domingo, 14 de enero de 2018

LA VIUDA NEGRA



                        


Elena sombreaba con el HB el dibujo de la araña, cogió el B para intensificarla, dejó el lápiz de grafito a un lado y tomó el pierre noire 3B, el más intenso para darle fuerza. A Sara le encantaría.
"¿No te da mal rollo tatuarte una viuda negra?"le había preguntado Elena.
Sara había contestado soltando una carcajada "Nooo, no me voy a quedar viuda tan pronto, mi marido está sano como un roble". ..
El tatuaje de la viuda negra destacaba en su cuello níveo, situado cerca de la yugular, por encima de la clavícula. Estaba realmente elegante con su vestido negro. pensó Elena. cuando la vio en el tanatorio.
-Ocho meses ha durado, Elena- exclamó Sara entre sollozos, al ver a su amiga.
Los mismos que patas tenía la araña, dedujo Elena. La mala suerte hizo que diagnosticaran a su marido de cáncer el mismo día que se tatuó el arácnido sobre el cuello.
Sara y Elena estaban tomando una cerveza en la cafetería de la esquina cuando llegó Laura.
-Hola chicas- saludó sentándose- ¿Os lo podéis creer? Le he planteado lo de la separación a mi marido y me ha dicho que él no se va de la casa, que si soy yo la que se quiere separar que me largue yo, y claro, con mi minisueldo a ver qué encuentro, porque dice que de vender la casa... ni de coña... -y dirigiéndose a la camarera- Otra cerveza, por favor.
-Buff- exclamó Elena- las separaciones, si son de mutuo acuerdo, bien, pero si no... búscate un buen abogado.
-¿Con mi sueldo?- Laura negó con la cabeza- imposible.
Sara lanzo a Elena una mirada interrogante, arqueó las cejas, y volviendo los ojos a Laura le preguntó.
-Y... ¿para un tatuaje?
-¿Tienes dinero para hacerte un tatuaje?- repitió Elena maliciosa.
                                     
                                               FIN


viernes, 12 de enero de 2018

"Pasión felina"



                             PASIÓN FELINA

El cabello leonado de la muchacha refulgía con el sol de la tarde. Sus pies descalzos apenas sentían ya el dolor por las pequeñas piedrecillas y las hierbas secas del suelo de la sabana. Tenía que correr, correr, correr. Sentía las zancadas del felino cada vez más cerca, más cerca.

El jeep en el que viajaba con sus compañeros había volcado ante la embestida de varios búfalos y tan sólo ella había conseguido salir de debajo antes de que se incendiara. Había perdido las botas y el vestido se había hecho jirones.

Su melena flotaba al viento, el calor era insoportable, las gotas de sudor perlaban su piel. Tenía que seguir corriendo aun sabiendo que en breve iba a ser devorada por el enorme león que la perseguía.

Estaba a punto de llegar hasta la sombra de un acacia tortilis, cuando sus fuerzas le fallaron y cayó todo lo larga que era sobre el suelo arcilloso. El corazón parecía querer salirse del pecho. El vestido blanco, sucio de polvo y rasgado, mojado por el sudor, se pegaba a su cuerpo transparentando su bronceada piel. 

Desirée se quedó quieta, exhausta. El león se detuvo al llegar hasta ella, sentía su aliento sobre sus pies, sobres sus piernas desnudas.  La muchacha cerró los ojos. La larga melena leonada le caía por los  hombros y descendía por su espalda hasta casi llegar a su cintura.  El león emitió un fuerte rugido y empezó a girar a su alrededor hasta que su cabeza estuvo frente a la de Desirée. La joven, con la cabeza apoyada en el suelo se atrevió a abrir los ojos, sin mover ni un sólo músculo de su cuerpo. No comprendía cómo no se había convertido ya en la cena del animal.

Unos ojos grandes, y claros, como la miel, la escrutaban, recorrían su cuerpo palmo a palmo. Desirée volvió a cerrarlos angustiada. "Está pensando por dónde empezar a comerme. Aunque... igual acaba de merendarse un búfalo y ya no tiene hambre"

El felino husmeó su cuerpo pasando la cabeza sobre su espalda. El pelaje de su melena fue rozando su piel. El león dio la vuelta y se colocó detrás de ella para lamerle los pies. Unos fuertes lametones.
"Ya se ha decidido, va a empezar por los pies" pensó Desirée, angustiada.
La lengua del animal continuó por sus piernas hasta llegar a sus glúteos. Empezó de nuevo a olisquearla. Desirée no sabía qué hacer, sentía el húmedo hocico del felino sobre sus muslos. Estaba temblando de pánico. Uno de los colmillos del león se enganchó en la tira de su tanga y al levantar la cabeza lo arrancó, dejando sus nalgas al aire.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó Desirée al sentir la húmeda lengua del animal deslizarse desde su vulva hasta su ano, una y otra vez— que este bicho me ha confundido con una leona en celo, joder, a ver qué hago... mejor me doy la vuelta...
Poco a poco fue girando las caderas bajo los lametones del felino que lubricaban su entrepierna levantando el vestido hasta la cintura. Por fin consiguió quedarse boca arriba y empezó a arrastrarse, reculando, para alejarse de él. El león se detuvo y alzó la cabeza para mirarla fijamente. Los ojos color arena mojada se posaron en los azules de ella.
Desirée alargó la mano hasta posarla sobre su hocico.
—Quieto, animalito, quieto —consiguió murmurar.
La fiera ladeó la cabeza y estiró la enorme zarpa hasta ella enganchando el vestido con la uña y rasgándolo. El pecho palpitante de la muchacha quedó al descubierto.
—¡Ah! —gritó asustada.
Se miró el escote, un pequeño arañazo en su piel había dejado un hilillo de sangre. Unió con ambas manos los jirones del vestido para tapar su desnudez. El león dio dos pasos colocándose a horcajadas sobre ella. La larga melena rozaba su pubis, su vientre, sus senos. De nuevo bajó la cabeza para pasar su hocico por su piel y lamerla desde la vulva hasta las aureolas de su pecho.
"Madre mía, pues no me está poniendo a cien, este bicho con sus lametones y sus roces. Esto me recuerda a la bella y la bestia, o a King Kong. ¡La virgen! Y ahora... ¿qué hago?"
Volvió a arrastrarse intentando llegar hasta el tronco de la acacia cuando de pronto, una serpiente se deslizó desde una de las ramas y zigzagueó sobre sus cabezas.

—¡Una mamba negra, joder! — exclamó Desirée que en un movimiento veloz se deslizó entre las patas del león— aquí estaré a salvo... de momento.
El felino alzó la cabeza. La serpiente abrió la boca exhibiendo la negrura de su garganta. Con una rapidez increible en dos zarpazos certeros el ofidio voló por los aires hasta aterrizar en unos matorrales lejanos.
Desirée observó boquiabierta la escena desde debajo de las fauces del león. "Uff, por los pelos" Despacito salió de debajo y consiguió incorporarse. Se arregló como pudo los jirones del polvoriento vestido y, de pronto, un rugido la obligó a agarrarse a la melena del león buscando protección. Un gran leopardo había aparecido ante ellos.
El león levantó la cabeza observándole fijamente con sus ojos color miel. El leopardo dio dos pasos lentos acercándose, parecían dos contendientes en el lejano oeste, midiendo sus fuerzas con aquella mirada color canela. La piel moteada del leopardo brillaba en tonos dorados con los últimos rayos de sol. De repente se detuvo y emitió un rugido. La muchacha se aferró con fuerza al cuello de la fiera y otro rugido descomunal, que retumbó en toda la sabana, salió de la garganta del león como respuesta.
—Eso, grita más fuerte, que tu eres el rey de la selva —animó Desirée que casi se queda sorda ante tal estruendo.
El leopardo metió el rabo entre las piernas, giró sobre si mismo reconociendo la superioridad del león y se alejó.
—¡Eres el mejor, se ha ido! —exclamó la muchacha abrazada a su melena.
Su mirada se dirigió aterrorizada al suelo. Dos escorpiones correteaban sigilosos en su dirección.
—¡Joder, joder, joder! —de un salto subió a lomos del felino— aquí una no está a salvo ni en el suelo.
Desirée se agarró fuertemente al cuello del león, sus brazos estaban casi ocultos por la melena del animal que se dejó cabalgar sin oponer resistencia. Dio un par de zancadas y enseguida se puso a correr, cada vez más deprisa. La muchacha, a horcajadas sobre él, se dejó llevar. Una sensación inefable de libertad salvaje la envolvió. Su larga melena leonada se confundía con la del felino y flotaba al viento. Escondió la cabeza en su cuello y escuchó el latido de su corazón, tan fuerte, tan vibrante. Podía sentir bajo su pecho cada milímetro de su  musculatura robusta y vigorosa moverse con precisión.  Con el vestido rasgado estaba piel con piel con el animal. El roce del pelaje con su pubis la excitaban enormemente. Su vientre cabalgaba a lomos de aquella fiera salvaje de la que escapaba hacía unos minutos y a la que ahora se aferraba para sobrevivir. Sus senos se dejaban caer sobre su espalda uniéndose a ella, notó la erección en sus pezones y le abrazó con más fuerza. Sus piernas hacían presión para no caerse. Empezaba a dolerle el roce del pelaje sobre su vulva pero era tal la excitación que sentía que no le importaba lo más mínimo. El sol se estaba poniendo en la sabana y la tierra tenía un tono anaranjado y cálido.
El león fue aminorando la marcha hasta detenerse al lado de una gruta excavada en la montaña. Agachó la cabeza y entró en ella, dio un par de vueltas y se tumbó en el suelo de piedra.

Desirée se quedó por unos momentos sin saber qué hacer, seguía a horcajadas sobre el león. Muy despacio deslizó una de sus piernas hacia el mismo lado que la otra y con un pequeño salto bajó al suelo. Sus pies desnudos notaron la humedad de la piedra. Allí dentro no hacía tanto calor. Fuera, tan solo la luna iluminaba la noche. Se acercó a la entrada de la gruta, el cielo tenía millones de estrellas pero una gran cantidad de sonidos extraños y amenazadores la hicieron volver hacia dentro. Sus ojos azules se clavaron en los de color miel del león, que emitió un débil rugido moviendo la cabeza.
La muchacha se mordió los labios. La luz de la luna iluminaba su figura, sus cabellos revueltos cayendo sobre los hombros, la curva de sus caderas casi desnudas, los senos voluptuosos entre los jirones del vestido roto, el vientre terso, el pubis rasurado y enrojecido. El león parecía contemplarla con deleite entornando los ojos. Poco a poco se acercó a él, estaba exhausta. Se acurrucó a su lado, ya no sentía miedo, necesitaba que la protegiese de tanto bicho y tantos peligros.
El león apoyó su zarpa sobre el pecho desnudo de la joven, el roce de su pelaje en su espalda y en sus nalgas la hizo vibrar de nuevo. ¿Cómo se sentiría una leona? Había visto tantos documentales sobre los leones...
El felino rozó su cabello con el hocico. Ella se giró hacia él y metió la mano en su melena.
"Ay, Dios, cuando cuente esto en la oficina no se lo van a creer, van a flipar en colores" pensó Desirée mientras estiraba los brazos hacia atrás, mostrando al león la turgencia y exuberancia de sus pechos. La zarpa del león bajó hasta sus caderas y su lengua empezó a lamerla tiernamente, despacio, una y otra vez. Sus pezones se erizaron de nuevo con la tibieza de su humedad, su vientre se arqueó. El león fue bajando hasta su vulva, su clítoris, endureciéndolo hasta límites insospechados, subiendo a raudales la pasión sexual en un torrente de flujo que se derramó en la entrepierna de la muchacha, llevando el éxtasis hasta su culminación. Un fuerte orgasmo la sacudió de los pies a la cabeza.
Desirée abrió los ojos arrobada y sonrío. Se incorporó quedando sentada y tomó entre sus manos la cabeza del león para mirarle a los ojos.
—¡Qué bello eres! Sólo me faltaba enamorarme de ti, a ver cómo hago para mandarte whatsapps o agregarte al facebook...
El león levantó las patas delanteras y bostezó abriendo tanto las fauces que la cabeza de la muchacha podría haber desaparecido de un sólo mordisco.
—Yo también tengo sueño —añadió la joven, tumbándose en el suelo y apoyando la cabeza en uno de sus brazos— lástima que... sin almohada, bueno una de tus zarpas tan mulliditas me servirá.
Pero el felino no parecía tener sueño, se levantó del suelo y rodeó a la muchacha, el aire de la cueva estaba impregnado de olor a sexo, de olor a hembra.
Desirée contuvo la respiración al sentir el cuerpo del león sobre ella rozando con el pelaje su espalda, las patas delanteras estiradas, colocadas a la altura de su cintura. Lo había visto muchas veces en los documentales cuando se apareaban. ¡Pero ahora la leona era ella!
Las fauces de la fiera agarraron entre sus colmillos la melena de la muchacha, mientras sus patas traseras se pegaban a sus nalgas. El corazón de la muchacha latía aceleradamente. Los penes de los felinos tienen unos pequeñas espinas de un milímetro que rozan al vagina de la hembra.
"¡Ay Dios, me va a hacer daño!" pensó rápidamente notando el falo del felino buscando y restregándose por su vulva "Esto si que no se lo van a creer mis amigas, pero... bueno... una experiencia más. A ver cómo se lo explico a  mi ginecólgo"
—¡Oooh, joder, joder, joder! — exclamó la muchacha al sentir la verga del macho penetrando en su vagina. Un placer brutal la envolvió abandonando su cuerpo al empuje de la bestia que se adentraba una vez, dos, con movimientos contundentes y fuertes. Estaba totalmente aprisionada entre sus patas, con la cabeza del felino sobre la suya agarrando y tirando de sus cabellos con las fauces y su vientre pegado a las nalgas transmitiendo los movimientos compulsivos del apareamiento, apretando y friccionando sus glúteos. El dolor que producían las pequeñas espinas de su pene presionando sobre las paredes de la vagina exacerbaban aún más la excitación, el placer bestial. Los testículos de la fiera golpeaban su clítoris inflamándolo.
El felino paró unos instantes para seguir con tres fuertes embestidas y soltar sus cabellos para rugir. El cuerpo de Desirée se contorsionó con un fuerte espasmo. Un sollozo de dolor y placer escapó de su garganta. Un orgasmo feroz y salvaje explotó en cada célula de su piel. El león empujó de nuevo y una sucesión de espasmos convulsionaron el cuerpo de la muchacha agitándolo en contracciones sin control hasta dejarla inconsciente.








Unos besos en el cuello y en la boca la hicieron volver en si.
—Me encanta llegar del trabajo y encontrarte echando la siesta en el sofá —escuchó susurrándole al oído.
Desirée entreabrió los ojos y ,asombrada, miró a Pablo, su novio, que estaba sobre ella.
—¿Y el león?
Pablo giró la cabeza hacia la tele y se echó a reír.
—Ja ja, ahí lo tienes. Siempre te quedas dormida con los documentales de la dos.
La muchacha volvió los ojos y... allí estaba su león, apareándose con una leona. Su mano se deslizó hasta su tanga, estaba totalmente empapada.
La mirada de Pablo se desvió hacia le entrepierna de la muchacha.
—¡Vaya , vaya! ¿qué escondes por aquí? —dijo metiendo la mano bajo el tanga y palpando la humedad— bueno, bueno, esto está diciendo ¡Cómeme!
La boca de Pablo se perdió entre los voluptuosos senos de la joven que asomaban por la blusa. La acabó de desabrochar y bajó con sus labios por su vientre, arrastrando el tanga piernas abajo con los dientes. Desirée se estiró en el sofá .
—Mmmm. —murmuró excitada,  metiendo los dedos en los mechones negros de su novio, mientras él succionaba sus erizados pezones.
Pablo se levantó, se quitó la ropa  y la dejó sobre la mesa, al lado de dos billetes de avión para Tanzania. Se tumbó sobre su novia y la penetró con pasión y vehemencia.
Desirée cerró los ojos. Allí estaba la mirada cálida, color miel de su león, escrutándola,  embistiéndola con su miembro de espinas, haciéndola estallar de placer. y ahora podía escuchar su voz.

—Me enloquece poseerte, princesa, siempre eres mía.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Inocencia

Inocencia llegó al mundo un 1 de Febrero, probablemente a mediodía, a las doce y cuarto, le dijo su madre; será por eso que nunca le gustó madrugar.
No fue una niña buscada, sus padres ya tenían la parejita, ella fue algo así como... un accidente, un accidente con ojos azules, ricitos dorados y con mirada de pena. Como no se esforzaron mucho en elegir su nombre, le pusieron como su madre, Inocencia.
Fue una niña muy torpe, cuando jugaba siempre se caía, nunca se supo si era debido a su miopía de la que no se dieron cuenta sus padres hasta que cumplió los catorce años o a qué extraña circunstancia pero cuando jugaba a la cuerda con las amigas salía disparada y se daba contra la pared del colegio, cuando saltaba las escaleras aterrizaba con la cabeza en el suelo, cuando jugaba al escondite y salía corriendo para que no la pillaran, también solía caerse o estrellarse contra las paredes de la calle. Su madre tenía ya el pañuelo preparado con la moneda de cincuenta pesetas para tapar el chichón que casi siempre llevaba en la frente.

Inocencia subió corriendo, agitando las trencitas, y llorando desconsolada, las escaleras de su casa.
- ¡¡¡Mamá, el Sultán se ha comido mi tortilla!!!
Su madre se asomó a la escalera, ya sabía que era su llorona hija pequeña. Sultán era un gran pastor alemán, la mascota de una de las niñas que vivían al final de la calle. Y la pequeña le tenía pánico.
- ¿Qué ha pasado?
- Pues... estaba jugando a la comba y- contestó Inocencia entre hipidos- se ha salido la tortilla y se ha caído al suelo, y el Sultán se la ha comido!!!
- Bueno, no pasa nada, ya te hago otra.
En los años 60 las madres siempre estaban en casa y los padres solo trabajaban, casi siempre en dos empleos para llegar a fin de mes. Cuando Sultán aparecía por la calle, Inocencia ya no volvía a bajar. Se sentaba en el balcón, con las piernecitas colgando entre los barrotes y allí se sentía a salvo del perro, al que miraba desde arriba. Cogía los tebeos, o los cuentos y se comía tranquila el bocadillo de tortilla que le había vuelto a hacer su madre.
Cuando llegó a la adolescencia, de los tebeos de Mortadelo y Filemón y los cuentos de hadas y princesas (de donde sacó la conclusión de que si no te casabas no podrías ser feliz) pasó a las novelas de Corin Tellado, donde se seguía afianzando la errónea idea de que venías al mundo para enamorarte, casarte y ser feliz. Claro que, cuando veía a su madre pasarse los fines de semana planchando o cosiendo y a su padre arreglando relojes, toda la tarde, y casi sin hablarse... ¿qué tenía que ver eso con las princesas y el “se casaron y fueron felices”?
Aparte de una charla que les dieron en el colegio sobre educación sexual: la regla y cómo nacen los niños, de la que dedujo que ya lo sabía “todo”, nunca le interesó ese tema, ni indagar nada sobre el desarrollo de su anatomía.

A los quince años tuvo su primer amor platónico, el profesor de matemáticas del instituto. Como buena romántica se enamoraba de todo aquel amor imposible, inalcanzable. Estaba tan enamorada de su profesor que no sólo hacía los problemas de los deberes, sino que se inventaba problemas para enseñárselos al final de la clase y comentarlos con él.
Era extremadamente tímida. Sus primeros contactos con el género masculino tuvieron lugar en la discoteca, ella era de las que apoyaban los antebrazos contra las clavículas del chico para que no se acercara demasiado.. Su madre y su abuela le decían que… no había que “dejarse”.
Su primer beso en los labios no tuvo lugar hasta los diecinueve años, ya antes un chico le había pedido para salir, en el instituto, pero, como era muy responsable, le dijo que tenía que estudiar, que en todo caso a la hora del recreo. Pero a la hora del recreo le dio tal corte que se escondió… y el chico ya no volvió a insistir. Era tan buena nena que los chicos de la clase no le pedían para salir, precisamente por eso, por ser muy “buena nena”.
El caso es que sin darse cuenta se encontró saliendo con Valentín, un niño de quince años, cuatro menos que Inocencia, con el que iba a clase de teatro. La besó una vez, dos, pero a la tercera Inocencia pensó que aquello debía ser pecado mortal y fue a la iglesia a confesarse. El cura le dijo que tenía que guardarse para su marido, y... ¿cómo sabría ella si Valentín iba a ser su marido?
También fue la primera vez que vio los órganos genitales de un hombre (los de Valentín) totalmente en erección cuando se los enseñaba. Quedó estupefacta, ¡cuantas cosas y tan grandes se guardaban los hombres debajo del pantalón! Hasta ahora los que había visto eran los de algún niño pequeño o algún bebé de los que cuidaba cuando trabajaba esporádicamente de canguro. ¡¡¡Pero aquellas cosas eran enormes!!!
Una tarde que se quedaron solos en casa de Valentín, la convenció para que se desnudaran y hablasen desnudos pero lo que hizo ¡¡no fue hablar!! comprobó nerviosa, Inocencia, sino que se puso sobre ella, presionando con su pene su clítoris. Tan sólo repetía: ¿Te gusta? ¿te gusta? Inocencia miraba el reloj y pensaba que se le iba a hacer más tarde de las diez para volver a casa, y le iban a echar la bronca.
Valentín se detuvo y se la quedó mirando: “¿cómo puedes ser tan fría?” le dijo.
¿Fría? pensó Inocencia, tenía la temperatura normal, era invierno... Por fin consiguió quitárselo de encima, aunque llegó algo más tarde de las diez de la noche a casa.
Inocencia se quedó muy preocupada, ¿se habría quedado embarazada? ¿había hecho el amor por primera vez?. Una compañera de clase que ya lo había hecho le dijo que le dolió, que le rompió el himen. Ella no había sentido ningún dolor ni rotura de nada, cuando Valentín se puso sobre ella, así que… no debía ser eso. No entendió lo que le dijo su amiga de un… orgasmo, pero... por no preguntar... ¿qué sería eso? Pero después de aquel susto no quiso volver a salir con Valentín.

Después del instituto decidió estudiar Magisterio. Como la Escuela Universitaria estaba en la ciudad, el primer día fue con el autobús, con sus compañeras del instituto, pero el segundo día le dijo su padre que cogiera el tren, que era más barato. Su hermano le hizo un plano de cómo llegar hasta la escuela, pero... claro... ella era negada para los mapas, tenía un sentido nulo de la orientación, así que tomó el mapita al revés y... se perdió. La casualidad hizo que viera por la calle a un chico cuyo rostro le era familiar. Recordaba haberle visto el día anterior, en clase, en la presentación. Se acercó a él.
- Perdona, vas a la Normal, ¿verdad?
- Si - le contestó mirándola sorprendido, con aire interrogativo.
- Es que... me he perdido, ¿puedo ir contigo?
- Si, si, claro.
Jorge la miró, no era una pregunta muy común si no te la decía una niñita sino una preciosa chica de veinte años. Cuando llegaron se unió a sus amigos. Inocencia, ya en clase, se sentó con ellos, mientras sus amigas se quedaban alucinadas al ver qué pronto había hecho amistad con el género masculino.
Así llegó la época en que empezó a tener éxito con los chicos, porque dos de ese grupo le pidieron para salir, y aceptó a uno de ellos. Era un chico guapo, alto, pero sumamente cariñoso, la agobiaba, le cogía la mano en clase, cuando paseaban por la calle la abrazaba y se sentía sumamente “espachurrada”. Una mañana, en clase, Inocencia le pasó una notita: “creo que será mejor que lo dejemos”. Y así acabó la historia. “Con esa carita de ángel que tienes, eres un demonio” , le dijo el muchacho.
Unos meses más tarde se enamoró de Fernando, otro compañero de clase, vasco, que tenía unos preciosos ojos verdes y llevaba barba. A él le gustaba estar con aquella muchacha, era tan ingenua que despertaba su lado más protector, le hablaba de las experiencias sexuales y de lo placenteras que eran. Inocencia seguía sin encontrar la gracia a aquello del sexo. Después de su mala experiencia con Valentín, nunca había vuelto a dejar que un chico se “acercase tanto”. Fernando le dio unos besos dulces y cálidos. Pero cuando acabó el curso se fue al país vasco.
Y llegó el verano y con él la necesidad de buscarse un trabajo temporal en la costa. Lo encontró de dependienta en una tienda de ropa, con su amiga Paloma. A mediodía se comían un bocadillo en la playa, y como Paloma era hija de un coronel de la base aérea, se quedaban en la caseta que la aviación tenía en la playa y que estaba al lado de la caseta de la Cruz Roja. Se hicieron amigas de los soldados del bar de la caseta y de los socorristas. Pero Paloma aguantó poco y al mes ya quiso marcharse, pero Inocencia se quedó y siguió frecuentando las casetas. Se comía el bocadillo y se echaba la siesta en la playa hasta las cinco que entraba por la tarde. Un día le dijo uno de los socorristas.
- ¿Por qué no te vienes a mi caseta? Ahí tenemos una cama y podrías dormir mejor que en la arena.
- Ya, pero... a mi no me van a dejar entrar.
- Si vienes conmigo, si.
Y tanto insistió un día y otro que al final Inocencia se animó y le dijo que si, deseosa de echar una cabezadita, porque se levantaba muy pronto para coger el bus y se acostaba muy tarde.
Entraron en una pequeña habitación que había en la caseta. ¡Qué bien!, Inocencia se tumbó en una pequeña cama boca abajo y cerró los ojos. El joven se sentó en una silla.
- Puedes irte ya - le dijo abriendo los ojos y mirándole.
El se levantó y se sentó en la cama junto a ella, la miró y empezó a acariciarle el pelo.
- En esta cama cabríamos los dos, ¿no crees?
A Inocencia se le encendió una bombillita y… empezó a ver clara la situación... ¡¡no iba a dejarla dormir... igual quería hacer otras cosas en aquella cama!!
Pegó un salto de la cama y se dirigió a la puerta. Él la sujetó por el brazo.
- ¿No me das ni un beso?
La muchacha se soltó, abrió la puerta, pasó por delante de la otra caseta, cogió la toalla y siguió corriendo por la arena hasta alejarse de allí. ¡¡¡Qué vergüenza!! Ella y su falta de perspicacia para ver las segundas intenciones, seguro que el de la caseta de la aviación también había pensado que ella quería acostarse con el socorrista, y ella, tan pava como siempre... va y piensa que quiere dejarla dormir.
Al día siguiente se lo contó todo al soldado de la caseta y cuando vino el socorrista no quiso ni hablar con él. Al final fueron ellos los que se pusieron a discutir uno diciendo que ya sabía a lo que iba y el otro defendiéndola.

Un hermoso día de verano apareció Fernando en la tienda, no se lo podía creer. Había venido de vacaciones. Se fueron a la playa a comer y luego se perdieron por las rocas. A Inocencia le gustaban sus besos y sus caricias, sobre su piel, tapada tan solo por un pequeño bikini negro.
- Eres como un fruto prohibido- le dijo Fernando- tengo miedo de tocarte.
- No tengas miedo.
Y una tarde se fueron a su apartamento.
- ¿Por qué no nos duchamos juntos?- le dijo.
Inocencia dudó unos instantes, le daba vergüenza pero… ¿¿por qué no??
- Pero no me toques- le dijo bajo la ducha.
- No, no te toco - él sonreía mirando el cuerpo bronceado de Inocencia, donde justamente quedaban en blanco los cuadraditos del bikini.
Ella bajó la vista a sus genitales bajo el chorro del agua ¡¡¡Vaya, qué cosa más rara!!!. Lo que ella recordaba es que eran enormes y lo que él tenía estaban... arrugados. Ni se le ocurrió pensar que aquello podía agrandarse y encogerse. Se secó y se vistió deprisa con una falda blanca y un polo. El se puso un boxer y se tumbó en la cama. Inocencia se tumbó junto a él. Empezó a besarla y acariciarla. Pero su respiración se hacía rápida, empezó a jadear y ella se asustó y abrió los ojos desmesuradamente.
- ¿Qué te pasa? ¿estás bien?
El se detuvo y sonrió. La mirada de Inocencia se posó en el boxer entreabierto por el que asomaba algo que se movía.
- ¿Qué miras?
- Nada, nada. ¿Nos vamos?

En unas vacaciones de invierno fue con María, su mejor amiga, a su pueblo, en Teruel. Inocencia tuvo mucho éxito, con los chicos del pueblo, su simpatía innata, su larga melena leonada y sus preciosos ojos azules hechizaban a más de uno. María, sabiendo lo ingenua que era, la puso sobre aviso.
- Mira, si un chico te dice que vayas con él a la fuente, o detrás de la Iglesia, ya sabes a lo que vas, ¿entiendes?
- Sí, ya sé. No te preocupes, me acordaré.
Se estaba bien en aquel pueblo, aunque solo había dos bares, pero hacia un frío intenso y un aire gélido y cortante aquella noche.
Arturo la llevaba cogida por la cintura al salir de uno de los bares.
- ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta?
- ¿Por dónde?- preguntó recelosa.
- ¿Vamos hasta la iglesia?
- No, a la iglesia no. – menos mal que la había advertido Maria.
- Pues hasta la fuente, y bebemos agua.
- No tengo sed.
- ¿Y al coche?- le preguntó separándose de ella y abriendo los brazos, impaciente- ¿te vienes conmigo al coche o también te da miedo?
¿Al coche? Maria no había dicho nada del coche.
- Sí, si, al coche si, por supuesto, con el frío que hace. Vamos al coche.
Hacia muchísimo viento y en el coche se estaba bien. Arturo empezó a acariciarle el pelo.
-Tienes un pelo precioso.
Pero al pasar su mano por la cara de la muchacha, le saltó la lentilla. (Inocencia llevaba lentillas desde los quince años pero como eran duras, de las primeras que se hicieron, a veces saltaban)
- ¡Espera, espera!, me ha saltado la lentilla, no te muevas. Enciende la luz.
- ¿La lentilla?- Arturo encendió la luz del coche- A ver, ¿ por dónde ha caído? Si es que... vaya noche me estás dando..
- Mira a ver si brilla algo, que yo no veo bien sin la lentilla.
Maria, que estaba aparcada en otro coche, algo más atrás, con otro chico, se quedó perpleja.
- Pero si es mi amiga, y ¿qué hacen encendiendo la luz, es que no atinan?
Dentro del coche Arturo no paraba de quejarse, mirando entre los asientos. Al final consiguieron encontrar la lentilla. María vino con su chico a ver qué les pasaba, muerta de risa, y volvieron juntas a casa.

Ernesto, uno de sus amigos le pidió que saliesen juntos. Inocencia se sentía bien con él, se le veía fuerte, protector y le daba siempre buenos consejos. Ya tenía veintitrés años y casi todas sus amigas tenían novio. Iba siendo hora de sentar la cabeza. Era sumamente cariñoso, y tierno y daba los besos más dulces que jamás le habían dado.
- Salimos; pero a mi eso del sexo no me interesa- le dijo.
- Bueno- contestó él- no tengo prisa, ya te interesará.
En una de aquellas tardes de caricias y besos, tuvo Inocencia su primer orgasmo. ¿Qué era aquella sensación? le pareció algo maravilloso.
Poco después, Ernesto, intentó hacerle el amor pero, recordando su experiencia sexual con Valentín le dijo:
- Por ahí no es.
El quedó unos instantes perplejo.
- ¿Cómo que por ahí no es?
- Por ahí no hay nada, es ahí delante.
- Claro que es por ahí.
- Que no, que ahí no hay nada.
Le costó un tiempo convencerla y explicarle que si, que era por ahí (no es preciso aclarar que Inocencia no usaba tampones, sino compresas, y que nunca se le había ocurrido masturbarse)
Varios meses más tarde y tras muchos intentos de acercamiento y retirada, llegó a tener su primera relación sexual, y, aunque no le pareció gran cosa, por fin, a sus veintitrés años, consiguió perder... su inocencia.
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Inocencia descuelga el teléfono, amodorrada
- ¿Si?
- ¿Inocencia? ¿eres tu?
- Si.
- No me lo puedo creer, ¿eres tu la autora de "Rashia", el best seller de novela erótica de este año? Soy Fernando, de magisterio ¿te acuerdas?
- Si, si, claro...- murmura asombrada- Fernando, cuanto tiempo... ¿cómo... cómo has sabido mi número?
- Me encontré con Isidoro, y me lo contó. Estoy aquí, pasando el verano, ¿por qué no nos vemos? Me encantaría... de verdad...
- Bueno, pues si... yo te llamo... miraré mi agenda.
- No dejes de hacerlo- y en un susurro- no he podido olvidarte...
Inocencia sonríe maliciosa y cuelga el teléfono, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿veinte años? Ella tampoco ha olvidado aquellos ojos verdes mirándola en la playa...tal vez no sea demasiado tarde para que, Fernando, saboree el fruto prohibido que tenía miedo de tocar. 

miércoles, 16 de junio de 2010

miércoles, 13 de mayo de 2009

ALEJANDRA






Como todas las mañanas...
- ¡Buenos dias!. Un café.
Como cada mañana Alejandra, con su mirada altiva, le sirve un café detrás de la barra de la cafetería de la estación. La ve deslizarse entre las mesas con la elegancia de una princesa; fijar la vista en un punto lejano elevando la cabeza. Con la gracia de Grace Kelly, gira su estilizado cuello para mirar a los clientes que llegan presurosos a tomar algo, antes de iniciar su viaje.
“ Tiene aire de princesa egipcia”- piensa Pablo, mientras apura su café antes de tomar el tren de las siete de la mañana.
Alejandra desvía la mirada hacia el horizonte donde el sol se despierta sobre el mar. Cada mañana la misma rutina, devuelve el cambio al viajero que acaba de tomarse el café y sus pupilas se encuentran por un momento con aquel mar agitado que son sus ojos verdes. La misma sonrisa en los gruesos labios del hombre que se despide con un: ¡Hasta mañana!.
Alejandra le sigue con la mirada hasta la puerta que da al andén, tiene una amplia espalda y es muy alto. El se gira entonces y ella aparta la vista.

Pero es varias horas más tarde cuando Pablo vuelve a verla en un ambiente totalmente diferente, casi no la reconoce. Ha empezado hace una semana a ir a un nuevo gimnasio, está corriendo en la cinta, y le resbala el sudor por la frente y el pecho. De pronto, la ve llegar y entrar en la clase de danza del vientre. ¡Vaya, que casualidad!! Viste un top negro muy cortito, que deja ver un vientre terso y firme adornado por un piercing en el ombligo, una especie de diamante de color esmeralda, y en las piernas unas mallas negras hasta el tobillo. Entra en la clase y se coloca un pañuelo de flecos con medallitas doradas alrededor de las caderas.
Pablo se queda hechizado por aquella cintura que empieza a cimbrear elástica y flexible. Observa un precioso tatuaje en su bronceada espalda. Las caderas se balancean voluptuosamente y el pecho parece tener vida propia, ni Sakira se mueve tan bien. Sigue corriendo en la cinta notando la excitación en su miembro, sube la velocidad a medida que va subiendo el ritmo vibrante de la música en la clase del otro lado del cristal.
“Se mueve como una serpiente” piensa Pablo mientras la imagina desnuda moviéndose sobre él, marcando el ritmo de la música con el vientre sobre su pelvis.
La clase acaba con una vibración de todo el cuerpo, que aturde a Pablo, no puede dejar de correr, el bulto que marca su miembro no pasará desapercibido si baja de la cinta. “A buenas horas se me ocurrió comprarme un pantalón elástico”
Unos minutos de relajación y la clase finaliza. Las muchachas empiezan a salir. Pablo para la cinta y se seca el sudor con la toalla. Para disimular su excitación la coloca, como al descuido sobre la protuberancia de su bajo vientre, y se dirige a ella, para saludarla.
- ¡Hola, qué casualidad, tú por aquí!!
Alejandra le mira intentando reconocerle.
- Me suenas, pero... no sé de qué...
- En la cafetería, por las mañanas...
- Ahh, si- unos ojos muy abiertos y una sonrisa- ahora caigo.
- Soy Pablo- se presenta alargando la mano que tiene libre.
Alejandra se la estrecha y sonríe entornando sus profundos ojos negros.
- Hola Pablo.
- Hola Alejandra, bueno, tu nombre ya lo sabía, lo pone en la chapita que lleváis.
- Si, si- contesta Alejandra intentando rescatar su mano que ha quedado atrapada entre los fuertes dedos de Pablo.
Los ojos del joven se desvían hacia su escote donde unos senos firmes y turgentes, aprisionados por el top, brillan incitantes mojados por el sudor.
- Bueno pues... –interrumpe Alejandra, azorada por la inquietante mirada.
- Ehhhh, si, ¿te vas ya? hace un ademán involuntario con la toalla, y... esta vez son los ojos de Alejandra los que se desvían hacia el enorme bulto de su pantalón.
Pablo se da cuenta y, nervioso, vuelve a ocultar su excitación con la toalla.
- Voy... voy a ducharme ahora- murmura Alejandra.
- Sí, si, yo también voy a pegarme una ducha... Venga, hasta... hasta mañana.- “Una ducha fría” piensa Pablo mientras la ve alejarse.


Al día siguiente, por la mañana Alejandra le ve aparecer. No puede evitar sentir un cosquilleo bajo su vientre, ha pasado toda la noche soñando con aquella enorme protuberancia de su pantalón. Se acostó inquieta y los brazos de Morfeo se encargaron de transportarla a los fuertes brazos de Pablo.
- Buenos días Alejandra- una sonrisa y unos apasionados ojos verdes que se clavan en los suyos.
- Hola Pablo. ¿Un café?.
- Si, gracias.
Pablo se queda ensimismado agitando el azúcar con la cucharilla, sus ojos se detienen en la guinda verde de una de las ensaimadas que hay tras el cristal, en la vitrina de las pastas. Y... de repente... la guinda se transforma en la piedra esmeralda que decora el ombligo de Alejandra, su vientre está allí sobre la barra de la cafetería moviéndose como una serpiente, culebreando, al ritmo de la música, su pelvis se eleva con una cadencia sensual, baja y sube, sube y baja, baja y se pega a la barra, sube y su espalda se arquea, una y otra vez, rítmicamente, su pubis sube y baja tapado únicamente por el fino pañuelo verde de flecos y un diminuto tanga de encaje blanco que destaca sobre su bronceada piel. Sube y baja, arquea la espalda, sube el pubis. Pablo alarga el brazo y... recorre con los dedos aquella tersa llanura que forma su vientre, la piel de Alejandra se estremece con el contacto. Los dedos del joven empiezan a bajar y retiran el pañuelo para rozar el suave encaje del tanga, acaricia la parte interna de los muslos, los remonta hasta llegar a las rodillas, baja por la pierna, acaricia los pies desnudos que descansan sobre el frío mármol. Inicia de nuevo el camino de retorno hacia su pubis, despacio, casi sin tocar su piel. La muchacha sigue moviendo su vientre, al ritmo de la música sobre la barra de la cafetería. Están solos, no hay nadie más, tan sólo la suave brisa de la mañana y la música oriental, inundan la estancia.
Pablo detiene sus dedos en el monte de venus. Alejandra gira la cabeza y le mira.
Los labios de Pablo rozan su boca, deleitándose con aquella suavidad, le acaricia los cabellos negros que caen en desorden sobre la barra, la huele, huele... a diosa. Su mano asciende por el pecho, y sus dedos recorren el borde del sujetador y se adentran para acariciar sus pezones, duros y erizados. Un pecho que sigue moviéndose, arrebatadoramente sensual...
Alza la mirada y....
- Vas a perder el tren.
La voz de Alejandra le hace volver a la realidad, mira hacia el andén, su tren ya está estacionado.
- Gracias, hasta..., hasta luego.
Apura el café y sale corriendo.
Alejandra apoya la espalda en la pared, la mirada de Pablo la ha hecho estremecerse hasta la última célula de su piel, siente su sexo húmedo, excitado. Se seca las manos en el delantal, mientras su vista se pierde tras el último vagón del regional expres. Por unos momentos la cafetería se ha quedado vacía. Sale de detrás de la barra y empieza a recoger las mesas, deja los vasos sobre el mármol y... se detiene un momento, cierra los ojos. Las manos de Pablo están allí sujetándola por las caderas, siente la dureza de su miembro entre sus glúteos. Su boca la besa en el cuello, la muerde.
- Te deseo- le dice al oído.
En un impulso apasionado sus dedos desgarran su blusa, rompiendo los botones y aprietan sus pechos. Alejandra echa la cabeza hacia atrás y se deja hacer. Las manos hábiles de Pablo bajan por su cintura y se deslizan por su vientre, en unos momentos los pantalones de Alejandra caen hasta sus tobillos. El joven la voltea y la besa agarrándola por los cabellos y la cintura, devorando sus labios. Como si fuera una pluma la levanta del suelo para sentarla en la barra. Acaba de quitarle los pantalones, los zapatos. Le acaricia los pies desnudos, los pone sobre su pecho mientras sus manos van subiendo por sus tobillos, sus piernas, las abre y se coloca entre ellas, se acerca a su ombligo, donde centellea aquella piedra esmeralda, Alejandra enreda sus dedos en los cabellos negros de Pablo mientras la canción de Better in Time de Leona Lewis, suena en el hilo musical. La lengua del muchacho acaricia su vientre en círculos alrededor del piercing y va subiendo hasta su pecho. Con destreza desabrocha el sujetador y se deshace de él y de la blusa. Su cabeza queda atrapada entre los senos de Alejandra, que sigue extasiada, abrazada a él mientras Pablo le lame los pezones, las aureolas y sus manos aprietan sus caderas, atrapan su tanga, la muchacha eleva los glúteos y ayudándose de la boca, Pablo consigue dejarla completamente desnuda. Sus manos acarician ahora sus muslos y se deleita saboreando el flujo que moja la entrepierna de la muchacha, que cierra los ojos y arquea la espalda para sentir su lengua en sus labios mayores, menores, adentrándose en su vulva. Con rápidos movimientos, Pablo, se va quitando la ropa. La enlaza por la cintura y la baja al suelo. Alejandra queda alucinada al ver su pene enorme, grande y rígido acercándose a su vulva, empujando sobre su clítoris, mojándose en su flujo, sus manos se enlazan tras el cuello de Pablo, y sus piernas se elevan de nuevo, de un salto se coloca a horcajadas sobres sus caderas, un grito escapa de su boca al sentir su enorme verga penetrándola con decisión, sus brazos la levantan y la sujetan por las caderas como si fuese una muñeca, mientras la embiste una y otra vez con fuertes golpes de pelvis. Un intenso orgasmo la hace estremecerse. Pablo la tumba sobre una de las mesas y la sigue penetrando mientras acaricia sus pies, los lame, los mordisquea, una intensa sacudida de todo su cuerpo, seguida de otro orgasmo que la deja sin aliento. El joven la levanta de nuevo y la voltea dejándola apoyada en la barra, para penetrarla desde detrás, una y otra vez, hundiendo su falo en su vagina, cogiéndola del cabello, mordiéndole los hombros, apretándole el pecho. Alejandra siente la frialdad del suelo en sus pies y el calor de la pasión del pecho de Pablo en su espalda, la fuerza de su manos apretando sus pezones, pellizcándolos, su dedos agarrando sus cabellos para devorar su cuello, su falo eyaculando dentro de su vagina, recorriendo con su semen sus rincones más secretos, arrancándole un orgasmo bestial que la hace sollozar de placer.
Pablo recorre ahora con ternura su pecho, acaricia su vientre, continúa moviéndose dentro de ella, que sigue apoyada en la barra, con las piernas temblando. La besa en los hombros, en el cuello, aferrado a su cintura. Alejandra abre los ojos al escuchar abrirse la puerta de la cafetería que da al andén.
- He perdido el tren. ¿Me pones otro café?.

Emitido por radio en el programa Calents y contents, en ona cat fm el 8 de Mayo de 2009:http://www.ona-fm.cat/calents.asp : Blocaire calenta: Rebeca 8.5.09)

viernes, 19 de diciembre de 2008

YOLANDA


Yolanda miraba extasiada la corpulenta espalda del entrenador de fútbol del pequeño Noa; ella, y todas las madres que se congregaban en las gradas del colegio mientras sus peques pasaban la hora correteando tras la pelota.
- ¡Qué bueno está!- comentaba elevando las arqueadas cejas para abrir más los vivarachos ojos.
- Ya te digo- afirmó Estela a su derecha- y que voz tiene.
- Ufff, a mi me tiene loquita- aseguró Alejandra a su izquierda.
Iván seguía ajeno a sus miradas dirigiendo a los pequeños emuladores de Raúl y Ronaldiño.
- Noa, marcando, tienes que marcar a Alex. ¡A ver, esa defensa!
Su voz grave, rota, excitaba hasta la última célula de las mamis treinteañeras que no se perdían ni uno solo de los entrenamientos de su prole.
- ¡Noa, los cordones!. Átatelos.- el partido se interrumpió un momento. El pequeño miró a su madre, pidiendo socorro.
- ¡Mamáaaa!
Yolanda acudió presurosa en su ayuda y se agachó a atarle los cordones a su hijo bajo la mirada atenta de Iván. Se miró el escote. Desde donde él estaba seguro que podía verle hasta el ombligo. Elevó la vista un momento y... corroboró su sospecha, los profundos ojos negros del entrenador estaban fijos en su voluptuoso canalillo. Una sonrisa pícara y un: “ya están atados, Noa” mientras la sonrisa le era devuelta por los gruesos labios de Iván.
“Ay Dios, se me van a mojar las bragas de gusto”- pensó Yolanda, mientras sentía la mirada del entrenador recorriendo su espalda, se giró antes de sentarse con sus amigas y se encontró con aquella semisonrisa y aquella mirada profunda que recorría sus nalgas y sus piernas.
- Anda que, menudo repaso te ha echado con la mirada, nena- comentó Estela.
- ¡¡Me muero!!- dijo Yolanda.
- Está para comérselo.
Durante el partido Alex resbaló y cayó al suelo, haciéndose un rasguño en la rodilla. Alejandra, su madre, se levantó de la grada, pero Iván fue hacia él y con mucho cuidado lo tomó en brazos y lo llevó hasta la fuente para curarle la heridita. Las tres amigas se quedaron embobadas...
- ¡Qué tiernooo!!- susurró Alejandra- yo quiero que me coja en brazos.
- Pues... como no te caigas...- dedujo Yolanda.
Por fin acabó el improvisado partido y con él la hora de entreno de los niños. Estaban a mediados de Mayo y el calor era ya veraniego. Iván se quitó la camiseta y se dirigió a los vestuarios. Las tres amigas pudieron admirar la perfección de sus pectorales, ligeramente brillantes por el sudor, sus abdominales bien marcados... Al pasar al lado del grupo de madres que estaban recogiendo a los pequeños no pudo menos que sonreír y dedicarles un: “bueno, hasta el sábado- y dirigiéndose a Alex- ya no te duele ¿verdad campeón?”
- Pues.. no sé si podré jugar Ivan, creo que me he lesionado- argumentó muy serio el pequeño.
- Por supuesto que iremos- intervino rápida Alejandra- eso no es nada Alex, mañana ya estará curado.
- ¿Dónde jugamos el sábado, Ivan?- preguntó Yolanda.
- Pues contra el colegio del Mar, en Salou. Bueno, os dejo que me voy a pegar una ducha antes de irme.
Y con la camiseta sobre el hombro y los mechones de pelo ligeramente revueltos a lo “garçon terrible”, desapareció dentro de las instalaciones seguido atentamente por la mirada de las mamás que recorrían su amplia y musculosa espalda intentando grabarla en su mente.
- Mmmm como me gustaría ver como se ducha. – Yolanda imaginó ese cuerpo, enjabonado, el agua cayendo sobre su pecho, sus glúteos... - ¡¡Uff, de vicio nena, de vicio!!.
- Anda que se te cae la baba.
- Venga Noa, coge la mochilla que nos vamos- ordenó Yolanda sin dejar de mirar hacia los vestuarios del colegio.
- Jo, mami, déjame jugar un ratito más... ¡¡Porfa!!
- No, que es tarde, además me estoy haciendo pis.
- Pues ahí dentro hay water mami.- dijo Noa señalando los vestuarios.
- Pero Noa, ¿cómo voy a entrar ahí?
Sin embargo, una mirada picara se dibujó en su semblante. De todos modos, los lavabos del colegio ya estaban cerrados, tan sólo podía utilizar los de los vestuarios de los chavales. Alejandra y Estela la miraron, sus niños ya se habían ido a jugar también.
- ¿No te atreverás?- dedujo Estela.
- Jajaja, sí que se atreverá- observó Alejandra.- Anda entra a ver si le ves y luego nos lo cuentas.
Yolanda miró hacia ambos lados, los niños jugaban con la pelota ajenos a su indecisión. Y dando media vuelta se dirigió hacia los vestuarios.
- Es que... me estoy meando...- se excusó abriendo los brazos y elevando los hombros.
- Jajaja, anda, anda, que te esperamos.

El ruido del agua de una de las duchas, le hizo saber exactamente dónde se estaba duchando el joven entrenador. Yolanda entró en uno de los servicios para desahogar su vejiga. Luego se levantó, se bajó la falda... y salió sigilosa... Las duchas estaban al final del pasillo, despacio, siguiendo el sonido del agua se fue acercando... y se quedó parada, medio escondida tras la puerta que daba a las duchas, desde allí podía ver perfectamente la espalda y las nalgas de Iván, mientras el agua recorría aquellos músculos perfectos y bronceados. El joven se acariciaba el cuerpo con una esponja mientras el agua caía sobre él, se dio la vuelta mostrando un falo enorme y... en ese momento en erección, pasó su mano por él una y otra vez. Yolanda giró sobre si misma rápidamente, para que no la viese, tan rápidamente que resbaló con el agua mojada que había en el suelo y cayó de culo.
- ¡Ah!.
El joven sobresaltado salió de la ducha y abrió la puerta. Yolanda creyó morirse al verle allí, mirándola, desnudo, mientras ella seguía como petrificada en el suelo, con la falda levantada y... el tacón del zapato roto.
- ¿Qué haces aquí? ¿te has hecho daño?. – indiferente a su desnudez el muchacho se afanó por ayudarla a levantarse.
- Es que me estaba haciendo pis y como la polla que da a los lavabos del... digo.. la puerta del colegio de los baños..., perdona.
Iván se echó a reír ante la atónita mirada de Yolanda que no podía apartarla de su miembro. Pasó su mano por el tobillo de la muchacha.
- ¿Te duele?
- Un poco- murmuró Yolanda, excitadísima con el contacto de la piel del joven sobre su pierna.
Iván subió la mano despacio por su pantorrilla y la miró a los ojos.
- Y ¿ahora?- preguntó sin dejar de mirarla.
Yolanda abrió las piernas y echó la cabeza hacia atrás exhalando un suspiro y arqueó la espalda.
- Ahhh, un poco menos.
La mano de Iván se deslizaba ahora por sus muslos calientes.
- Y.. ¿ahora?- sus dedos rozaban ya el diminuto tanga de Yolanda y lo arrastraban dejando al descubierto su vulva húmeda, inflamada...
Iván le pasó un brazo por debajo de los hombros, la levantó del suelo y casi en volandas la llevó a las duchas cerrando la puerta tras él. Yolanda enlazó sus piernas en la cintura del muchacho y su boca buscó la de él, aquellos labios gruesos y calientes con los que tanto había fantaseado. Le mordió la barbilla, el cuello, la boca, ardiendo en deseo. Iván la apoyó contra la fría pared de azulejos y bajó por su escote para liberar los pechos, voluptuosos, exuberantes, pasó su lengua de uno a otro, succionó sus pezones erizados, vibrantes, hasta hacerla gemir de placer. Yolanda enlazó sus brazos alrededor de su cuello para morder sus hombros al sentir el falo enorme del muchacho buscando adentrarse en su gruta húmeda, rebosante de flujo. Yolanda sintió la fuerza de toda la pasión del muchacho, sobre su clítoris, una vez, otra vez, resbalando sobre su vientre, bajando, hasta su vulva sin decidirse a entrar.
- Sigue... sigue...- murmuró.
Y su enorme verga la penetró violentamente, irrumpiendo una y otra vez, con fuerza, empujándola contra la fría pared de azulejos. Luego la bajó al suelo y levantándole la falda la volteó colocándola contra la pared. Sus manos agarraron sus caderas y volvió a penetrarla desde detrás, sus labios apartaron su cabello hacia un lado y la mordió en el cuello, mientras sus manos apretaban sus pechos y pellizcaban sus pezones.
Una mano bajó por su vientre hasta su clítoris para estimularlo con ligeros circulitos. Yolanda jadeaba, se pegaba a él, a su pecho mojado, se deshacía de placer entre sus fuertes brazos, hasta que un intenso orgasmo la hizo gritar y arquearse hasta casi desvanecerse. Iván la siguió acariciando ahora lentamente moviendo su pene más despacio, para deslizarlo entre sus glúteos y eyacular entre ellos. La besó en el cuello. Yolanda se dio la vuelta, él la tomó por la cintura y la siguió besando en los labios, en el cuello, en el pecho, en los pezones... La miró y apartándole el pelo le murmuró al oido...
- Creo que... te he mojado un poco...
- No importa- contestó Yolanda sonriendo- ya se secará...
Emitido por radio en el programa Calents y contents, en ona cat fm el 29 de enero de 2009:http://www.ona-fm.cat/calents.asp : Blocaire calenta: Rebeca 29.1.09)

martes, 16 de diciembre de 2008

28 de octubre


En el silencio de la oscuridad de la noche, interrumpido apenas por el sonido lánguido del maullar de un gato, resuena sobre la acera mojada el taconeo de unos pasos que caminan deprisa. De vez en cuando se detienen y escuchan... parece como si esperasen, o temiesen algo o a alguien. Luego continúan, indecisos, vuelven a pararse y escuchan de nuevo. Apenas puede percibirlo pero está ahí, el sonido de otros pasos que la siguen. Rápidamente gira en una esquina y se esconde en la entrada de un viejo edificio cuya puerta está entreabierta.
Su corazón late con fuerza, deprisa, desbocado. Se queda quieta tras el portalón, completamente a oscuras, callada, intentando casi no respirar. Escucha. La lluvia ha empezado a caer de nuevo, sigilosa, tenue. Un chapoteo en un charco delata la presencia de alguien. Contiene la respiración, tapándose la mano con la boca. Escucha de nuevo atentamente, sí, unas pisadas, tal vez con zapatos de suela de goma, que no hacen ruido, pero al pisar el agua sobre la acera emiten un chasquido audible. Está ahí, tras la puerta. Se detiene. Reanuda la marcha. Se aleja.
Selina se apoya en la pared y respira profundamente, un sudor frío recorre su cuerpo, despacio se desliza hasta el suelo, se agacha, cogiéndose las piernas con los brazos y escondiendo la cabeza entre ellas. Se queda así, incapaz de salir de su escondite, acurrucada sobre el frío suelo. Tal vez sea mejor esperar a que pasen las pocas horas que quedan hasta que amanezca. Sus pupilas se han dilatado y ahora, con el débil haz de la luz de las farolas que entra por el resquicio de la puerta, puede vislumbrar una escalinata de mármol tras ella. Mira hacia la puerta y duda entre volver a salir o quedarse allí. De repente la puerta se abre y un hombre penetra en la estancia, enciende la luz y se dirige hacia las escaleras. Selina ni se mueve, pero... como intuyendo su presencia el hombre mira hacia atrás y la ve allí, acurrucada en el suelo, mirándole con aquellos ojos amedrentados y violáceos. El hombre se detiene y queda por unos momentos sin saber qué hacer ni qué decir.
- ¿Qué hace ahí? ¿Se ha dejado las llaves? ¿Vive aquí?- se dirige hacia ella y le extiende la mano- Ande, levántese que va a coger frío.
Selina se incorpora y mira al hombre de constitución fuerte que retiene su mano, intrigado por su presencia.
- Sí, me he dejado las llaves- miente -, vivo en el último piso.
- No la había visto nunca.
- Me he mudado hace poco. Cuando amanezca iré a casa de una amiga que tiene una copia de mis llaves.
- Bueno, pues, si quiere puedo ofrecerle una taza de café en mi casa.- Fran se pasa la mano por los cabellos y la mira, es una mujer elegante, esbelta y parece tan frágil y asustada... ¿De dónde vendrá a estas horas? Probablemente de alguna fiesta. Su mirada la recorre, lleva un vestido violeta, a juego con el color de sus ojos, de escote en pico, entallado hasta la rodilla, zapatos de tacón negros, medias, y el pelo rubio recogido en un moño a lo Grace Kelly. Ciertamente es muy atractiva. Seguramente debe tener su misma edad, treinta y tantos. Selina duda mirándole, no parece mala persona pero nunca se fía de los desconocidos. Sin embargo su mirada transmite confianza y seguridad.
- Me llamo Fran... Francisco de la Torre, y vivo en el primer piso.- estrecha su mano que todavía sigue entre las suyas, intentando tranquilizarla.
- Yo Selina... Selina Guzmán, encantada. Sí, bueno, acepto ese café.
Fran sonríe y empieza a subir las escaleras seguido por ella. No suele invitar a casa a desconocidas pero... ¡se la ve tan desvalida! Selina le observa en silencio, pantalón azul marino, camisa azul celeste, cabello castaño...
- Adelante - invita pasando directamente a tutearla, al tiempo que enciende la luz y se hace a un lado.
Selina duda todavía, ¿qué hace ella entrando en casa de un desconocido?. Inesperadamente retrocede y corre escaleras abajo, sin detenerse, escuchando la voz del hombre a su espalda.
- Oye, no tengas miedo, no te vayas.
Pero sale a la calle y vuelve a caminar por la acera desierta, cubierta por la lluvia que cae ahora con más fuerza. Dos manzanas más y estará en casa. A salvo. Tendría que haber tomado un taxi, pero el incidente en la fiesta ha sido tan inesperado que ha optado por marcharse a casa y desaparecer de allí lo más rápido posible. De todos modos tal vez él sepa dónde vive y la esté esperando. Alguno de los asistentes a la fiesta puede habérselo dicho. Se para al llegar a su calle. No hay nadie fuera. Camina ahora más despacio y saca las llaves del bolso para abrir el portal. El corazón le vuelve a latir deprisa. Sube los peldaños. Una mano la sujeta del brazo cuando está a punto de abrir la puerta del ascensor. Se gira y le ve allí, el periodista que la ha increpado en la fiesta de la presentación de su libro.
- ¿Qué es lo que quiere?- le pregunta mirándole a los ojos, mostrando un valor que no tiene y zafándose de su mano.
- Ya se lo he dicho, no tenía ningún derecho a escribir sobre cuestiones políticas que no le conciernen. Hay todo un complot detrás de todo eso. Se va a meter en un lío.
- Ese es mi problema y no el suyo.
- Si la he seguido es para decirle que corre peligro. ¿Podemos hablar en su casa?- habla en voz baja, y vuelve a acercarse a ella que da un paso hacia atrás.
- Pues me ha dado un susto de muerte, cómo se le ocurre seguirme sin decirme nada.
- No quería que nadie supiera que había hablado con usted. Ya le digo que hay gente muy importante detrás de todo ese asunto que usted ha tocado en su novela, no sé de dónde ha sacado tanta información, pero...
- Todo ha sido imaginado, suposiciones, nadie me ha contado nada.
- Pues ha acertado de pleno. Sólo le falta poner el verdadero nombre a los protagonistas. Aunque probablemente piensen que usted lo sabe o que tiene más información de la que relata en su libro.
Selina duda unos instantes pero acepta que el periodista la acompañe a su casa, tiene el presentimiento de que no le esta mintiendo y tal vez se lleve una desagradable sorpresa al entrar.
Al meter la llave en la cerradura se da cuenta enseguida de que algo falla, cuesta de encajarla.
- ¿Qué pasa?- pregunta Sergio-, la han forzado ¿verdad?.
- Eso parece- afirma mirándole.
- Déjeme a mí.
Sergio toma la llave y la introduce en la cerradura, encajándola con un golpe seco hasta hacerla girar. Empuja la puerta lentamente. Con la mano busca el interruptor y enciende la luz. Al iluminar la estancia se dan cuenta de que, efectivamente, alguien ha entrado allí. Todo está revuelto, los libros y documentos de la estantería tirados sobre el sofá, los cajones abiertos y volcados sobre el suelo, la cama deshecha...
-¡Por Dios!. ¿Qué han hecho con mi casa?.- exclama Selina dirigiéndose al teléfono- Hay que llamar a la policía.
Sergio la mira, cierra la puerta y la coge del brazo impidiendo que llegue a marcar.
- A ver, ¿qué vas a hacer? ¿no ves que la policía también está detrás de todo este asunto?
Selina se da cuenta de su cambio de actitud, ha pasado directamente a tutearla y a tratarla con aire protector. Apartando los libros, se sienta en el sofá y respira profundamente. Abatida y desconcertada no acierta a comprender qué está pasando. Es sólo una novela, sus deducciones sobre el atentado. No tiene ninguna de las pruebas a las que hace alusión en su relato.
- Deberías irte a casa de algún amigo, un familiar, no sé, no puedes quedarte aquí.- aconseja Sergio - Si piensan que tienes pruebas las buscarán, y si no las encuentran...
- ¿Crees que corro peligro?- Selina le mira asustada.
- Sí, lo creo ¿no tienes dónde ir?.
- Hace sólo dos meses que estoy en la capital, el piso es alquilado. No tengo amigos aquí, ni familiares. Tan sólo los compañeros del trabajo pero apenas los conozco para pedirles que me acojan en su casa. Y no puedo marcharme, tengo que ir al instituto el lunes, ésta es mi segunda novela, yo no me dedico a esto, tengo mi trabajo de profesora.
Sergio la mira y le coge la mano.
- Mira, todo lo que cuentas en la novela de manera imaginaria, sobre ese atentado que tiene lugar en esa ciudad y todo lo que has escrito sobre la vinculación y el complot que se cierne contra el presidente para que pierda las elecciones, todo eso ha sucedido y es cierto, y si dices que tienes las grabaciones de las conversaciones entre los terroristas y el actual presidente pues... está claro que tu vida corre peligro, el servicio de inteligencia seguramente estará detrás de todo esto, incluso el presidente y, contra eso, no sé qué puedes hacer.
- Nadie puede tomar en serio una novela- Selina intenta no darle importancia al asunto.
- Entonces ¿quién ha entrado aquí, y qué buscaban? Mira a ver si se han llevado las joyas o el dinero.
Selina se levanta y va al dormitorio. Claro que ella no tiene joyas, algún juego de pendientes, un collar de perlas, un colgante con un buhito de oro que le regaló Alejandro y... poco más. Se dirige al armario y se cambia de ropa. Los tacones la están matando.
- ¿Cómo se te ocurrió escribir sobre ese asunto del atentado?- pregunta Sergio desde la sala- ¿Cómo llegaste a esas conclusiones?
- Verás- Selina aparece de nuevo vestida con unas zapatillas de deporte, unos vaqueros desgastados y un jersey azul eléctrico. Con el cabello suelto tiene un aire de colegiala en su último curso. Se sienta a su lado- yo tenía un profesor que decía que si queremos saber quien es el autor de unos hechos tenemos que buscar la persona que se beneficia de los mismos. Y entonces empecé a imaginar, a deducir y... bueno, ya has leído la novela.
- Pues diste en el clavo. En mi periódico estamos al tanto de todo, lo que pasa es que si no hay pruebas no se puede incriminar a nadie, no podemos publicar algo así basándolo en suposiciones.
- Mira, me voy a quedar en casa, no creo que vuelvan, si no han encontrado pruebas igual se dan por vencidos y no vuelven.
- No sé, no me quedo tranquilo. Podrías venir a mi casa
- No, no te preocupes.
Sergio se levanta y va hacia la puerta. Le da su tarjeta.
- No dudes en llamarme si pasa algo.
- De acuerdo- Selina le mira sonriendo y coge la tarjeta.
Ha pasado todo el domingo ordenando la casa. ¡Qué cosas le pasan!. A pesar de lo aconsejado por el periodista, sigue pensando que debería haber llamado a la policía.
Después de pasar una noche en vela, sobresaltada con cualquier pequeño ruido, es de nuevo lunes, un lunes cualquiera, sin embargo cuando sale a la calle todo a su alrededor es como una amenaza. Ha cerrado dos veces con llave y ha quedado con el cerrajero por la tarde para que le ponga una nueva cerradura. Baja las escaleras del metro con prisa, mirando a su alrededor. Se siente observada. Piensa que es mejor tranquilizarse y no volverse paranoica.
Puertas que se abren. Gente que baja. Gente que sube. A esta hora no hay manera de encontrar un sitio libre. Se coge a la barra para no perder el equilibrio. Un hombre la mira, está delante. Ella desvía la vista hacia la derecha. Otro hombre la observa desde un asiento contiguo. Una parada. Puertas que se abren de nuevo. Más gente que entra. Empieza a sentir calor. Le cuesta respirar. Los dos hombres siguen observándola fijamente. Mira hacia la ventanilla y ve sus miradas reflejadas en el cristal. Su corazón empieza a latir aceleradamente. Está acorralada. Se gira hacia atrás y ve a otro hombre detrás, a su espalda, que fija sus ojos en los suyos. Cuatro paradas más y habrá llegado. Otra parada. Más gente, más apretujones, el hombre que estaba frente a ella se ha ido desplazando y está situado ahora a pocos pasos. Otra parada. Más gente. Más apretujones. El hombre se sigue acercando y la sigue mirando. Sonríe. Está frente a ella y se coge a la barra poniendo su mano al lado de la suya. Las puertas se abren, se cierran. Más apretujones. El hombre está pegado a ella. No puede separarse de él. Hay demasiada gente, imposible evitar el contacto. Siente su calor.
Un sudor frío la recorre. Alza los ojos y ve los de él.
- ¿No me recuerdas?- le pregunta el hombre, sonriendo, poniendo su mano sobre la de ella- ¿recuperaste la llave?. ¿No te acuerdas? La noche del sábado, estabas en la escalera...
- Sí, es cierto No le había reconocido- Selina respira profundamente.
- Por favor, tutéame.- Desvía la vista hacia el exterior- Me bajo en la siguiente parada.
- Yo también.
Las puertas se abren de nuevo. Selina baja, detrás de Fran. Mira hacia atrás, la mirada de los otros dos hombres la siguen; uno de ellos, el que estaba sentado a su derecha, ha bajado también.
- ¿Tienes mucha prisa? Te invito a un café.
Selina mira el reloj. Tiene tiempo, justo media hora antes de la primera clase. Por lo menos no está sola. Con un hombre a su lado se siente, de alguna manera, protegida.
- De acuerdo. Gracias.
Al salir de nuevo a la calle, el aire fresco de principios de otoño le da en la cara. Respira más tranquila. Le resulta agradable ese hombre que la trata con familiaridad. Por primera vez le sonríe. Mira hacia atrás. Ni rastro del otro hombre.
- ¿De verdad vives en el último piso? No te he visto nunca- Fran interrumpe sus pensamientos mientras la guía hacia una bulliciosa cafetería.
Selina recapacita. ¿Le cuenta la verdad?
- No, no vivo en tu edificio. La verdad es que estaba asustada porque pensé que alguien me seguía. Se me ocurrió decir que sí, que vivía allí.
- Ya me parecía.
Buscan un sitio en la barra. Fran le sigue hablando de dónde trabaja, mientras pide dos cafés con leche. Selina no le escucha, acaba de ver al hombre del tren, el que ha bajado tras ellos, reflejado en el espejo que hay tras el mostrador. Está a la derecha, al final de la barra. Sus ojos se encuentran con los de él, que desvía la mirada hacia el periódico que descansa sobre el mármol. No quiere quedarse sola.
- ¿Podemos quedar luego para comer? Te invito.
Fran parece desconcertado ante la inesperada proposición de aquella mujer tan tímida y reservada. Sin embargo acepta.
Selina, sólo intenta ganar tiempo para pensar. ¿Quién será ese hombre que la mira de reojo al final de la barra? Fran está pagando las consumiciones y la toma por la cintura al salir.
- Yo trabajo para las televisiones autonómicas, en ese edificio de enfrente. A las dos te paso a buscar.
Entre clase y clase Selina llama a Sergio y le cuenta lo sucedido, describiéndole al hombre que la ha seguido: De mediana edad, cuarenta y tantos, pelo castaño claro, barba recortada, ojos verdes, sobre metro ochenta, atlético... El periodista toma nota de las características del individuo para buscarlo en sus ficheros.
Durante la comida Selina le cuenta a Fran el lió en el que se ha metido, el argumento de su novela, todo lo que le ha sucedido desde la fiesta de su presentación. Fran, asombrado, la escucha en silencio.
- Tengo los vídeos de las noticias de las diferentes cadenas de televisión el día ese del atentado en los grandes almacenes, el 28 de octubre. Quizás podamos encontrar algo. Si no tienes nada que hacer esta tarde podemos verlos en mi casa.
- Sí, de acuerdo.
Tras los cristales del restaurante, la gente pasa caminando deprisa. El corazón de Selina da un vuelco. El hombre de la barba está allí, en uno de los coches aparcados en batería. Está intentando disimular leyendo el periódico. Se lo muestra a Fran y deciden marcharse apresuradamente por la puerta de atrás del restaurante.
Mientras ven los vídeos, grabados por las cámaras de seguridad, sentados en el sofá, Selina vuelve a llamar a Sergio para saber si tiene alguna novedad.
- No tengo nada- le contesta el periodista- probablemente sea alguien del servicio secreto, que te está vigilando. Dime dónde estás que voy para allá.
Le da la dirección y vuelve a sentarse con Fran.
- Le he dicho que estamos viendo los vídeos de las cámaras de seguridad, enseguida viene, nos puede ser de gran ayuda.
- Mira ese hombre- apunta Fran después de un rato de ver imágenes tras imágenes de gente asustada, huyendo despavorida - no corre cogiéndose a la barandilla de las escaleras mecánicas como los demás, lleva algo en las manos, como un mando a distancia...podría ser un detonador. Espera que paro la imagen.
- ¡Es Sergio!- exclama Selina levantándose del sofá.
- ¿Sergio? ¿El periodista?.- Fran amplía la imagen.- No, ese no es periodista, si no me equivoco es un terrorista.
- ¿Un terrorista?- Selina siente un sudor frío recorrerle el cuerpo.- ¡Dios le he dado esta dirección! Tenemos que marcharnos.
Fran se asoma a la ventana. Un coche acaba de aparcar frente al edificio. Selina, tras él, ve al hombre que sale del mismo.
- Es Sergio. Tenemos que irnos.
Fran la toma de la mano y va hacia la terraza. Una escalera de caracol les conduce a la azotea.
- Estamos rodeados de edificios. Podremos saltar a los tejados de los edificios colindantes.- aclara mientras sigue corriendo por la terraza sin soltarla.
Selina no pregunta nada. El miedo la hace obedecer ciegamente a ese hombre que parece que sabe lo que tiene que hacer y a dónde va. Han llegado al final, un salto y estarán en el tejado del otro edificio. Fran la suelta, salta. Sólo medio metro. Selina le sigue. El la ayuda cogiéndola por las caderas. Vuelven a correr por la terraza buscando la puerta de acceso. Está cerrada.
- Vamos al otro bloque de pisos. Ya encontraremos alguna puerta abierta.
Otro salto, esta vez más alto, al edificio de al lado. Escuchan un ruido y se detienen. Una mujer está tendiendo la ropa. Probablemente haya dejado la puerta abierta. Sigilosamente, aprovechando que la mujer les da la espalda y tapada por las sábanas que está tendiendo, llegan a la puerta y bajan por la escalera. Toman el ascensor. Selina está jadeando, su corazón late cada vez más deprisa. Mira a Fran que está pulsando el botón del ascensor, a la planta baja.
- ¿Y ahora qué hacemos?.- le pregunta con un hilo de voz- No podemos volver a mi casa, ni a la tuya. Tampoco podemos ir a la policía. ¿Qué hacemos?
- Ya encontraremos una salida. No te preocupes.
Salen del edificio. Fran mira hacia los lados. No parece haber nadie. La toma de la mano. Selina camina asustada, como una niña, de la mano de su padre. Ha oscurecido, y todavía no se han encendido las luces de las farolas. Una voz a sus espaldas les hace detenerse.
- ¡Quietos!. ¡No os mováis!.
Selina se gira, el hombre de la barba está ahí detrás, amenazándoles con una pistola. ¡Están perdidos!. Otra voz conocida a su derecha.
- Está bien Fran,- es Sergio- creo que la toma valdrá. ¡Corten!
Y dos hombres con pequeñas cámaras aparecen de entre la oscuridad de la noche.