en una lordosis increíble. ¿Estaba soñando? Estiró los brazos, se sentía ligera y ágil, fuerte y vigorosa. Dio un brinco y subió al quicio de la ventana. Miró alrededor y un afán de aventurarse en aquella espesura se adueñó de su alma intrépida y felina. Pero...estaba un poco alto para saltar. Miró hacia abajo, al césped, ¿dos metros?, calculó mentalmente la distancia, sabía que podía, analizó la flexión que debía imprimir a sus rodillas y la potencia con que debía ejecutar el salto para caer sin ningún problema y... así lo hizo, una flexión, un estiramiento, un saltoooooo y... ¡¡¡hopppppp!!!, se sintió la acróbata más bella y espectacular, sus patas aterrizaron en el mullido y húmedo césped. Tenía una sensibilidad extrema en las plantas de los pies, era como caminar sobre almohadillas, pero percibiendo cada milímetro de hierba. Un paso, dos, un nuevo brinco y se deslizó sobre el seto que delimitaba el jardín con la espesura del bosque, miles de ruidos llegaban hasta sus delicados oídos, podía mover sus pabellones auditivos para dirigir su atención hacia uno u otro lado. Olfateó el aire con su hocico húmedo y pequeño pero experto e inteligente, olía a resina, a olmo, a tierra mojada, a humedad, a hierbabuena...
“Estoy soñando- pensó Sandra- ¡que cosas tan graciosas se sueñan!!, ahora me despertaré en mi cama y vendrá Rashia de un salto a lamerme la cara”
Algo se movió entre el follaje del bosque y con otro salto bajó del seto y fue hacia allí, su cuerpo se movía más deprisa que su mente, era ágil, veloz, decidida. Se adentró en la espesura, entre los matorrales, pisando con cuidado, vigilante, silenciosa, con elegancia. Se acercó a un árbol y se estiró clavando las uñas en la corteza, una y otra vez. Se encaramó por el tronco y de un salto subió hasta una rama, una lechuza que estaba en ella, la miró con sus grandes ojos como platos, y escapó volando. La luna seguía grande e inmensa iluminando la vegetación, y las copas de los árboles. Sandra podía percibir los pequeños cambios de colores en los matorrales, en las hojas, una variedad de tonos que nunca hubiese sospechado que existían, ni siquiera a plena luz del día. De pronto un ruido la hizo volverse y girar la cabeza. Miró hacia abajo, un enorme gato se acercaba, el sonido apenas perceptible de sus pisadas sobre la hierba llegaba a sus oídos nítido y perturbador, y un olor fuerte, salvaje, penetró en su olfato. El felino levantó la cabeza y la miró, sus enormes ojos brillaban en la oscuridad como dos ascuas de fuego. Un fuego que empezó a abrasar el cuerpo de Sandra al escuchar su maullido que la llamaba, la reclamaba, entendía perfectamente lo que le estaba diciendo, ningún hombre le había parecido nunca tan elocuente y nunca se había sentido tan dispuesta, tan locamente dispuesta. Notó su sexo abrirse, mojarse, ardiente, respondió a la llamada del enorme felino con un lamento, profundo y sensual y estirando las piernas saltó graciosamente desde la rama hasta el suelo.
El gato se acercó a ella, la rodeó olisqueándola, acercó su hocico a su sexo. Sandra percibió excitadísima el calor de su aliento rozándola, metiéndose dentro, penetrándola, y enseguida su lengua lamiendo su sexo una y otra vez, su sexo henchido, abierto. Un ruido les hizo detenerse. Otro gato, pardo, se había acercado a la pareja. El gato negro se giró y emitió un bufido para ahuyentarlo. Pero el gato pardo parecía no querer hacerlo sin antes presentar batalla. Sandra se quedó parada, expectante. ¿Iban a pelearse por ella?
Los dos gatos se miraron y se rodearon midiéndose, como dos contendientes en una pelea, eso eran, dos pretendientes que iba a batirse en duelo por ella. El gato pardo se acercó. Sandra olisqueó el aire, un aroma a macho en celo que ahora reconocía perfectamente inundaba el ambiente, la estremecía, la excitaba hasta extremos jamás sospechados. Una vuelta, dos, a su alrededor. El gato negro seguía bufando pero el pardo no parecía hacerle caso, se acercaba a ella, la rozaba con su aliento, acercaba el hocico a su culito, lo lamía. De nuevo sentía la tibieza de aquellas lenguas salvajes lubricando de saliva su vulva.
Otro bufido y el gato negro saltó sobre el pardo, enzarzándose ambos en una lucha sin piedad, una lucha por la hembra, por copularla, por poseerla.
Sandra se quedó mirando totalmente fascinada. ¿Quién quería que ganase? ¿el pardo? ¿el negro? El negro parecía tener más fuerza, era más robusto, pero el pardo era más ágil aunque más pequeño...¡¡ Le gustaban los dos!! Se sorprendió a sí misma delante de esos felinos que se mordían se arañaban y rugían como dos fieras. Otras luces centelleantes aparecieron sigilosas, caminando entre el follaje, y se unieron al grupo. Otros dos gatos.
“¡Madre de Dios!- pensó Sandra- ¡cuanto galán para mi sola!” De nuevo el olor a macho felino inundando la atmósfera, embriagándola, haciéndola maullar de deseo. Y sus cuerpos rodeándola, rozándola, oliéndola. Los dos machos que habían estado peleando se detuvieron para observar a los recién llegados que estaban acosando a su hembra.
Sandra se sentía a la vez excitada y algo asustada. Los gatos la miraban, la rodeaban, la olían y emanaban un aroma embriagador, maullaban para ella, uno a uno se aventuraban a rozarla, a olerla, a lamerla, ante el bufido amenazador de los otros. Hasta que uno de ellos, el negro, el más grande se encaró entre ella y los demás, rugiendo, erizando su pelo y arqueando el lomo. Diciendo “Esta es mi hembra, marcharos ya, yo soy el macho dominante, el que va a poseerla y copular con ella, aquí sobráis, dejadnos solos” (Al menos eso fue lo que entendió Sandra en medio de bramidos y gestos amenazantes)
Y los demás gatos así debieron entenderlo porque, echando hacia atrás fueron cediendo terreno y se distanciaron, sin dejar de mirarlos. Uno se encaramó a la rama de un árbol, otro se agachó tras unos matorrales y otro se agazapó algo más atrás tras unas hierbas.
Sandra sentía sus miradas centelleantes fijas en ella, notaba el olor de sus cuerpos, el aroma de su deseo. Pero fue el gato negro, con sus ojos ardiendo en fuego el que se acercó, la rodeó, puso su pata en su cabeza y la empezó a lamer, despacio, con ternura, el cuello, la nuca, las patas, el lomo, hasta acabar en su sexo, una y otra vez, sentía su lengua dentro, penetrándola, caliente. Cerró los ojos. ¡Iba a follar con el gato dominante!!! Y le apetecía como nunca había deseado nada igual, todo su ser se volcaba a dejarse seducir. Y poco a poco agachó la cabeza y enderezó sus patas traseras, en una lordosis increíble arqueó la espalda, ofreciéndose al macho, mostrando descaradamente su vulva receptiva y húmeda, moviendo el culito cual ramera en orgía viciosa. Fue entonces cuando el macho felino puso sus enormes patas sobre sus hombros y la montó, mordiéndola en la nuca, clavando con cuidado sus dientes, inmovilizándola con el peso de su cuerpo caliente, muy caliente y palpitante. Sandra se quedó paralizada al sentir su enorme miembro penetrándola, fuerte, duro, caliente, salvaje, su vulva estaba tan húmeda, tan rebosante de flujo que se abrió como una flor al empuje de la fiera, que entraba y salía de sus entrañas sin dejar de morderla, de aprisionarla, de dominarla. Su cuerpo se movía sobre ella, su miembro se abría paso, ensanchando las paredes de su sexo, lo abría, lo sentía penetrando en su vagina, taladrándola. El felino bombeaba, embestía, se agitaba, hasta que Sandra rugió de placer al sentir el empuje del semen del macho estallando, fluyendo, desbordándola, consiguiendo un intenso y bestial orgasmo, como nunca había experimentado, electrizante, salvaje, sintiéndose hembra, poseída, dominada, seducida, copulada. Y el macho empezó a lamerla ahora, sacando ya su miembro de ella, siguió lamiendo su sexo, inflamado, henchido, rebosante de lujuria.
Los otros gatos se acercaron, ninguno se había perdido ni un detalle de la cópula.
Sandra se recostó en la hierba, con las piernas temblando todavía, y el sexo palpitante. Cerró los ojos. Su vulva seguía inflamada, y los gatos se acercaron, los percibía cerca, muy cerca. El gato negro se retiró a cierta distancia, lamiéndose. Sandra notó el aliento de los felinos cerca de su hocico, de su pelaje, de su sexo, y sus lenguas lamiéndola, limpiando su pelaje, una y otra vez, uno pasó su lengua por su cara, por la nuca, el lomo, otro por los brazos, otra entre las piernas, las abría, volvía a lamer su sexo. El calor de sus cuerpos la envolvía, el olor a deseo inflamaba su olfato, la hacía arder y su cuerpo pedía más... y más... y más. Y un maullido salió de sus entrañas, hondo, profundo, abrió los ojos y se encontró con los ojos azules de uno de los gatos, un gato blanco. Pero fue el pardo el que la montaba ahora, le mordía la nuca, la embestía, la copulaba salvajemente, se movía dentro, estallaba en un torrente de semen arrancándole un bramido en un intenso orgasmo, bajo la mirada atenta de los otros dos gatos.
El macho pardo se retiró dejando a Sandra retorciéndose de placer, con el semen corriendo por sus muslos.
Los otros dos gatos se quedaron mirándola, era un gato blanco de ojos azules y un siamés, también de ojos claros y azules. Sandra se enderezó, se lamió las patas y retorciendo el cuello consiguió acabar de limpiarse el pelaje con la lengua bajo la atenta mirada de los gatos. El gato pardo de ojos verdes se retiró a un lado y empezó a lamerse también.
Sandra estiró las patas traseras, luego las delanteras y de un salto recorrió el trecho que le quedaba hasta el seto, dio un brinco y subió hasta él. Los dos felinos de ojos azules la imitaron.
“No, si no me dejarán tranquila- pensó Sandra- creo que por hoy ya está bien de aventuras gatunas, me vuelvo a casa a ver si acaba de una vez este extraño sueño” Miró hacia la ventana, subir no iba a ser tan sencillo como había sido bajar. Los dos gatos seguían a su lado observándola. Había un sauce cuyas ramas estaban cerca de la ventana. Se estiró por el tronco arañándolo y clavando las uñas y de un brinco alcanzó una de las ramas. Con una destreza digna de una bailarina de ballet salvó la distancia y cayó con las patas sobre el quicio de la ventana. Se quedó mirando a los dos gatos que desde el árbol intentaban imitar sus movimientos. El gato blanco dio un salto y se reunió con ella, el siamés le imitó. Sandra les miró. ¿Qué hacía ella allí, en la ventana, con dos gatos? Miró hacia dentro.
“Si al menos fueseis dos tíos os invitaría a pasar la noche conmigo pero...” Pero la noche era mágica y un destello de luna se posó sobre sus cabezas, Sandra entró dentro de la casa, un haz de luna la iluminó, vio sus pies desnudos, sus piernas caminando por la sala, ¡¡¡De nuevo era una mujer!!!, observó la toalla en el suelo, se giró y los dos gatos se habían transformado en dos atléticos muchachos, de ojos azules, fuertes y musculosos, desnudos también, que la miraban desde la ventana. Sandra sonrío.¡¡¡Vaya!!!! ¡¡¡Pues no está tan mal este sueño!!!.
Y de nuevo el fuego empezó a recorrerle todo el cuerpo, les miró, sus ojos se fueron hacia sus miembros, dispuestos, grandes, fuertes y vigorosos. Sin decir nada fue hasta la habitación, caminando con una elegancia digna de pasarela. Los dos hombres la siguieron, oliéndola, deseándola, percibiendo en el ambiente el aroma de hembra en celo.
Sandra se tumbó en la cama. el fuego seguía devorando sus entrañas, su sexo se endurecía y se excitaba de nuevo. Los dos hombres se acercaron a ella, uno a cada lado, se tumbaron en la cama y después de pasar la nariz por su pubis, de olfatear su disponibilidad, de notar su necesidad de macho, empezaron a lamerla, a acariciarla.
Sandra notó el aliento en su vulva que empezó a palpitar, a abrírse, sus pezones se erizaban, uno de los muchachos empezó a succionarlos y a lamerlos, el otro lamía su vulva, sentía el calor de sus cuerpos pegados a ella, sus penes palpitando por entrar en su cuerpo, fuertes, grandes, vigorosos. Sus manos la recorrían una y otra vez, no había un espacio de su cuerpo que no fuese lamido, recorrido, excitado, devorado. Se echó sobre uno de ellos, buscando su miembro para acoplarse a él. El muchacho, que estaba lamiendo sus pezones la tomó por las caderas y buscó con su pene su vulva húmeda y dispuesta. El otro hombre se colocó en su espalda, lamiéndola, deslizándose hasta sus nalgas, lamiendo sus glúteos, mordisqueándolos, pasando su lengua entre ellos, lubricando su esfínter.
Luego se colocó sobre ella y la mordió en la nuca, mientras su miembro se abría paso entre sus glúteos, y sus manos apretaban sus pechos y pellizcaban sus pezones.
Sandra estaba aprisionada entre ambos, con el hombre que la tenía sujeta por las caderas y buscaba su boca con su lengua, para besarla ardientemente y el otro a su espalda que masajeaba su pecho y mordía su cuello. Y poco a poco les sintió entrando en su cuerpo, despacio, con fuerza, pero sin prisas, un pene se fue introduciendo, penetrando en su vagina y el otro se abrió paso entre sus glúteos. La sensación era bestial, los dos hombres se movían, jadeantes, entrando y saliendo, penetrándola profundamente, llenándola, devorándola. El cuerpo desnudo de la mujer se retorcía entre ellos, aprisionada, dominada, abierta totalmente por sus falos, y mojada por el sudor de sus cuerpos.
Sandra se sentía morir de placer, exhausta y jadeante, su cuerpo iba a estallar y por fin los dos hombres empujaron sus penes, su vagina se abrió, culminando con una eyaculación que recorrió sus entrañas y su esfínter quedó desbordado del semen que estalló como un relámpago, derramándose, haciéndola gritar en un profundo y largo orgasmo que retumbó en el silencio de la noche, que cortó por unos momentos su respiración, hasta hacerla perder el conocimiento y desmayarse.


Sandra se desperezó lentamente. Un rayo de sol iluminó la estancia. Se había quedado dormida en el sofá envuelta en la toalla y le dolía el cuello de la mala postura. De pronto recordó la imagen de los gatos poseyéndola, penetrándola...luego los dos hombres copulándola al unísono y ella entre ambos. Menos mal que había sido un sueño... un extraño y excitante sueño... ella convertida en Rashia.
Sandra se asomó a la ventana, unos gatos merodeaban por el jardín. Miró a Rashia que a su vez, apoyada en el quicio, se quedó mirando a los gatos y volvió la vista a ella.
- Me gustaría explicarle el sueño que he tenido a Germán... ¿Tu crees que tendrá algún significado, Rashia?
La gata la miró, cerró sus enormes ojos verdes, abrió la boca y bostezó.

Emitido por radio en el programa Calents y contents, en ona cat fm el 25 de junio de 2009:http://www.ona-fm.cat/calents.asp : Blocaire calenta: Rebeca 25.6.09)
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Germán (Rashia III)



Durante cinco meses Germán había esperado que llegase la luna llena, observando a Rashia, esperando verla en celo. Buscaba mil pretextos para que Sandra la dejase con él esos días. Pero... la mágica metamorfosis no había vuelto a producirse. Rashia seguía siendo una gata. A veces volvía a estar en celo unos días, maullaba, se contorsionaba, le rozaba, le ronroneaba, pero no había coincidido su estado con la fase llena de la luna.
Aunque sus encuentros sexuales con Sandra siempre habían sido satisfactorios... desde que, aquella noche de febrero, Rashia se hizo mujer..., nada había sido igual. A veces pensaba que iba a volverse loco, intentaba convencerse de que todo había sido un sueño... pero...cuando miraba a los ojos a su mimosa gata, aquellos ojos verde azulados, como el mar... sabía que tarde o temprano... la magia volvería, que aquella mujer estaba allí dentro esperando salir. Anhelaba volver a entrar dentro de ella, zambullirse en el mar de su sexo, vibrante de deseo, en aquella gruta maravillosa que se movía espasmódicamente con cada impulso de su pene, aprisionándolo, acoplándose a él, como ninguna mujer lo había hecho.
Le resultó interesante el sueño que Sandra le estaba contando...
- ¿Y eso fue hace dos días?
- Si, estaba esperando que llegaras para contártelo, fue muy excitante.
Sandra estaba desnuda, recostada en la cama, mientras Germán la escuchaba acariciándole el cabello. La besó en los labios.
- Así que había luna llena.
- Eso creo.
- ¿Y Rashia estaba en celo?
- Pues...no sé supongo que sólo lo soñé. Me quedé dormida en el sofá después de ducharme y ahí me desperté.
- A ver si se va a escapar.
- Bueno, déjala, para eso le damos las pastillitas esas del veterinario. También tiene derecho a disfrutar la pobre. ¿No te parece?
Sandra le rodeó con sus brazos y le besó apasionadamente. Sin embargo... Germán se moría de celos sólo de pensar que Rashia pudiese ser poseída por otro macho, que no fuese él aunque se tratase de un gato. Intentó responder a los besos de Sandra, pero... no conseguía excitarse. Estaban en la habitación, con el balcón abierto de par en par debido al calor. La luna llena iluminaba la noche, y el seto del jardín. La imagen de Rashia, mimosa, seductora, rozándole apareció en su mente y su miembro reaccionó ante tal visión despertando, endureciéndose ¿estaría en celo su gata en estos momentos? ¿por dónde andaba? Acarició la piel suave de Sandra, recorriendo casi sin tocarla sus exuberantes senos tibios, cálidos. Su lengua lamió sus pezones erizados. Quería hacerle el amor, poseerla, pero en su mente sólo estaba el sexo inflamado de Rashia, su vulva receptiva y húmeda, su espalda fuerte formando una contorsionada lordosis...
Desvió la mirada hacia el balcón y... entonces la vio, estaba allí paseándose por el bordillo, desafiante y elegante como una equilibrista en la cuerda floja, mirando hacia el jardín.
- Rashia- murmuró.
Sandra la observó también y la gata giró la cabeza hacia ellos.
- Déjala Germán.- le miró a los ojos. Últimamente su novio parecía ausente cuando estaba con ella, como si hubiese algo que le perturbaba, que le alejaba de ella. Y.. su manera de acariciarla, había cambiado también, apenas la rozaba, casi se diría que tenía miedo de tocarla, como si ella pudiese desvanecerse si lo hacía. - ¿qué te pasa?
- No querrás que te haga el amor con la gata mirando.
- ¿Por qué no? Es sólo una gata.- y mirando a Rashia- anda, vete.
Pero la gata no se movió, con las patas delanteras estiradas y las traseras encogidas estaba sentada bajo el dintel del balcón, con la cabeza erguida, expectante, mirándoles, clavando sus ojos verdes en Germán.
- Olvídate de ella. – murmuró Sandra. Le rodeó la cintura con sus brazos y Germán puso las manos en sus pechos, amasándolos, la mordió en los labios con pasión y guió su pene que había logrado una erección bestial, dentro de su vulva. Le excitaba enormemente aquella mirada de Rashia, aquellos ojos verdes y felinos observándoles. Tras unos momentos de total quietud, la gata dio un brinco y subió a la cama. Germán se movía apasionadamente, con fuerza, dentro de Sandra. Rashia puso sus patas sobre los glúteos del hombre y empezó a masajearlos una y otra vez, cadenciosa, emitiendo un sonido gutural, muy conocido, que se unió al de sus respiraciones agitadas. Germán seguía bombeando su pene dentro la vagina de Sandra, sintiendo a la vez las patitas de Rashia sobre sus glúteos, excitándole. Sandra nunca había sentido a su novio tan salvaje, un extraordinario orgasmo la hizo gritar de placer. En una eyaculación bestial Germán se derramó, cubriéndola por completo, y... agotado y relajado se quedó unos momentos dentro de ella.
Rashia había bajado hasta los pies del hombre y los estaba lamiendo ahora pasando su lengua rugosa una y otra vez por su planta y su empeine.
Germán se incorporó. Sandra se dio media vuelta y se quedó profundamente dormida.
La gata seguía lamiéndole, los dedos de los pies, el talón, los tobillos. Germán acercó sus manos y le cogió la cabecita.
- Rashia.
La gata clavó sus enormes ojos verdes en él y agitó la cabeza para zafarse de sus manos. Se retorció sobre sí misma y dando un salto salió de la habitación.
Germán se quedó mirando a Sandra. La tapó con la sábana y salió a buscar a Rashia. La había oído perfectamente antes. ¡¡¡Estaba en celo!!! Miró hacia fuera, la luna estaba semioculta por unas nubes teñidas de azul prusia y de violeta. La llamó.
- Rashia, rashia.- ¿dónde estaría?
Un lamento gatuno, hondo y quejoso que venía del salón la delató. Sigilosamente fue hacia allí, temiendo asustarla y que saltara al jardín, debía haber muchos gatos por los alrededores. Solo pensar en la imagen de un gato montándola le volvía loco de celos. ¡¡¡Rashia era suya, suya!!!.
Se sentó en el sofá, frente al ventanal que daba al jardín. La gata estaba subida en el quicio y se movía inquieta de un lado a otro mirando hacia el jardín.
- Rashia, ven Rashia.
La gata le miró, un gemido cadencioso inundó la noche. Germán fue hacia ella despacio, muy despacio. Si la asustaba saltaría al jardín. Ella le miró acercarse, bajó el lomo y volvió a ronronear con aquel sonido que tanto excitaba ya a Germán, que despertaba en él sus más salvajes deseos de macho dominante, un nuevo quejido y sus patas elevaron su grupa mostrando su sexo inflamado y dispuesto al tiempo que iniciaba aquel baile sensual y acompasado con sus patas. Germán comprobó que su miembro volvía a adquirir una erección extraordinaria. Bajó hasta el suelo colocándose como si fuera un gato y contestó a su maullido como había aprendido ya a hacerlo, imitando a Rashia, cada vez que estaba en celo. La luz de la luna, ya libre de nubes iluminaba la extraña escena. Germán a cuatro patas desnudo sobre el cuerpecillo trémulo de la gata, que emitía ese sonido lastimero y quejoso de hembra en celo, con la cabeza gacha entre las patas y la grupa elevada moviéndose acompasadamente. El hombre bajó despacio la cabeza y mordió con cuidado la nuca de la hembra. Por unos instantes se quedó perplejo ante su comportamiento: “Germán ¿qué vas a hacer? ¿estás loco? No es una mujer, ¡¡¡es una gata!!!”
Pero.. fue entonces cuando la esperada metamorfosis, empezó a desarrollarse bajo los atónitos ojos de Germán. Fue cuestión de unos instantes, el pelaje dorado se tornó piel sedosa, las patas unas piernas que quedaron aprisionadas bajo el peso del hombre. La nuca dócil y suave cedió a la presa de sus dientes quedando inmóvil, quieta, relajada. El apartó la cabellera que le caía como un manantial de rizos dorados ocultando su cara, y la besó en el cuello.
- Rashia- murmuró- por fin.
El cuerpo de la muchacha estaba bajo el suyo, desnudo, agitándose como una fierecilla enjaulada. Podía sentir el latido de su corazón como un potro desbocado. Ya libre de sus dientes la mujer felina giró sobre si misma. Germán estaba a cuatro patas sobre ella y... temiendo que escapara se sentó sobre su vientre y sujetó sus brazos a ambos lados de su cara. Rashia, aprisionada, intentó liberarse de la presa del hombre que la tenía atrapada, arqueó la espalda, su pecho se elevaba jadeante, pero la fuerza de los brazos de Germán impedían que se liberara. Movió la cabeza convulsivamente de un lado a otro elevó su pelvis, pataleó con las piernas... Estaba preciosa, salvajemente preciosa.
- Me encanta dominarte Rashia, lo siento. No quiero dejarte escapar.
- Ffffffffff- exhaló un bufido alertador.
- No voy a dejarte, preciosa.
Los ojos verdes de Rashia estrechaban sus pupilas, cada vez más. Brillaban. Germán bajó la cabeza y la besó apasionadamente mordiéndole los labios, la barbilla, ella intentaba zafarse de su beso, volvía a mover la cabeza de un lado a otro.
- Quieta Rashia, quieta- pegó su pecho al de ella cubriéndola por completo con su cuerpo, inmovilizando sus brazos y sus piernas, estaba sobre el cuerpecillo agitado de la felina que se contorsionaba inútilmente bajo su peso. Le apartó los rizos dorados que le caían sobre la cara y acarició su cuello, lo besó, lo mordió con cuidado de no hacerle daño, luego más fuerte, hasta que Rashia dejó de moverse, se quedó quieta, desnuda y quieta sobre el frío suelo del salón. Sabía que su inusitada docilidad no duraría mucho si la soltaba, bajo las manos hasta sus pechos, pellizcando sus pezones, pequeños y duros. Rashia emitió un gemido y arqueó la espalda para pegarse a su pecho, una mano se deslizó por su vientre, de piel tersa, suave, sedosa, y acarició la tibieza de su pubis totalmente imberbe para adentrar un dedo en su vulva húmeda. Un dedo, dos, los labios menores de su sexo los aprisionaron, se cerraron y abrieron como una flor aterciopelada y sedienta de él. Rashia abrió la boca para emitir un gemido, un sollozo, algo parecido a un sollozo de mujer. Jadeaba, gemía, deslizaba una pierna contra la otra, se retorcía, en breves momentos pasaba de relajar a poner en tensión todos los músculos de su cuerpo. Germán dejó de aprisionar su cuello con los dientes y la soltó. Rashia experimentó una violenta sacudida y su cuerpo giró sobre si misma para darle la espalda. El creyó que iba a escapar pero... no. Como la otra vez Rashia agachó la cabeza entre sus brazos y elevó las piernas quedando de rodillas, con las nalgas levantadas y ofreciéndose a Germán, moviéndose acompasadamente como una dulce hembra que se ofrece sin pudor, sin reservas, para que su macho la monte.
Pero Germán no quería todavía poseerla, quería disfrutar de acariciarla, paseó sus manos por las nalgas, acarició las piernas de pantorrillas torneadas, los muslos firmes y fuertes como dos columnas de un templo griego. Acercó la boca a su vulva, palpitante y Rashia se estremeció irguiendo la cabeza y gimiendo, con la sola sensación de sentir su respiración sobre ella. Le esperaba, le deseaba, se abría como una flor cuajada de rocío para recibirle en sus entrañas gatunas.
Germán pasó su lengua despacio, una y otra vez, desde el clítoris hasta el esfínter. Olía a hembra, a fiera, a pasión salvaje... Su falo estaba duro y rígido, deseoso de montarla y... por fin pudo más su deseo y tomándola por las caderas empujó su miembro, penetrándola con decisión. Rashia gimió de nuevo, un gemido que parecía más un sollozo ahogado de placer, una convulsión recorrió todo su cuerpo al sentirle dentro. Una y otra vez Germán empujó su pene dentro de aquella gruta que se movía, se abría y se cerraba aprisionando su verga, que se excitaba hasta extremos jamás experimentados con la presión que las paredes de la vagina ejercían sobre ella.
- ¡Rashia! ¡mi hembra!! ¡ mi mujer felina!! – Germán volcó su cuerpo sobre ella lamiendo su cuello, su espalda, mientras la seguía penetrando, bombeando, Rashia gemía, sollozaba como una mujer, se movía de lado a lado, con cada embestida.
Germán pasó su brazo por el hombro de Rashia y lo levantó para coger con su mano uno de sus pechos y aprisionar su pezón, pellizcándolo con suavidad. Rashia gritó al sentir la presión. La otra mano pasó por su cintura, bajó por su vientre y metió un dedo por su vulva para estimular su clítoris que estaba duro e inflamado. Rashia volvió a gritar, jadeaba, su respiración empezó a hacerse cada vez más rápida y entrecortada.
El empujó de nuevo más fuerte sintiendo el cuerpo de ella retorcerse de placer, hasta que un intenso orgasmo la hizo patalear y agitarse convulsivamente. Germán eyaculó por fin dentro de ella. Un gemido profundo, largo, mezcla de gata y mujer rasgó el silencio de la noche, una honda aspiración que quedó suspendida en el aire. Rashia se desvaneció perdiendo el conocimiento bajo el cuerpo de Germán.
El se incorporó asustado y tomándola por los hombros la volteó y la zarandeó.
- Rashia, ¿estás bien? – le dio una palmadita en las mejillas.- Rashia.
El pecho de la muchacha empezó a moverse y su boca exhaló un suspiro contenido. Abrió los ojos, aquellos ojos verdes y grandes de gatita asustada. Y... clavando sus pupilas alargadas en la mirada expectante de Germán... sonrió.
- ¡Vaya!- exclamó, le pareció una sonrisa preciosa, la sonrisa más bella que había visto jamás- ¡¡sabes sonreir...!!!
Y su sonrisa se transformó en risa, una risa alegre, contagiosa, chispeante. Sus ojos brillaban con miles de estrellas. Como un bebé que acaba de descubrir el sonido de su risa, Rashia no cesaba de reír. Germán se puso a reír también contagiado por su fresca y juguetona alegría.
La luz del alba despuntó poco a poco, derrotando la claridad de la luna, amenazante, sigilosa y despiadada, rasgando la cortina azul prusia del firmamento para teñirla de rojo y gualda.
Germán guardó silencio y miró hacia el horizonte, sabía lo que aquella luz significaba. La magia estaba a punto de desvanecerse. ¿O tal vez no? Rashia había empezado a sonreír, sabía reír, gemía como una mujer, ¿por qué no podía quedarse a su lado como ser humano? Pero... ¿y Sandra? De pronto se dio cuenta de su infidelidad, Rashia era una mujer, no una gata. La miró, ella también había dejado de reír y miraba hacia aquella luz cegadora que se abría paso entre las somnolientas nubes rasgadas de jirones dorados.
Tomo la cara dulce y risueña de Rashia entre sus manos y la besó en los labios.
Rashia le miró a los ojos y soltándose de sus manos fue hacia la ventana. Germán no pudo hacer nada más. La que de un brinco subió al quicio de la ventana fue una gata que giró la cabeza para mirarle por última vez y en un salto elegante y flexible bajó hasta el jardín y corrió libre y veloz para perderse entre los matorrales.



Rashia no volvió, desapareció en la espesura del bosque. Germán la llamó para que viniese a desayunar pero la gata no regresó. La buscó por el bosque, por los alrededores. Ni rastro de la gata. Nunca se atrevíó a contarle a Sandra su extraña aventura, por miedo a que no le creyera. Pero... todavía sigue esperándola. En las noches de luna llena, se asoma a la ventana, escucha el lamento de los gatos en celo. Y... cuando hace el amor con Sandra sigue necesitando recordar el cuerpo flexible y vibrante de Rashia para excitarse, la sigue oyendo jadear, sigue escuchando su respiración acelerada entre las sábanas blancas. Y... sabe que algún día... volverá.

FIN

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Mi amiga, la infiel



Me gusta que me llame y me cuente sus historias de amores prohibidos. Está casada; pero no le dice que no a ninguna oportunidad de satisfacer sus impulsos libidinosos. Sus ojos brillan intensamente cuando me habla de lo enamorada que está de su último amante. Tiene la piel tersa y suave y un aire de niña traviesa que, a pesar de tener los cuarenta, no la abandona nunca.
Hemos quedado en la cafetería habitual, después de comer. El día es gris y ceniciento, con esa frescura de principios de otoño. La veo llegar, sonriente como siempre, hace tiempo que no nos vemos y seguro que tiene mucho que contarme.
- Mmmm ¿y ese brillo, y esa cara de satisfecha?- le pregunto nada más sentarse.
- ¡Ay Sandra, estoy enamorada!.
- Como siempre. Anda cuenta, quién es esta vez.
Le pide un café al camarero. Se pasa una mano por el pelo, suspira, y empieza a relatarme su historia:
- Se llama Sergio, y está buenííííísimo- comenta entusiasmada.
Sonrío. Por supuesto, todos sus amantes están buenííííísimos.
- Le conocí en este último cursillo al que asistimos en Madrid. Vino con el grupo de Barcelona. Estábamos en el mismo hotel. La verdad es que me fijé en él en cuanto le vi. Es alto, moreno, guapísimo, de constitución fuerte, y con unos ojos verdes que quitan el hipo.
El primer día nos sentamos alrededor de una mesa muy grande. No éramos mucha gente, tres de Barcelona, dos de Valencia, dos de Zaragoza, cuatro de Madrid y los tres de aquí. Él estaba sentado enfrente. Me miraba de vez en cuando, sostenía el bolígrafo, escuchaba lo que nos estaban contando, escribía, se lo llevaba a los labios, lo mordía, me miraba, sonreía. Yo intentaba mostrar mucha atención a lo que decía el profesor, cuando en realidad no me estaba enterando de nada. Sentía un cosquilleo por las piernas y un calor sofocante. De vez en cuando nuestras miradas se encontraban, yo pasaba la mano por el borde del escote, lo levantaba y lo movía, haciéndome aire, porque en realidad tenía calor, estábamos en septiembre pero hacía mucho calor en aquella sala. Sentía su mirada en mi escote cada vez que lo movía. Bebía un poco de agua, me mojaba los labios y los humedecía con la lengua. El se arrellanaba en el asiento y se aflojaba el nudo de la corbata. Creo que también empezaba a sentir calor.
Luego salimos en un descanso a fumar un cigarro. Ya sabes, un alto para relajarse. Yo fui al lavabo y él hizo lo mismo, sentí sus pasos detrás de mi pero no me giré. Había un corredor estrecho que daba a los dos servicios, el de mujeres y el de hombres. Él entró en el suyo y yo en el mío.
Cuando me estaba arreglando el pelo y pintándome los labios, vi su reflejo en el espejo, estaba allí, mirándome descaradamente, con aquellos ojos verdes, desde el marco de la puerta. Me encantó. ¡ Es aire de hombre sinvergüenza! Le sonreí y pasé rozándole.
- Perdona- dijo él echándose a un lado, pero se fue hacia el mismo lado que yo, y chocamos y nos reímos.
El olor de su cuerpo, tan cerca, me envolvió; sentí unos deseos enormes de abrazarle. El se quedó allí también rozándome, sin moverse. Nos miramos a los ojos y a los labios y sentí su calor sobre mi cuerpo y el aroma de su perfume, creo que era “Diábolo”. Entonces salió mi compañera del lavabo, nos separamos y volvimos a la sala.
Después de eso, ya sí que no me enteré de nada. Vino una señora a darnos una charla sobre... pues no sé sobre qué era. Sólo estaba pendiente de él, de su manera de mirarme. Creo que él tampoco estaba prestando atención. Seguía dándole vueltas al bolígrafo entre los dedos. Tenía unas manos preciosas. ¡Mmmm!, me las imaginaba sobre mi pecho y notaba como se endurecía. Creo que él se dio cuenta, porque, como no llevaba más que un top muy ligero y el vestido era muy ceñido, se me notaban los pezones. Vi como se le iban los ojos a mi pecho y como acababa por quitarse la corbata y meterla en el bolsillo.
Luego volvimos al hotel a comer. Yo iba caminando con el grupo de aquí, David y Montse, pero se puso a mi lado y empezamos a hablar. Que de donde éramos, que qué tal el trabajo, que si nos habíamos enterado de que iban a hacer reestructuración de plantilla, que qué mal el nuevo convenio, que si había sobrantes... En fin, cosas de trabajo.
En el comedor se sentó con su grupo en una mesa y nosotros en otra. Por la tarde hubo gente que quería ir al Museo del Prado, otros al Thyssen, así que yo me apunté también. Él se vino con mi grupo a ver el Prado.
Cogimos el metro. Al entrar no había mucha gente, pero luego, a medida que íbamos pasando por estaciones, se iba llenando. Estábamos hablando de los pintores y los cuadros. Sergio ya había estado en el museo pero no tenía nada que hacer y nos acompañaba. Entraba más gente y nos íbamos apretujando, estábamos más juntos, cada vez más cerca. Se abrían las puertas, volvía a entrar más gente y nos volvíamos a apretar. Llegó un momento en que estaba completamente aprisionada, con sus piernas entre las mías. Como era más alto notaba su entrepierna en mi vientre, y como se endurecía por momentos. Cada vez se pegaba mas a mí y rozaba mi pelo con sus labios, unos labios gruesos y carnosos.
Por fin llegamos. Entramos en el museo y Sergio seguía a mi lado. Estuvimos recorriendo las diferentes salas. Me mostraba los cuadros que más le gustaban, y cuando nos deteníamos frente a ellos posaba su mano en mi cintura, así, como sin querer. Sentí un calor que me subía desde su mano y recorría todo mi cuerpo, hasta llegar a mi vientre y bajaba velozmente hasta mi sexo.
Más salas. Más cuadros. Nos detuvimos en “El rapto de las Sabinas” de Rubens.
- Me encanta este cuadro, me parece muy sensual- le digo.
- A mí también me gusta.
Y posa su mano en mi cintura y me atrae hacia él. Mira alrededor para ver si hay alguien del grupo y cogiéndome de la mano me lleva hasta una sala contigua y más pequeña donde, en ese momento, no hay nadie. Me empuja contra la pared y cogiéndome por la nuca y con la otra mano en la cintura me besa apasionadamente. Se pega tanto a mí que noto su verga en mi vientre, fuerte y palpitante, pugnando por salir. Y su boca me mordisquea la barbilla, el cuello, baja hacia el pecho, mojándolo con la lengua y apretándolo con las manos.
Un ruido de voces y pasos resonando en el hueco de la sala contigua hacen que nos separemos para contemplar los cuadros de flores y bodegones. Oigo la voz de mi compañera Montse, con David. Con lo cotilla que es... mejor disimular.
Volvemos al hotel. De nuevo el metro. Mis compañeros charlan sobre los cuadros. Sergio está detrás de mí, cogido a la barra metálica. Noto su aliento cálido en mi pelo. Entra más gente en la siguiente parada. Poco a poco los viajeros se han ido colocando entre mis compañeros y nosotros. Apenas vemos sus cabezas. Sergio está casi en la puerta, y apoyado en una barra, desliza sus manos por mis caderas y me aprieta contra él, noto su pene duro y enorme entre mis glúteos, a través de la fina tela del vestido. Cogida de la barra, me dejo caer sobre él. Todo está lleno de gente y nadie se percata de sus labios en mi cuello, de sus manos bajo mi falda, apretándome los muslos, buscando la humedad de mi tanga. Hemos llegado.
Cena en el restaurante del hotel. Sergio está en la mesa de enfrente con sus compañeros de Barcelona, dos hombres. En otra mesa están los de Zaragoza, y en otra los de Valencia. Yo comparto habitación con Montse, que, por cierto, no para de hablar. Mientras cenamos mi mirada y la de Sergio se cruzan. No puedo evitar desearle. Estoy tan excitada que me muero por volver a sentirle otra vez cerca de mí.
Él sigue cenando, me sonríe. Sus compañeros nos hablan. Alguien propone salir después de cenar. Pero la mayoría prefiere dejar la salida para mañana, ya que el cursillo empieza a las ocho y media y quieren descansar.
Después de cenar, Montse me dice que se va a dormir. David se queda hablando conmigo mientras tomamos café. En las otras mesas todos se han ido ya y Sergio se sienta con nosotros. Pero con lo plasta que es David se enzarza en una discusión aburridísima sobre política. Así que opto por marcharme también a dormir. Sergio me mira y le dice a David que él también se retira. Y, claro, David también nos sigue. En vista de que no vamos a poder quedarnos a solas Sergio se marcha a su habitación, que está en el mismo piso, al final del pasillo y yo y David a las nuestras, que están una frente a otra.
Al día siguiente volvemos a vernos en el desayuno y desde allí nos vamos al cursillo. Esta vez, Sergio se sienta a mi lado. Hoy nos van a poner unas diapositivas sobre la situación de la empresa y algún que otro rollo.
Se apagan las luces. Todos están mirando a la pantalla. La voz del profesor es tan monótona que dan ganas de dormirse y echarse un sueñecito. Yo llevo puesta una blusa y una falda más corta que la de ayer. Y... no me he puesto ropa interior. Me excita sentirme así, tan libre. Siento la mano de Sergio en mi rodilla mientras con la otra mano mueve el bolígrafo sobre la mesa, dándole vueltas sobre sí mismo, en círculos. Yo abro las piernas y rozo mi pierna con la suya. Su mano asciende por la parte interna de mi muslo que cada vez está más caliente. Le miro, sonrío y me desabrocho un botón de la blusa, dejándole entrever la curva de mi pecho. Veo su mirada sobre él. Nadie se da cuenta de nada, todos están medio adormilados y aburridos apoltronados en las sillas y mirando hacia delante.
Sergio, sin embargo, está muy despierto. Su mano abierta se posa sobre mi pubis totalmente rasurado. Noto su sorpresa al ver que no hay nada que le impida hacer lo que está haciendo. Sus dedos se adentran en la hendidura de mi sexo, húmedo, inflamado. Me arrellano en el asiento y abro las piernas. Los dedos siguen ahí, entrando y saliendo, dulcemente, ardorosamente. Siento el flujo correr por mis muslos. Extiendo mi mano hacia su pantalón. Acaricio con el dedo la forma de su pene, fuerte, palpitante, grande. Le miro, me mira, mientras sigue con su movimiento de vaivén, despacio, sigiloso. Me abrocho el botón de la camisa y cierro las piernas, obligándole a retirar su mano de debajo de mi falda. Me levanto.
- Voy un momento al lavabo- me excuso, y me dirijo a la puerta de la sala.
- Sí- dice el profesor-, vamos a hacer un alto para fumar un cigarro. Podríamos aprovechar y bajar a tomar un café - sugiere el profesor encendiendo las luces- Veo que estáis un poco dormidos. Un descanso de quince minutos y volvemos a subir.
Miro a Sergio. Creo que él piensa lo mismo que yo. ¿Quién necesita un café? Entro en el lavabo y espero a que todos se hayan ido. Ya no se oye a nadie. Abro la puerta y me tropiezo con sus ojos. Su mirada le delata. Sólo quince minutos, tal vez diez. Me empuja dentro del cuarto de baño y cierra la puerta. Sus brazos, fuertes me levantan del suelo. Me toma por la cintura y mis piernas se abren, se apoyan en sus caderas y mis pies se cierran sobre sus glúteos. Sus manos levantan el vestido, están en mis nalgas, en mi sexo. Me devora los labios, la barbilla, su lengua se adentra en mi boca en un beso apasionado, recorre mi cuello, se pierde entre mis senos, con una mano desabrocha los botones de mi blusa, libera el pecho, y succiona los pezones con avidez. ¡Dios, qué pasión! El sonido del móvil en mi bolso nos interrumpe. Tenía que haberlo desconectado. Se calla. Sergio sigue aprisionándome contra la pared, devorándome las tetas. Vuelve a sonar el móvil. Será mejor que lo coja. Él se para y me deja en el suelo. Abro el bolso y lo cojo. Vaya, es mi marido.
- ¡Hola cariño!, sí , estoy bien. Estamos en un descanso, me has pillado en el lavabo- los labios de Sergio recorren las ingles, su aliento sobre mi sexo me estremece, sus manos aprietan mis nalgas- Sí, luego te llamaré, cuando acabemos- su lengua se mueve y acaricia mi pubis y penetra entre los labios de mi vulva, juguetea traviesa con el clítoris y vuelve a adentrarse y mordisquea mi pubis, haciéndome ahogar un gemido de placer. Me apoyo en la pared y enredo mis dedos en su pelo- Sí, cariño, yo también te echo mucho de menos.
Ruido de voces por las escaleras y el pasillo. Sergio se levanta y yo me abrocho la blusa. Sale delante de mí. Volvemos a la sala.
Después de comer nos reunimos con el resto del grupo. Montse quiere ir de tiendas, David dice que también. Yo miro a Sergio y les digo que voy a ir a ver a mi tía, que vive en Madrid, que le había prometido ir a visitarla. Sergio dice que va a quedarse en su habitación que no se encuentra muy bien y que saldrá luego por la noche. Me mira y sonríe. Así que todo el grupo se disuelve.
Le veo ir hacia el ascensor. Me quedo hablando con Montse y David hasta que se van. Tomo el ascensor. Una mujer sube conmigo. El piso siete. Miles de mariposas revolotean en mi vientre bajando a toda velocidad. El corazón me late muy deprisa. La mujer se me adelanta y va hacia la habitación de Sergio. Sorprendida, me quedo parada en medio del pasillo. Él abre la puerta antes de que ella llame. Me estaba esperando.
- ¡Sorpresa!!- grita ella echándole los brazos al cuello.
- ¡Vaya, sí, qué sorpresa!- veo sus ojos mirándome por encima del hombro de la mujer, y enseguida entra con ella cerrando la puerta.
¿Quién debía ser? Tal vez su mujer. Entro en mi habitación, me siento en la cama y enciendo un cigarro. ¡Vaya corte! Mira que si llego a entrar antes que ella y nos pilla...
Me meto en la ducha para quitarme los calores. Adiós a mi plan de tener dentro de mi a ese pedazo de hombre. Me despejo la mente bajo el agua. Pienso que tal vez deba ir a ver a mi tía para aprovechar la tarde. Me seco y voy hacia el armario. Unos golpes en la puerta. ¿Quién será ahora? Me cubro con la toalla y entreabro la puerta. ¡Es él!. Empuja la puerta y entra cerrando con prisa.
- Es mi mujer.- me explica apresuradamente- Ha venido a felicitarme por mi cumpleaños. Se va mañana por la mañana.
Está guapísimo. Lleva sólo un pantalón. Tiene unos pectorales amplios y bronceados.
- Le he dicho que iba a bajar a recepción a por tabaco.- añade mientras se deshace del pantalón y se desnuda. ¡Dios que polla tan grande!
Sin más preámbulos me arranca la toalla y me tumba en la cama. Yo estoy tan atónita que no ofrezco ninguna resistencia cuando me cubre con su cuerpo, me besa, me abraza, me aprieta el pecho, con los dedos abre la vulva, su glande resbala entre los labios inflamados, húmedos, sube y se desliza sobre mi vientre y vuelve a bajar para penetrarme lentamente. Siento su verga presionando, embistiendo como un toro dentro de mi cuerpo, entrando y saliendo con fuerza, una y otra vez, cada vez más deprisa, abriendo tanto las paredes de mi vagina que parece que va a estallar, se mueve con ímpetu, mientras pasa sus fuertes brazos por mis hombros y me muerde los labios, el cuello, el pecho. ¡Ufff, qué fuerza, qué pasión ¡qué orgasmo!!! Noto su eyaculación en un último empuje. Nos quedamos quietos, jadeando, relajados el uno sobre el otro. Apresuradamente se levanta, se viste y va hacia la puerta.
- Espera- le digo, y le alargo un paquete de tabaco que tengo en la mesilla de noche. Sergio se detiene, sonríe y me guiña el ojo.
- Gracias preciosa- lo coge, me da un beso y se va.
Y yo me quedo allí, tendida en la cama, desnuda, totalmente atontada todavía, con las piernas abiertas, mojadas, como si hubiese pasado un ciclón sobre mi sexo. Al cabo de un rato, me visto y me voy a ver a mi tía.
Luego, por la noche salimos con todo el grupo de marcha por Madrid, a la zona de Huertas. Sergio no aparece ni en la cena ni después. Supongo que estará con su mujer. Vamos a bailar a una discoteca y visitamos los pubs más concurridos de la zona. Me lo paso genial, bebiendo y bailando. Hay mucha marcha en Madrid. Volvemos de madrugada.
Al día siguiente todos estamos medio dormidos en el cursillo. Vuelvo a ver a Sergio, que me mira con tanto deseo que me tiemblan las piernas nada más pensar en su enorme pene. Después de comer nos vamos de tiendas. Sergio me dice que su mujer se ha ido esta mañana en el puente aéreo. Nos vamos al Corte Inglés. Él me ayuda a elegir una cartera para mi marido y yo busco un conjunto de lencería para su esposa.
- ¿Por qué no te lo pruebas?- me dice sonriendo con una mirada traviesa.
Yo me río, y acepto. Cojo unos cuantos modelos y entro en el probador. Él entra conmigo y cierra la puerta echando el pestillo. Se sienta en un taburete y disfruta viendo como me cambio de ropa y me pruebo los conjuntos. El verde, el rosa, el negro, el rojo. Se abre el botón del pantalón, se baja la cremallera y se acaricia mientras me mira.
- Mi mujer tiene menos pecho. Me gusta ese rojo, a ti te queda un poco ceñido pero a ella le quedará bien. Ven aquí. Me encantan tus tetas.
Me acerco a él con el conjunto de lencería rojo, una combinación cortita de encaje en el pecho, de amplio escote que deja vislumbrar los pezones y tela de raso, con tanga a juego de encaje también. Apoyo mis manos en sus hombros, y él me lame los pechos que emergen voluptuosos, aprisionados por el encaje. Con los dedos va bordeando el tanga y empieza a deslizarlo por mis piernas. Se levanta para bajarse el pantalón y el boxer y me muevo sobre su falo, mojándolo un poquito, juego con él, y vuelvo a bajar hasta sentirlo como se va introduciendo, poco a poco, despacio, ¡es tan grande! en esta posición entra profundamente en mi vagina, rozando las paredes, excitándolas intensamente. Su lengua juguetea con mis pezones y mi pecho hasta sacarlo del encaje. Ayudándome con sus manos en mis nalgas voy subiendo y bajando, cabalgando sobre su pene, mientras me muerde y me chupa las tetas, hasta alcanzar un intenso orgasmo. Por supuesto le compra a su mujer el conjunto rojo.
Por la noche volvemos a casa en tren, en coche cama. Yo estoy agotada, apenas hemos descansado. Me pongo un conjunto de pantalón corto y camiseta holgada que deja al aire el ombligo y me tumbo en la cama. No hace frío para taparme. Pienso en sus manos sobre mi piel y me estremezco, el flujo moja de nuevo mi sexo y el deseo lo endurece hasta sentir dolor. Me acaricio el pecho que está vibrando, llamándole. Montse en la litera de arriba, debe haberse dormido. Poco a poco, recordando nuestros encuentros, se me van cerrando los ojos. Cuando ya estaba dormida, el roce de unos dedos recorriendo mis piernas, me despiertan, suben por mis muslos, bajan el pantalón del pijama, se introducen en mi vulva, aprietan el pecho, pellizcan mis pezones. Entreabro los ojos sobresaltada y veo los suyos, su mano me tapa la boca, ahogando un grito al sentir su verga penetrándome salvajemente. Me va embistiendo, acompañándose con el movimiento del tren, excavando mi cuerpo sigilosamente. Es su última oportunidad y no va a desaprovecharla. Una y otra vez se mete en mis entrañas, su pelvis se acopla a mis caderas, mi espalda se arquea y mi vientre se pega al suyo, jadeamos, nos devoramos, moviéndonos frenéticamente, su falo destroza mi vagina cada vez con más ardor, con más fuerza, cada vez más grande, ¡explotando!!!, le muerdo en el hombro para no gritar al alcanzar el clímax, y el sigue afanosamente sobre mi vientre, taladrándome, aferrado a mi cuerpo, entrando y saliendo con furor y enseguida viene un segundo orgasmo, le muerdo, y sigue y sigue, jadeando como un bisonte sobre mi, volviéndome loca de pasión, me retuerzo en profundas convulsiones bajo su cuerpo hasta estallar en un intenso orgasmo, fuerte, bestial, que inunda de estrellas el techo del vagón. Mis dientes quedan clavados, marcados en su hombro. El se queda relajado dentro de mí, durante unos instantes largos, tiernos. Me besa. Se levanta y se viste cogiendo su ropa que ha dejado en el suelo. Saca un rotulador del bolsillo de la chaqueta y escribe algo encima de mi pubis, todavía palpitante.
- Necesito volver a verte. Llámame por favor- Vuelve a besarme y se marcha.
- Y... - un suspiro largo. Enciende un cigarrillo y sonríe feliz - eso fue todo.
- ¡Qué historia, niña!.
Tras los cristales, la lluvia ha empezado a caer. La miro, mientras exhala el humo del cigarro, me gustan sus labios, su pecho, su piel. Me gusta Laura. Ella no lo sabe, no sabe que... yo... también quiero ser su amante.

_Emitido por radio en el programa Calents y contents, en ona cat fm el 4 de diciembre de 2008:
http://www.ona-fm.cat/calents.asp : Blocaire calenta: Rebeca 8.12.08 http://www.ona-fm.cat/mp3.asp?m=8)___________________________________________________________________



ángel o diábolo




Habíamos coincidido muchas veces en el ascensor, por la calle, en las tiendas de los alrededores... nos saludábamos, hablábamos del tiempo, de los niños, del trabajo... pero nunca había venido a mi casa, ni yo a la suya. Así que... aquella mañana, cuando vi por la mirilla que era él, me sentí muy cohibida, acababa de levantarme y llevaba tan solo la vieja y desgastada camiseta de dormir y el pelo revuelto, ¡vaya pintas! Me ordené los rizos en el espejo, estiré un poco la camiseta hacia abajo(cosa totalmente imposible) y abrí la puerta, ante el insistente sonido del timbre.
- ¡Hola, buenos días!- por un momento recordé como estaba la casa. En pésimo estado para una visita inesperada: las camas por hacer, la cocina manga por hombro, con unas pelusas de polvo rodando por el pasillo que parecía el oeste americano...En fin, que si llegan a entrar los ladrones piensan que allí ya han estado, tal era el completo desorden que caracterizaba mi habitat.
- ¡Hola! Perdona que te moleste, pero creo que tienes una fuga de agua.
- Ehh, ¿quién yo?.
- Bueno,- sonrió, con aquella semisonrisa cautivadora d´enfant terrible- tu lavadora. Te sale agua por la terraza del lavadero y...por eso he subido a avisarte, pensaba que llovía pero...he mirado por la ventana y he visto que hacía un sol espléndido así que... me he asomado y claro, era tu terraza que está justo encima de la mía.
- Vaya... pues... voy a ver. Te... ¿esperas un momento?- Imposible dejarle ver semejante antro de cocina que había dejado la noche anterior. Le dejé en la puerta y fui directa al lavadero, efectivamente, el tubo del desagüe estaba roto, desgastado, y se salía toda el agua. Desenchufé la lavadora y corté el agua. Pero ¿estos tubos se cambian? O ¿hay que cambiar de lavadora? Estaba inclinada mirando a ver si había acabado de lavarse la ropa, cuando le presentí detrás. Giré la cabeza y me encontré con su sonrisa y su mirada recorriendo mi silueta.
Me incorporé y volví a tirar de la camiseta para ver si así llegaba a cubrir algo la indecente desnudez de mis piernas.
- Lo siento. Está toda la casa echa un asco, hoy me toca limpieza general, pero... como he estado trabajando toda la semana.
- Oye, no te preocupes, mi casa está igual.
Ciertamente lo dudaba. Me puse el rizo revoltoso que me caía sobre la cara, detrás de la oreja y le miré azarada.
- Bueno, voy a ver si lo arreglo.- añadí apoyándome en la encimera- igual hay que cambiar el tubo, ya... le diré a mi marido que lo cambie, cuando vuelva, es que...está de viaje y no vendrá hasta el martes.
- Yo estoy de Rodríguez, mi mujer se ha ido con los niños a pasar el verano al pueblo.
Me miró, le miré, nos miramos. Un sofocante calor empezó a recorrer mi cuerpo hasta asfixiarme.
- ¡Qué calor hace!- sentí que se me endurecía el pecho y... no llevaba sujetador, bueno... ni sujetador... ni... “lo va a notar” pensé.
- Si necesitas ayuda... – me dijo mientras paseaba sus ojos por mi camiseta sudorosa.
- ¿Qué? ¿cómo?
- Me... me refiero al tubo, al tubo del desagüe.
- Ah, si, claro, el tubo.
- ¿Vas a estar hasta el martes sin lavadora? Si te hace falta, te lo puedo cambiar yo.
- Eh.. no, no, podré esperar. La ropa ya estaba en el aclarado, la tiendo y ya está.
La situación era de lo más embarazosa. Yo allí apoyada en la encimera y él mirándome. Bajé la vista a las zapatillas y al suelo. Y pasé por delante de él, rozándole, ¡la cocina es tan pequeña!
- Perdona- alcé la cabeza al pasar por su lado y me topé con sus ojos, tan cerca, tan penetrantes, tan dulces...
- No me importa venir y arreglarte el tubo de la lavadora, es viernes, hasta el lunes no trabajo. Esta tarde te compro el recambio y listo.
Me adelanté por el pasillo hasta el recibidor.
- No, de verdad que no es necesario, esperaré hasta el martes.
Sentía su mirada fija en mi espalda. ¿Se habría dado cuenta de que no llevaba ropa interior? ¿Habría visto algo cuando estaba agachada mirando la ropa de la lavadora? Abrí la puerta y me despedí de él.
- Bueno, pues... muchas gracias por haberme avisado. Puse la lavadora y me volví a la cama, así que... si no llega a ser por ti...
- De nada, mujer.- apoyó su mano en mi hombro y pasó por mi lado hacia el rellano de la escalera; sentí el olor de su cuerpo y una invasión de feromonas me penetró haciéndome estremecer, endureciendo mi sexo hasta hacerme daño.
Se giró y me miró como presintiéndolo.
- Y recuerda que estoy abajo..., para... lo que necesites.
- Eh... si, si, gracias.
Y cerré la puerta, abrumada por su mirada que me desnudaba.
“Bueno, me dije, lo primero es lo primero, voy a sacar la ropa y a tenderla”. Todavía sentía sobre mi la mirada de mi vecino, creo que se llama Ángel. Me asomé al tendedero que tengo en la ventana de la terraza, justo al lado de la lavadora. “Ufff, no está muy escurrida”. La retorcí un poco en el barreño y empecé a tender. Miré hacia abajo, tan sólo había una toalla suya tendida, no iba a ocasionarle mucho molestia si tendía la ropa mojada encima, con el sol que hacía se secaría enseguida. Me sonrojé, “mira que si me ha visto... con esta camiseta tan corta en cuanto te agachas... debí ponerme el tanga para abrir la puerta. ¡Coño! Justo es eso lo que se me acaba de caer, mi tanga favorito”. Me asomé. “¡Vaya encima de la toalla del vecino, enganchado en la pinza”.
Me vestí rápidamente con un liviano vestido de tirantes, para ir a recuperarlo. “Si cae al patio de luces donde están las oficinas me quedo sin tanga”. Bajé las pocas escaleras que me separaban de la planta del ático (yo vivo en el sobreático) y llamé al timbre de la casa del vecino. Nada, no contestaba nadie. “Vaya por Dios, ahora no está”. Volví a insistir. Nada. “Bueno, ya que me he vestido bajaré a por el pan” Tomé el ascensor hasta la planta baja y al abrir la puerta me topé de bruces con él.
-Oh, vaya, vengo de tu casa.
- ¿Siiii???- una amplísima sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
- No, no- me apresuré a decir, pero...¿en qué estaba pensando? Fijo que me vió el... al agacharme, menos mal que me lo acababa de rasurar por completo- quiero decir que... que es que...- ya estaba yo roja como un tomate.- que se me ha caído una cosa en tu tendedero al tender la mía y... había bajado para que me la dieras.
- Pues subimos ahora mismo y te la doy.
Me cogió del brazo y casi me empujó dentro del ascensor. Mirada fija en la puerta para ver los números de los pisos, mirada abajo, mis pies... sus pies... y otra vez el olor de su cuerpo, sus feromonas mandándome mensajes, se podía cortar el aire de lo denso que estaba. Le miré: “Dios, qué brillo en sus ojos, mejor volver a mirar al techo”
- ¡Qué calor, ¿verdad? No se acaba el verano.
- No, no se acaba.
“Llevaba una camisa azul celeste, me encanta el azul. Ya estamos por el siete, que no note que estoy... que estoy deseando que me toque. ¿En qué estará pensando?”
Llegamos a su casa, por fin. Abrió la puerta y me dejó pasar.
- Ya me espero aquí.
- No, no pasa.- apoyó su mano en mi cintura y me empujó hacia dentro cerrando la puerta. Suspiró hondamente y me miró.
Yo miré hacia todos lados menos a él. Mejor no mirarle.
- ¡Qué casa tan...bonita!- “y tan limpia y tan ordenada, ¡Anda que...¿qué habrá pensado de la mía?”.
El volvió a apoyar su mano en mi cintura.
- Anda, pasa, ¿quieres tomar algo?
- No, no, solo quiero que...me des... está en el tendedero.
- Ah, sí, la cosa que se te ha caído.
Se fue hacia la terraza. Yo me quedé esperando allí en la puerta de su cocina, muy limpia y ordenada, por cierto. Seguro que tienen alguna mujer que venga a limpiar o... este chico es una joya, claro que...sin la familia en casa, igual come y cena fuera. Ahí estaba yo haciendo mis deducciones cuando apareció con mi tanga color azul turquesa, de raso y encaje, entre sus dedos.
- ¿Es esto?- preguntó con una mirada de deseo...como si me lo acabase de quitar, de deslizar por mis piernas... dejándome... como me sentía ahora mismo...desnuda.
- Si, gracias- me acerqué sonrojada y tomé la prenda de sus dedos.
El me cogió los dedos con su mano y nos quedamos así, con sus dedos y mis dedos entrelazados en el tanga, muy cerca, mirándonos, en medio de la cocina.
- Esta mañana se te olvidó ponértelo- me murmuró, casi rozándome con sus labios.
- Ya... si...- susurré debajo de su boca, hipnotizada por el roce de su aliento, de sus labios sensuales, dulces y tiernos, sobre los míos- no... no duermo con... ropa interior..
Y el dorso de su otra mano se deslizó por mi vestido y dibujo la curva de mis pezones, totalmente endurecidos.
- Oye...Bueno...- dije reaccionando y cogiendo la prenda de su mano ¿qué hacia yo coqueteando con el marido de la vecina?, si se entera me mata y si se entera mi marido, me estrangula.- Me voy, gracias por todo.
Y casi corriendo llegué a la puerta, la abrí y subí hasta mi casa. ¡Qué demonios estaba haciendo! Vale que mi marido estaba fuera y... que una se cansa de jugar con los juguetes a pilas pero...de eso a ¡liarme con el vecino...!
Y sin embargo, después de comer, seguía con el corazón desbocado y la libido a cien. Una es tan indecisa... ¿Y si iba y le pedía que me cambiase el tubo de la lavadora? Me vestí, me arreglé el pelo, me pinté los labios, me puse “aire” de loewe, y... cerré la puerta, bajé dos peldaños, tres... cuatro... llegué hasta el rellano... y...me detuve delante de su puerta... pero...di media vuelta, tomé el ascensor y me fui a la calle. El aire estaba tan húmedo y cálido como yo. Estuve toda la tarde paseando por el centro comercial, al menos allí se estaba fresquito. Pero no podía apartar de mi mente, su mirada, sus ojos, el roce de sus dedos en mi pecho, su aliento, sus labios, el olor de su cuerpo llamándome...
Estaba en todas partes, en los escaparates de zapatos, en las tiendas de ropa, en las miradas de la gente que se cruzaba conmigo.
Eran casi las diez cuando salí a la calle, y el calor húmedo me dio en la cara, asfixiándome. Cuando llegué a casa me di una ducha y me hice un bocadillo, no tenía ganas de cocinar. Me puse una ligera combinación de tirantes, de raso rojo y me senté en el sofá a ver la tele mientras cenaba. Puse los pies sobre la mesa de centro y me acomodé en el sofá. Pensaba en Ángel y en su mirada de diábolo. ¿Qué estaría haciendo ahora? Acabé el bocadillo y con el vaso de zumo en la mano me dirigí a la terraza que estaba sobre la suya. ¡Qué calor!, tal vez estaría cenando allí. Hacía airecito, ¡qué bien! La noche estaba serena, en otras terrazas la gente estaba cenando bajo la enorme luna llena. Bebí un sorbo de zumo y miré hacia abajo, no, no estaba. Habría salido. Me senté en la tumbona y contemplé las estrellas. Y allí mismo me quedé dormida.
Me despertó una sensación de frío, soplaba aire de tormenta. Vaya, la puerta de la terraza se había cerrado. Al intentar abrir para entrar me quedé con la manivela en la mano. Dichosa puerta, teníamos que haberla arreglado hacia tiempo, pero mi marido siempre lo deja todo para otro día. ¡Ufff, qué frío!, me había quedado helada. ¿Qué hacía ahora? Me asomé a la terraza y... entonces le vi. Estaba fumando apoyado en el borde mirando hacia abajo. Llevaba un pijama corto azul marino. Como presintiendo mi presencia se giró.
- ¡Buenas noches!
- Holaa, me... me he quedado encerrada.
- ¿Qué? ¿cómo?
- Se rompió- le mostré la maneta.
- Vaya, pues se acerca una buena tormenta.
Miré al cielo.
- Ya he visto ya- crucé los brazos sobre el pecho- Me quedé dormida en la tumbona y me ha despertado el aire y el frío.
- Pues hasta mañana que no vayas a buscar un cerrajero... ¿Por qué no bajas y te quedas aquí?... Espera.- y entró dentro de su casa.
- ¿Qué vas a hacer?
- Anda baja- volvió tras unos instantes, llevando una larga escalera que apoyó en la pared- yo te la sostengo.
- ¿Crees que será una buena idea? No sé si debo.
Pero una ráfaga de aire húmedo me hizo decidirme. Pasé una pierna por encima de la cornisa de la terraza, y después la otra. ¡Qué frío! Mira que si me caigo... La escalera era lo suficientemente alta, menos mal. ¿De dónde la habría sacado? Bajé despacio, un peldaño, otro... estaba descalza.
- No te preocupes, yo la sujeto
Ya estaba abajo. Me cogió por las caderas para ayudarme a bajar y me abrazó para darme calor.
- ¿Tienes frío?.
- Eh..., no, ahora no- sentí todo el calor de su cuerpo acoplado a mi espalda. Sobre todo... de una parte de su cuerpo. Me cobijó pasándome una mano por los hombros y me llevó hacia dentro de la casa.
Y allí me siguió abrazando.
- Oye...ya, ya no tengo frío- nos miramos. Me desembaracé de sus brazos y miré alrededor- puedo dormir en el sofá.
Fuera la lluvia empezó a caer copiosamente. Se había desencadenado una fuerte tormenta. Ángel se apresuró a cerrar las puertas de la terraza.
- Mira, te has salvado por los pelos. Puedes dormir en una habitación, mujer, si estoy solo, será por camas...
Se giró y vino hacia mi.
- O... puedes dormir conmigo...
De nuevo me rodeó con sus brazos buscando mis labios. Un roce lento, suave, sedoso, y el olor de su cuerpo me envolvió, olor a diábolo, a hombre, y sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura y me atrajeron hacia él, sus labios acariciaron mi cuello, se pararon en mis hombros y deslizaron el tirante hasta hacerlo resbalar, se detuvo un momento y me miró a los ojos alzándome la barbilla como pidiéndome autorización para seguir... y... yo... los cerré, eché la cabeza hacia atrás, para dejar que siguiese con el roce de sus labios por el otro lado de mi cuello, unos labios dulces, delicados, que apenas rozaban mi piel, que se estremecía con cada contacto... el otro tirante se deslizó despacio por la curva del hombro.
- ¿Qué vas a hacer?- le pregunté abriendo los ojos- eres un diablo.
- Lo que tu quieras, princesa, sólo lo que tu quieras.
Me senté en el sofá. Fuera se oía el ruido de la lluvia azotando los cristales. Hacía calor ahora, con todo cerrado.
- ¿Quieres beber algo?- me dijo, de pie frente a mi, como adivinando mis pensamientos.
- Eh...sí, algo con hielo, con mucho hielo. Tengo la boca seca.
- ¿Un whisky?
- Vale.
Entró en la cocina y volvió con dos vasos. Se sentó a mi lado y me ofreció uno.
Bebí un sorbo y recapacité con la poca frialdad que todavía me quedaba en la cabeza.
- Mira Ángel, será mejor que te vayas a dormir, yo me quedo aquí en el sofá y... por la mañana me marcho a buscar un cerrajero.
Me miró, bebió un trago, volvió a mirarme, me acarició la barbilla, sonrío y se levantó. Apagó la luz de la sala y dejó solamente encendida la luz de un acuario, que decoraba un mueble rinconero.
- Como quieras. Pero...- se detuvo antes de entrar en la habitación- dejaré la puerta abierta por si... me necesitas.
- Ehhh..., vale.
¡Vaya!, pensé que insistiría más... me dejó un poco descolocada su retirada, hubiese jurado que no abandonaría el juego fácilmente pero... sí, era mejor así.
Desde el sofá se podía ver perfectamente la cama de su habitación, tenía el cuadro de un desnudo sobre la cabecera... una mujer, de espaldas. Minutos después apagó la luz de su cuarto. La estancia quedó en penumbra. Tan sólo el ruido del aire fuera, con la lluvia golpeando en la cristalera, rompía el silencio, con un sonido salvaje. ¡Me apasionan las tormentas! Son una descarga de energía. Desbordadas, incontroladas. Me recosté sobre un cojín. Bebí un poco y dejé el vaso en la mesa. ¿Qué estaría haciendo él? ¿Sería capaz de dormir? Miré los peces, estaban justo delante de mi, en el rincón, moviéndose de un lado a otro, apacibles. La luz tenue iluminaba mis piernas, ahora estiradas sobre el sofá. Las crucé, se veían largas, estilizadas, las descrucé, me tumbé boca abajo, el pequeño tanga rojo quedó al descubierto. Me giré de nuevo, ¡qué calor hacía! Me iba a ser imposible dormir. Me recosté, cogí el vaso y me metí un trozo de hielo en la boca. El calor me abrasaba. Saqué el cubito de la boca y lo deslicé por las piernas, desde el tobillo, subiendo por la curva de las pantorrillas, la rodilla, la parte interna del muslo, que parecía arder... vaya se había derretido. Cogí el vaso y busqué otro, hice lo mismo, ahora la otra pierna... Ufff esto era otra cosa, se estaba más fresquito con el hielo derretido en las piernas... Me incorporé y lo deslicé por mi cuello, el escote, que fue quedando mojado y fresco, bajando luego por mi pecho, acariciando mis pezones que reaccionaron endureciéndose. ¡Mmmm!! se acabo de derretir en ellos. Todavía quedaba otro. Me lo puse en la boca y lo saqué; me alcé la combinación para deslizarlo por mi vientre. ¡Qué frescor!! Arqueé la espalda excitada.... y...cerré los ojos para... introducirlo dentro del tanga y... que se acabase de deshacer en el centro de mi vulva. ¡Mmmm!!! el agua helada hizo contraer los labios menores y mayores, penetrando dentro de mi vagina, endureciendo el clítoris a su paso. Y... de repente... estaba allí, de pie, desnudo, mirándome, con una cubitera en la mano. Me incorporé sobresaltada pero...me detuvo con su mano en mi hombro.
- Déjame que te ayude. ¿Todavía tienes calor???- Se sentó a mi lado y cogió otro cubito, se lo puso en la boca y... recorrió mis piernas con él en los labios, primero los pies... luego las pantorrillas... los muslos, iba de una a otra pierna, con cuidado, con suma delicadeza... hasta derretirlo. Al llegar con la boca a mi tanga se detuvo. Me miró. Yo... cerré los ojos y él atrapó con los dientes la prenda para arrastrarla muslos abajo por mis piernas mojadas y sacarla por mis pies.
- Ángel- susurré abriendo los ojos y cogiéndole la cabeza con las manos- diábolo.
- Para quemarme en el fuego de tu cuerpo.- murmuró él, encima de mi.
Me besó en la boca, en el cuello, deslizó los tirantes para liberar mis pechos y acariciarlos con sus manos, tomó otro cubito y los enfrío haciendo circulitos alrededor de los pezones, endureciéndolos como piedras. Luego descendió por mi vientre mientras acababa de desnudarme deslizando la combinación de raso con las manos, apretando mis caderas, fue bajando con sus labios por mi vientre, con pequeños mordisquitos estremeciendo cada célula de mi piel, haciéndome vibrar, para adentrarse entre mis muslos y morder mi pubis. Cogió otro cubito con la boca y lo paseó por toda la vulva, el perineo, me di la vuelta y lo hizo resbalar por mis glúteos, la cintura, la espalda, para volver a bajar y acabar de derretirse entre mis nalgas. Las acarició con su labios y las mordió. Subió con su cuerpo y se puso sobre mi, para darme besitos en el cuello. Noté el calor de su pene apresado en la frescura de mi culito. Cerré los ojos, esto no podía estar pasando... Me giré y rodó sobre mi para sujetarme las manos al lado de la cabeza y mirarme a los ojos. Me besó los labios mientras frotaba su glande contra mi pubis.
-¿Qué vas a hacer?- murmuré bajo sus besos.
- Dímelo tú.
Fuera había cesado el aire y llovía apacible y suavemente, como entró él en mi cuerpo, penetrándome despacio, lentamente, para hacerme desearle, para abrirme, al paso de su verga, como una flor en primavera cuajada de rocío. Mis piernas se enlazaron en su cintura para sentirle más adentro más profundamente, arqueando la espalda, para pegarme a él. Giró sobre si mismo para situarme sentada y poder contemplarme, me acarició el pecho, yo eché la cabeza hacia atrás y en un vaivén oscilé sobre él para besarle mordiendo sus labios, su barbilla, me apretó las nalgas y me sujetó por las caderas para moverme acompasadamente, despacio...
Volvimos a girar, ahora se movía más rápidamente, concentrando toda su fuerza en cada embestida, notaba todo el tamaño de su falo dentro de mi, una vez y otra, fuerte, grande, inmenso, me sujetó por las muñecas y me mordió los labios, el cuello, haciéndome enloquecer de deseo, mi cuerpo se movía bajo el suyo con fuerza, siguiendo el compás de aquel baile de jadeos y susurros. Hasta que... entre fuertes convulsiones alcancé un intenso orgasmo al sentirle eyacular dentro de mi como un torrente sin control. Se quedó relajado, me tomó la cara con las dos manos y me besó dulcemente, los labios, la nariz, los ojos, me acarició el pelo y me besó el cuello, el pecho, mordisqueó mis pezones que se endurecieron de nuevo.
- Eres un demonio, Ángel.- le dije sonriendo poniendo mis manos en su pecho.
- Y tu un infierno de pasión- contestó mirándome a los ojos.
Se incorporó se sentó en un lado del sofá. Yo me desembaracé de la combinación de raso que había quedado enrollada en la cintura, la dejé a un lado y me puse boca abajo. El tomó la prenda y rozó con suavidad toda la espalda, los glúteos y las piernas estremeciéndome de nuevo, despertando otra vez el calor, el deseo, una convulsión hizo contraer todos mis músculos.
- Pídemelo- me susurró al oído tumbándose sobre mi espalda.
- Quiero más...- murmuré bajo su cuerpo arqueándome, levantando las nalgas
Su mano resbaló por mi vientre hasta mi pubis para adentrarse en mis labios inflamados y húmedos, rebosantes de lujuria, el flujo corría por mis muslos como un río desbordado.
- Dime que quieres cielo- me murmuró al oído.
- Quiero másss- y mi espalda se arqueaba y mis nalgas se acoplaban a él para sentir su verga deslizarse, adentrarse entre mis piernas, para penetrarme de nuevo desde atrás, con fuerza, con pasión, mordiéndome el cuello, mientras sus dedos acariciaban mi pubis, mi clitoris. Estábamos jadeando, sudando, uno sobre el otro, y su verga seguía entrando y saliendo de mi vagina, embistiendo como un toro bravo, sobre su presa.
Un grito que estremeció la noche, precedió al intenso y largo orgasmo que me hizo desfallecer. Estábamos empapados.
- Anda, preciosa, vámonos a la ducha, estamos chorreando.
Nos levantamos. Me cogió en brazos y me llevó hasta el cuarto de baño, sin dejar de darme besitos.
-¡Vayaaa!- tienes una bañera redonda.
- Es de hidromasaje.
Me dejó en el suelo y abrió el grifo.
- ¿Quieres que nos bañemos juntos?
- Siii, pon mucha espuma, y... sales.
Parecía una cría preparando su primer baño. Echo un buen chorro de gel y enseguida empezó a formarse espuma.
- Nunca me he bañado en una bañera de estas.
- Espera.
Se marchó y apareció en unos minutos con dos velas rojas y una botella de champagne con dos copas.
- Siempre he querido hacer esto. Vamos a celebrar que estás aquí, preciosa.
Encendió las velas y las depositó en una repisa al lado de la bañera. Apagó las otras luces y dejó el baño en una penumbra rojiza muyyy excitante.
- Mmmm, ¿tienes helado? ¿de chocolate?
- Creo que si.
Nos metimos en la bañera con un cuenco de helado de chocolate cada uno y una copa de champagne.¡¡¡Mmmm que gustito!!! Uno frente a otro empezamos a acariciarnos con los pies por debajo del agua. Tenía las burbujitas justo debajo de mi vulva. Entrando y burbujeando por dentro. ¡Ufff que sensación!! Y sus piernas entrelazadas, frotándose con las mias. Cerré las piernas y atrapé su pene con los pies, mientras las burbujitas seguían excitando mi esfínter y mi vulva. ¡¡¡Ufff que fuerte!!
Noté como se iba endureciendo entre mis pies, la tenía tan grande, y tan bonita. El me miraba, volvía a tener esa semisonrisa de niño malo que me ponía a cien. Y poco a poco, con el movimiento de vaivén volvió a alcanzar una dureza muy apetitosa. Me cogió por las caderas y me atrajo hacia él.
- ¿Todavía no tienes bastante preciosa?
Enredé mis brazos alrededor de su cuello y sentada sobre él, con mis piernas en su cintura le besé.
- Nunca lo he hecho en una bañera- murmuré.
- ¿No?
- No.
- ¿Te gustaría?
Asentí con la cabeza mientras cogía la copa y bebía un poquito de champagne. Empezaban a subírseme las chispitas.
- Estás muy guapo- le dije besándole en la nariz.
- ¿Te gusto?
Asentí de nuevo sonriendo como una cría pillada haciendo una travesura.
- ¿Desde cuando?
- Creo que... desde la primera vez que me miraste.
Y me besó, mientras guiaba su pene, con las manos bajo el agua, para volver a penetrarme.
- ¡Ah!- me sorprendió la rapidez con que introdujo de nuevo su miembro dentro de mi. La sensación dentro del agua burbujeante era de lo más placentera. Me moría de placer mientras me besaba, me abrazaba, me empujaba hacia arriba con cada embestida de su verga, le mordí los hombros, me agarré fuerte a él hasta llegar al tercer orgasmo, largo, intenso. Nos quedamos abrazados, besándonos apasionadamente.
Luego, después de muchas caricias y susurros, nos secamos el uno al otro y me tomó de nuevo en sus brazos para llevarme a la cama.
- ¿Todavía queda helado?- le pregunté mimosa.
- ¿Tienes hambre?
Asentí con la cabeza. Me depositó entre las sábanas y volvió con un cuenco de helado. Con una cucharilla me dio un poco, me besó los labios y luego bajó por mi vientre hasta mi pubis, cogió otro poco de helado con la cuchara y lo puso sobre mi vulva. Se adentró entre mis piernas para lamer el helado. ¡¡¡Mmmmm qué sensación!!! Su lengua pasaba una y otra vez por toda la parte interna de mis muslos, se introducía entre mis labios, inflamados, se deslizaba por mi pubis, volvía a bajar y a succionarlos.¡Ahhh!!! ¡Otro orgasmo!!! Estaba mareada ya de tanto placer. Me quedé agotada. El se acostó a mi lado.
- ¡Preciosa!!,¿vamos a dormir??
- Espera.- le miré con una sonrisa traviesa. Cogí el cuenco de helado- todavía queda chocolate.
Cogí la cuchara y le puse un poquito en su pene, que volvía a estar en erección. ¡Mmmm qué rico!!! Tenía una verga preciosa, y con el chocolate, estaba realmente deliciosa. Pasé mi lengua una y otra vez, sintiendo como se endurecía por momentos.
Me acarició el cabello, la nuca, mientras me dejaba hacer.
-¿Quieres más?
Alcé la cabeza y le miré. Cogió otra porción de helado y la colocó en sus pezones. Subí por su vientre hasta ellos para lamerlos muy despacito, una y otra vez.
Me dormí desnuda, abrazada a su cintura mientras él me acariciaba los cabellos húmedos todavía. Fuera la lluvia seguía cayendo plácida, cansada, somnolienta.
Me despertaron sus besos en el cuello y su enorme falo moviéndose dentro de mi. Abrí los ojos. En los cristales la lluvia caía con fuerza de nuevo. Me quedé por unos momentos perpleja, ni aquella era mi casa, ni aquel era mi marido. De pronto lo recordé todos y mis neuronas empezaron a despertar...
- Buenos días princesa- me dijo cogiendo mi cara entre sus manos y mirándome a los ojos, mientras su miembro me seguía penetrando dulcemente.
- Buenos días mi ángel, mi diábolo... Me encanta despertarme así.

Emitido por radio en el programa Calents y contents, en ona cat fm el 8 de enero de 2009:
http://www.ona-fm.cat/calents.asp : Blocaire calenta: Rebeca 08.1.09)